Occidental vs Europa del Este

Mientras en Europa occidental se defiende la idea de una “Europa para los europeos”, muchas personas en el este europeo permanecen impasibles ante la tragedia de los refugiados. La brecha política entre la Europa occidental y sus socios del Este se acrecienta Macron acusa al Gobierno de Polonia de infringir los valores sobre los que se fundó la UE y la primera ministra ... Llave Diferencia - Europa occidental vs oriental. El continente europeo se puede dividir en dos regiones como Europa occidental y oriental. Entre estas dos regiones, se pueden ver un sinfín de diferencias en cuanto a ubicación geográfica, cultura, economía, etc. Estas dos regiones están formadas por una gran cantidad de países que enriquecen la diversidad de las dos regiones. los ... La crisis del coronavirus ha dibujado una especie de frontera sanitaria entre los países de la Europa Occidental y los del centro y este de Europa. Dentro del propio Estados Unidos existe una feroz competición entre diferentes compañías farmacéuticas, y el sistema capitalista en este país es tal que las compañías científicas, todas ... En realidad, la creación de Alemania del Este se sumó al número de estados satélites de la Unión Soviética comunista en Europa, particularmente en Europa del Este. Alemania occidental. Alemania Occidental fue un nuevo estado creado con la fusión de las zonas ocupadas por las fuerzas estadounidenses, británicas y francesas en mayo de 1949. (Bloomberg) -- España se convirtió en el primer país de Europa Occidental en superar el millón de infecciones por coronavirus, mientras las autoridades luchan por controlar nuevos brotes y contemplan un toque de queda para la capital, Madrid.Se detectó unos 6.114 casos nuevos en las últimas 24 horas, lo que eleva el total a 1.005.295, según datos del Ministerio de Salud publicados el ... Este vs Alemania Occidental . Para un niño de hoy, solo existe Alemania, un país poderoso en Europa. Es posible que haya oído hablar de Alemania Oriental y Occidental, pero que solo a través de los libros de historia, ya que las dos partes de Alemania existieron por separado durante 45 años desde 1945 hasta 1990, cuando el muro de Berlín, la frontera física de las dos Alemania, fue ... Caracteristicas politicas: tenian un sistema totalitario comunista, es decir tenian el control total sobre el pueblo y las doctrinas de las diversas corrientes comunistas coinciden en la necesidad de suprimir la propiedad privada y en la emancipación del proletariado como la Steaua Bucarest y Estrella Roja de Belgrado lograron la gloria europea

Trilema financiero: flexibilización cuantitativa para la banca (pasivo)/condonación de deuda pública, flexibilización para la gente (activo) o/y el valor de cambio como común - moneda o simplemente estrategia común

2020.05.17 14:31 Onyocha Trilema financiero: flexibilización cuantitativa para la banca (pasivo)/condonación de deuda pública, flexibilización para la gente (activo) o/y el valor de cambio como común - moneda o simplemente estrategia común

Por un análisis amplio para una asamblea ciudadana ampliada
https://www.youtube.com/watch?v=R2uLbCe-D-8
Resumen:
1)Covid19: la primera de muchas por venir. Cambio Climático - RCP 8.5. . Refugiados climáticos. Aceleración de las desigualdades en zona euro. Cadenas de aprovisionamiento sin stock - leasing generalizado : ganancias a corto plazo - poca resiliencia . Relocalización del tejido industrial: independencia . En verde.
2)China : productor industrial costo bajo para Europa, salarios bajos. Además el excedente comercial chino era invertido en la compra de deuda US, bueno para la banca europea, + descenso emisión de C02 nacional: verdes porque China emitía por nosotros. China ya no hace eso: clase media allí, reinversión fuera de la esfera financiera occidental. ¿Ahora deslocalización de China o Europa en África? No parece: COVID19 e impacto comercial + cambio climático.
3)Lo verde: creador de empleos, no deslocalizable - en construcción, en automoción - electricidad al litio - suficiente + reestructuración verde del tejido ya presente. Formación profesional : capacitación o re-capacitación asimétrica - 1) regiones donde empezar, 2) feedback sobre experiencias, 3) extensión en 2 vuelta.
4)Inversión pública y deficit. Incitaciones públicas a cambio de compromiso a largo plazo. Virtud verde y desventaja empresarial por ello. En la legalidad europea solución tipo SFEF : sociedad de derecho privado con garantía pública - 40% estado para salvar a la banca en 2008: mismo mecanismo para este proyecto verde. El problema es la deuda privada no la pública. El estado tiene que seguir invirtiendo so pena de proceso deflacionario : o ajustes estructurales causan destrucción del tejido productivo + paro, que causa una disminución de la capacidad para seguir devolviendo la deuda. Así que dejemos que se recupere entretanto la iniciativa privada.
Va a haber aumento deuda pública: crisis financiera. La mayoría de las deudas públicas son de la BCE: condonación. BIS dice "...no hay problema con tener fondos negativos..." : Europa es confiable porque es confiable productivamente no porque ostente fondos en su BC.
Flexibilización cuantitativa para la banca ( o aumenta el pasivo de los estados): compra de deuda emitida por un estado , y posteriormente venta a la BCE - 'free lunch', esto es comisiones para la banca y deuda para los estados. Maastricht y 'eficiencia' de los mercados para regular las políticas públicas : activos bancarios, especulación y activos podridos.
O flexibilización cuantitativa para le gente y/o PME - (activo) : no es un crédito diferido.
¿CEE o CSocialE?
Condonación XOR flexibilización cuantitativa para la gente y/o PME .
5) Volatilidad petróleo + reducción dependencia petróleo: EcoCircular - la naturaleza es el socio silente. Cultural industrial low tech generalizada - ligada al diktat climático, y high tech medicina etc : minerales allí donde sea imprescindible.
Más allá del SMART-IBEX35 - necesidad del re-acondicionamiento del territorio para enfrentar la necesaria bajada en el consumo energético - ¿en la España Vaciada?: pequeños centros urbanos circulares con mucho transporte público, muy conectados con poliagricultura y red ferroviaria y de distribución cerca de ésta.
6) Lo verde fuera del pacto de estabilidad - el 3% de inflación.
7)La Banca tiene muchos activos que dependen del petróleo: quiebra inminente de emprender la transición verde - se promueve mucha mas obligación marrón que verde.
¿Otro rescate por el bien del medioambiente esta vez? ¿O nacionalización?
8) Comunes : más allá de 'lo público vs privado'.
Bienes comunes : la salud, la moneda p.e.
Moneda: C3, CC, Sardex 1000 millones por año - circuito completo - medio de pago, y consumo. Fiscalizable de cara al estado. Reapropiación de la creación monetaria.
9)Instituciones híbridas : público, privado, comunidades de base - grassroots o ONG : estratégicamente más allá de la institucionalización al uso.
....
etc
Más allá ... A lo colectivo por lo conectivo: estrategias por dinámicas colectivas.
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2016.06.07 02:48 ShaunaDorothy Sobre la “liberación gay”: Un análisis marxista (Octubre de 2014)

https://archive.is/ET0s0
Espartaco No. 42 Octubre de 2014
Sobre la “liberación gay”: Un análisis marxista
(Mujer y Revolución)
El artículo que reproducimos a continuación fue traducido de Women and Revolution No. 13 (invierno de 1976-77). Esta polémica centra sus argumentos contra los remanentes de la autonombrada “Nueva Izquierda”, una corriente surgida a finales de los años 50 y principios de los 60 y nutrida por una generación de jóvenes idealistas liberales, sobre todo estudiantes. Esta generación emergió del ambiente de cacería de brujas anticomunista macartista de la Guerra Fría y fue impelida a la izquierda por la lucha masiva de los negros contra la opresión racista en EE.UU., así como por la Revolución Cubana y la Guerra de Vietnam. La Nueva Izquierda desdeñaba a la clase obrera de los países capitalistas avanzados al tiempo que se entusiasmaba con el “socialismo” tercermundista. La poderosa huelga general prerrevolucionaria del Mayo Francés de 1968 echó por tierra la palabrería pequeñoburguesa de la Nueva Izquierda y de sus ideólogos, como Herbert Marcuse.
El artículo afirma que “hasta hoy el estado soviético sigue basándose en las conquistas históricas de la Revolución Bolchevique”. El estado obrero degenerado soviético fue destruido por una contrarrevolución capitalista en 1991-92, lo cual constituyó una derrota histórico-mundial para los obreros y oprimidos del mundo entero.
Dado que el fin último del marxismo es la liberación del potencial humano en todas las áreas de la vida y el desarrollo más pleno posible del individuo, sería una corrupción de nuestros principios más caros mantenernos indiferentes a la miseria, la degradación y las deformaciones que cada ser humano sufre en la sociedad de clases. Pero, ¿qué tipo de opresión puede enfrentar en realidad un programa político? ¿Y cómo puede lograrse esta “liberación”? Ahí radica el corazón de la disputa entre los marxistas y los libertarios, incluyendo a los diversos exponentes contemporáneos de la “liberación sexual” o de algún tipo de “estilo de vida liberado”.
Los marxistas centramos nuestro ataque en las bases materiales de la opresión. Como señaló el biógrafo de Trotsky, Isaac Deutscher a la Conferencia de Académicos Socialistas en 1966, durante el auge de la Nueva Izquierda:
“Nosotros no sostenemos que el socialismo va a remediar todas las aflicciones de la raza humana. Estamos luchando, en primera instancia, con las aflicciones que son hechura del hombre y que el hombre puede remediar. Permítanme ustedes recordar que Trotsky, por ejemplo, habla de tres tragedias básicas —el hambre, el sexo y la muerte— que acosan al hombre. El hambre es el enemigo al que el marxismo y el movimiento obrero moderno han presentado batalla... Sí, el hombre socialista seguirá perseguido por el sexo y la muerte; pero estamos convencidos de que estará mejor equipado que nosotros para enfrentarse a los dos”.
Fue precisamente el rechazo del materialismo marxista lo que caracterizó a la Nueva Izquierda y lo que acabó por destruirla. Habiendo abandonado este fundamento, vagó a la deriva y se dividió en una serie de grupos mutuamente hostiles delimitados por lo que cada uno consideraba la “opresión principal”. La creencia de que sólo los oprimidos pueden entender su propia opresión y de que por lo tanto sólo ellos pueden combatirla llevó al surgimiento de tendencias excluyentes, primero sobre líneas raciales, después sobre líneas sexuales, y después, en una extensión absurdamente lógica, a grupos exclusivos de lesbianas, de puros hombres gays, de feministas judías, de feministas lesbianas judías, de feministas gordas, etc. Mientras tanto, quienes decidían enfrentar la opresión definitiva —la muerte— abordaban el camino de la liberación mística.
Muchos de los que querían asaltar los bastiones de la opresión sexual lanzaron su ataque resuelto no sobre la sociedad de clases, sino sobre la sociedad “hetero”, elevando las predilecciones personales al nivel de principios políticos. Para las feministas que marchaban bajo la consigna de “Gay es bueno”, el lesbianismo era el camino a la revolución. Literalmente cientos de boletines y periódicos eclosionaron en torno a la liberación sexual, y los comités gays se hicieron frecuentes en las reuniones de la Nueva Izquierda.
Los exponentes más extremos de “lo personal es político” trataban a los marxistas con hostilidad abierta y burlas amargas. Un poema que celebra “El día de la liberación de la Calle Christopher” reprende a los revolucionarios por afirmar que la satisfacción personal no puede sustituir la lucha política:
“cuando exigimos la totalidad de nuestras vidas ellos se preguntan qué es lo que exigimos qué, no puedes mentir qué, no puedes mentir susurran y mascullan como fuego en el pasto qué, no puedes mentir y continuar con el trabajo real”
—Fran Winant, “Christopher Street Liberation Day, June 28, 1970” en Karla Jay y Allen Young (eds.), Out of the Closets [Fuera de los clósets]
La implicación de que la exigencia de “la totalidad de nuestras vidas” es de hecho el “trabajo real” que enfrentamos revela una concepción del mundo fundamentalmente opuesta a la del marxismo: el idealismo de una lucha individualista y pequeñoburguesa, no por la liberación humana, sino por la autoliberación. La revolución “real” no la veían en la lucha de clases, sino en la lucha por la autoexpresión.
Pero, ¿qué “trabajo real” lograron realmente la Nueva Izquierda y el movimiento por la “liberación sexual”? En 1976, la retórica “right on” [¡de acuerdo!] de los sesenta ya no es más que un recuerdo distante, y la persecución estatal de homosexuales y otros “desviados” sociales (como parejas que practican el sexo oral, editores de literatura “obscena”, mujeres que quieren abortar, etc.) está de nuevo a la alza. En las universidades, que alguna vez fueron los hervideros del activismo radical, se respira una densa atmósfera desmoralizada y apolítica, y, si bien las organizaciones gays siguen existiendo, parecen estar ocupadas con la organización de bailes y otros eventos sociales.
La lucha comunista contra la persecución de homosexuales
Ciertos oponentes pequeñoburgueses del marxismo sostienen que la afirmación de Lenin a Clara Zetkin del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) de que era un error concentrarse en las cuestiones del “amor libre”, los problemas maritales, etc. en los cursos políticos para obreras es la “prueba” de que el marxismo es, en el mejor de los casos, insensible a los problemas de la existencia personal, especialmente los que conciernen a la sexualidad, y, en el peor, hostil a ellos. Pero la verdad es que, desde su origen mismo, el marxismo ha defendido los derechos de los homosexuales.
El Partido Socialdemócrata Alemán de finales del siglo XIX representaba la expresión más organizada del marxismo hasta el momento. Ya hemos descrito detalladamente en artículos anteriores el desarrollo del trabajo del SPD entre las mujeres (ver “Foundations of Communist Work Among Women: The German Social Democracy” [Cimientos del trabajo comunista entre las mujeres: La socialdemocracia alemana], Women and Revolution Nos. 8 y 9, primavera y verano de 1975). Menos conocida es su resuelta lucha contra la persecución de homosexuales. La Asociación General de Trabajadores Alemanes de Ferdinand Lasalle, una de las organizaciones que confluyeron en la fundación del SPD, tomó desde el principio una posición en la cuestión cuando el abogado J. B. von Schweitzer fue llevado a juicio y se le prohibió ejercer su profesión por su actividad homosexual. Lasalle no sólo defendió vigorosamente a von Schweitzer, sino que lo alentó a unirse a la Asociación (cosa que hizo en 1863, para convertirse en su dirigente tras la muerte de Lasalle y, posteriormente, ser elegido diputado en el Reichstag).
El periódico más prestigioso de la Segunda Internacional, Die Neue Zeit defendió al escritor Oscar Wilde cuando éste fue perseguido por homosexualidad. En un extenso artículo de dos partes, Eduard Bernstein presentó una crítica materialista a la hipocresía de la moral sexual contemporánea. Insistiendo en que “las actitudes morales son fenómenos históricos”, daba numerosos ejemplos de sociedades en las que la homosexualidad era una práctica ampliamente aceptada, y refutaba las teorías de Krafft-Ebing y otros siquiatras que consideraban a la homosexualidad una enfermedad.
El SPD también libró una lucha ardua y prolongada contra el Párrafo 175 del Código Penal alemán, que criminalizaba los actos homosexuales (entre varones). August Bebel y otros representantes socialdemócratas en el Reichstag pronunciaron discursos contra el Párrafo 175, y el periódico del partido, Vorwärts, publicaba noticias sobre la lucha contra la persecución estatal de los homosexuales.
Si bien las luchas que el SPD libraba contra la opresión de los homosexuales no podían ser sino defensivas, el Partido Bolchevique, que logró tomar el poder en Rusia, pudo dar pasos positivos para erradicar esta opresión.
Inmediatamente tras su ascenso al poder, el Partido Bolchevique barrió con toda la base legal de la persecución de los homosexuales. Un folleto del Dr. Grigorii Batkis, director del Instituto de Higiene Social de Moscú, titulado La revolución sexual en Rusia, reflejaba la posición oficial de los bolcheviques:
“La legislación soviética se basa en el siguiente principio: declara la absoluta no interferencia del estado y la sociedad en asuntos sexuales, en tanto que nadie sea lastimado y nadie se inmiscuya con los intereses de alguien más.
“Respecto a la homosexualidad, sodomía y otras formas de placer sexual, que en la legislación europea son calificadas de ofensas a la moralidad, la legislación soviética las considera exactamente igual a lo que se conoce como relación ‘natural’”.
—citado en John Lauritsen y David Thorstad, The Early Homosexual Rights Movement (1864-1935) [La primera época del movimiento por los derechos homosexuales (1864-1935)] (Nueva York: Times Change Press, 1974)
La degeneración estalinista
La joven república soviética abrió nuevas oportunidades a la exploración, el desarrollo y la expresión del potencial humano en muchas áreas de la vida. Pero gran parte de esta estimulante libertad de esos primeros años se vio asfixiada en el proceso de la degeneración burocrática estalinista en la que cayó el estado obrero. Para 1924 la revolución había sido derrotada por una contrarrevolución política (pero no social), producto de las condiciones materiales de atraso, aislamiento y pobreza en la Rusia posrevolucionaria y del fracaso de las revoluciones proletarias en los países tecnológicamente avanzados de Europa Occidental.
Con el fin de consolidar su poder y asegurar la pasividad social, a la burocracia soviética le pareció necesario rehabilitar muchos de los viejos prejuicios e instituciones sociales burgueses responsables de la opresión tanto de la mujer como de los homosexuales —en especial la estructura familiar—. En marzo de 1934 se introdujo una ley que castigaba la actividad homosexual con penas de hasta ocho años. Ese año tuvieron lugar arrestos masivos de homosexuales, y muchos fueron encarcelados o exiliados a Siberia.
La llamada “moral socialista” de los estados obreros degenerado y deformados no es en realidad sino una glorificación de la embrutecedora y reaccionaria ideología de la sociedad burguesa. Las organizaciones supuestamente revolucionarias que operan hoy en Estados Unidos —como la October League (Liga Octubre) y el Revolutionary Communist Party (RCP, Partido Comunista Revolucionario)—, que consideran a los homosexuales enfermos e incapaces de ser revolucionarios, no hacen sino adaptarse a esa ideología burguesa.
Aunque hasta hoy el estado soviético sigue basándose en las conquistas históricas de la Revolución Bolchevique (las relaciones de propiedad socializadas) y por lo tanto debe ser defendido militarmente ante un ataque imperialista, la Spartacist League levanta el llamado por una revolución política de las masas soviéticas para derrocar a la casta burocrática gobernante y reinstituir la democracia obrera.
La amarga experiencia de los homosexuales en la Brigada Venceremos, que demostró con entusiasmo su apoyo a la Cuba de Castro hasta que se topó con los prejuicios antihomosexuales del “socialismo” cubano (es decir, del estalinismo) ilustra tanto la perversión estalinista del bolchevismo como la incapacidad del radicalismo pequeñoburgués de lidiar políticamente con ese hecho histórico. A los miembros homosexuales de la Brigada les repugnó la asquerosa persecución de homosexuales en Cuba. Pero, en lugar de reevaluar reflexivamente el carácter de la Cuba castrista, la mayoría sencillamente abandonó la política y reafirmó la realización personal. Así, Allen Young escribe:
“¡Los demás gays y yo estamos francamente aterrados de que un día estos revolucionarios heterosexuales decidan eliminarnos!... Si quieres llevarle alegría a las masas que sufren, debes participar en el proceso de llevarte alegría a ti mismo. De otro modo, todo se reduce a un juego abstracto”.
—“The Cuban Revolution and Gay Liberation” [La Revolución Cubana y la liberación gay], en Out of the Closets
No es sorprendente que aquellas organizaciones radicales de homosexuales que aún se identifican como marxistas tiendan a ser fuertemente antiestalinistas. Pero, aunque el sentir repugnancia por las atrocidades estalinistas es entendible, ello no comprueba para nada que se tenga un análisis político correcto. Lo pertinente sería ver si estos grupos llamarían por la defensa militar de los estados obreros deformados a pesar de sus deformaciones (incluyendo la persecución de los homosexuales).
El marxismo vs. la política del “estilo de vida”
La Spartacist League ha llamado consistentemente por la abolición de todas las leyes contra la homosexualidad y publicado numerosos artículos defendiendo a homosexuales frente al estado (ver, por ejemplo, “Lesbianism on Trial in Texas: Defend Mary Jo Risher!” [Lesbianismo en juicio en Texas: ¡Defender a Mary Jo Risher!], W&R No. 11, primavera de 1976) y exponiendo las posiciones de aquellos supuestos izquierdistas que glorifican algunos de los peores aspectos de la sociedad burguesa, como la familia nuclear y los prejuicios sexuales puritanos. Pero, aunque rechazamos la noción de que la homosexualidad sea una enfermedad, como dice la reaccionaria ideología de la burguesía y sus iglesias, también rechazamos la premisa de que la “liberación gay” sea inherentemente revolucionaria.
La batalla contra el radicalismo pequeñoburgués no es nueva para los comunistas, particularmente en Estados Unidos, donde esta corriente ha tenido una mayor influencia en la izquierda que en virtualmente cualquier otro país, reflejando el relativo atraso político de la clase obrera y el peso relativamente mayor de la clase media liberal en la vida política.
En la década de 1870, la sección estadounidense de la I Internacional, dirigida por Victor Sorge, libró una lucha fraccional contra Victoria Woodhull, la más famosa defensora del “amor libre” de su tiempo. Aquella lucha tenía muchos paralelismos con las que la SL libra hoy contra los partidarios de la política del “estilo de vida” dentro de la Nueva Izquierda, es decir, con quienes elevan un estilo de vida particular al nivel de estrategia “revolucionaria”.
La disputa con Woodhull estalló respecto a la prioridad que debía darse a los derechos de las mujeres, en particular el sufragio, con respecto a la lucha de clases. La posición de los woodhullistas no era simplemente un énfasis programático, sino una contraposición al socialismo proletario. Marx expulsó finalmente a los woodhullistas de la I Internacional, concluyendo su polémica con ellos al reafirmar la diferencia central entre el igualitarismo democrático y el socialismo proletario —es decir, que la liberación de todas las formas de opresión puede lograrse sólo mediante la victoria de la clase obrera sobre el capitalismo—.
El valeroso radical del siglo XIX Auguste Blanqui escribió en su Critique sociale:
“Una de nuestras pretensiones más grotescas es la de que nosotros, bárbaros ignorantes, queramos ser los legisladores de las generaciones futuras. Esas generaciones, por las que tanto nos preocupamos y cuyos cimientos estamos preparando, sentirán por nosotros cien veces más lástima que la que hoy sentimos por los hombres de las cavernas, y su compasión será mucho más razonable que la nuestra”.
La Spartacist League no pretende legislar las prácticas de las generaciones futuras. Esperamos el día en que la humanidad socialista tenga la libertad de explorar cabalmente las complejas cuestiones de la sexualidad humana, pero el camino hacia esa libertad no se pavimenta con la proliferación de “estilos de vida liberados”, sino con una revolución proletaria exitosa.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/42/gay.html
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2016.06.05 09:24 ShaunaDorothy EE.UU. - La intervención en México: Preludio a la Guerra Civil - ¡Terminar la Guerra Civil! ¡Por la liberación de los negros mediante la revolución socialista! (Junio de 2013)

https://archive.is/dlkAK
Espartaco No. 38 Junio de 2013
A continuación imprimimos, editada para publicación, la segunda parte de una presentación de Jacob Zorn de la Spartacist League/U.S. (sección de la Liga Comunista Internacional) en un foro en la ciudad de Nueva York del 28 de febrero de 2009. La primera parte fue publicada en Espartaco No. 37 (febrero de 2013).
¿Por qué EE.UU. invadió México? Como marxistas, entendemos que hubo intereses de clase en juego; la principal clase que incitaba a la guerra fue la esclavocracia. Como el veterano trotskista estadounidense Richard S. Fraser afirmó: “La guerra se libró no sólo por la conquista en general, pero sobre todo para extender la esclavitud y el poder político del sistema esclavista”. El objetivo del poder esclavista de extender la esclavitud a través de la conquista de México no era un secreto. Un periódico de Georgia declaró que tomar territorio de México podría “asegurar el equilibrio de poder para el Sur en la Confederación [es decir, en Estados Unidos], y, para el tiempo venidero...darle el control en las operaciones del gobierno” (citado en Battle Cry of Freedom: The Civil War Era [Grito de batalla de la libertad: La era de la Guerra Civil] de James McPherson [1988]). En sus Memorias Personales, Ulysses S. Grant reconoció que la anexión de Texas fue “desde la concepción del movimiento hasta su consumación definitiva, una conspiración para adquirir territorio a partir del cual se formarían estados esclavistas para la Unión Americana”.
La invasión fue muy impopular entre los norteños, que la apodaron “la guerra del Sr. Polk”, refiriéndose al entonces presidente James Polk, un demócrata sureño. William Lloyd Garrison, uno de los principales abolicionistas del momento, sostuvo en el Liberator: “Sólo esperamos que, si se ha tenido que derramar sangre, haya sido la de los estadounidenses, y que las próximas noticias que oigamos sean que el general Scott y su ejército están en manos de los mexicanos”. En 1846, Frederick Douglass denunció la anexión de Texas como “una conspiración de principio a fin —una de las más profundas y más hábilmente fraguadas— con el fin de defender y sostener uno de los crímenes más oscuros y viles cometidos por el hombre” (Belfast News Letter, 6 de enero de 1846).
La guerra fue un catalizador. Hizo que los propietarios de esclavos del Sur y los capitalistas del Norte se volvieran cada vez menos compatibles. Dejó claro, como lo afirmó Abraham Lincoln en un famoso discurso de 1858, que “este gobierno no puede tolerar permanentemente ser mitad esclavista y mitad libre”. Muchos norteños se sintieron traicionados por el compromiso de 1846 sobre Oregón entre Polk y Gran Bretaña —que declinaba los reclamos estadounidenses por gran parte de Canadá y estableció la actual frontera entre ambos países— y se opusieron a la invasión de México. Lincoln, en ese momento recién elegido congresista de Illinois por el Partido Whig, denunció al presidente Polk como mentiroso por declarar que se había asesinado a estadounidenses en suelo propio. Lincoln era representante de una sección creciente de la burguesía norteña que, aunque estaba dispuesta a tolerar la continua existencia de la esclavitud en el Sur, se oponía a su extensión y quería limitar la expansión del poder esclavista. Antes de la invasión, norteños de ambos partidos se habían mostrado dispuestos a aceptar el predominio de la esclavocracia; a raíz de la invasión, ambos partidos se fueron dividiendo cada vez más entre sus secciones norteñas y sureñas. El expresidente demócrata Martin Van Buren de Nueva York se opuso a la anexión de Texas y a la extensión de la esclavitud; rompió con los demócratas, y con el tiempo fue candidato para presidente por el Partido Tierra Libre [Free Soil] en 1848.
David Wilmot, un congresista demócrata por Pensilvania, expresó esta hostilidad cuando añadió una cláusula al proyecto de ley referente a los créditos para la invasión de 1846 que prohibía la esclavitud en cualquier territorio arrebatado a México. La Cámara de Representantes aprobó esta disposición tanto en 1846 como en 1847, pero el Senado votó en contra en ambos años pues el Sur lo dominaba. La condición Wilmot muestra que las contradicciones entre el sistema esclavista del Sur y el sistema capitalista del Norte ya no podían convivir en el mismo país. Esto no significó que diversos representantes de ambas partes no intentaran más compromisos, pero esos intentos fueron cada vez más infructuosos.
El fin de la guerra
En 1848, con las tropas estadounidenses ocupando la mayor parte del país, incluida la capital, México firmó un tratado de paz con EE.UU. —el Tratado de Guadalupe Hidalgo—. El tratado estableció la frontera en el Río Bravo [Río Grande], cediendo a EE.UU. casi la mitad de México; a cambio, EE.UU. aceptó pagar 15 millones de dólares y se comprometió a evitar que los indios que vivían en territorio estadounidense atacaran México. Aun así, muchos expansionistas sureños se quejaron de que EE.UU. no obtuvo suficiente: muchos propietarios de esclavos querían que su “imperio para la esclavitud” se extendiera a través de todo México hacia Centroamérica, el Caribe y quizás incluso hasta Brasil.
Poco después de la guerra, con el descubrimiento de oro, miles de inmigrantes se asentaron en California. Hay un libro muy interesante que salió hace poco llamado The California Gold Rush and the Coming of the Civil War [La fiebre del oro en California y el arribo de la Guerra Civil] (2007) de Leonard Richards, que muestra cómo muchos sureños querían extender la esclavitud a California. En 1854, EE.UU. compró La Mesilla —actualmente al sur de Arizona y al suroeste de Nuevo México— con el fin de construir un ferrocarril que atravesara ese territorio hacia California. En EE.UU. esto se conoce como la Compra Gadsden, en referencia a James Gadsden, quien fue el enviado estadounidense para negociar con Santa Anna sobre esta cuestión. Esto se suele recordar porque Gadsden era un ejecutivo de ferrocarriles que se benefició personalmente de la Compra Gadsden. También se le podría llamar la compra Gadsden-Davis, pues el secretario de guerra Jefferson Davis apoyó este proyecto de ferrocarril como una forma de conectar California al Sur y así ampliar el poder de la esclavocracia hacia el suroeste. Davis, que también luchó en el ejército de EE.UU. durante la intervención en México, por supuesto, se convirtió en el líder de la Confederación durante la Guerra Civil.
Los sureños no renunciaron a su deseo de expandirse hacia el sur. Una década después de la invasión de México, un líder del Sur sostuvo: “Quiero Cuba. Quiero Tamaulipas, [San Luis] Potosí, y uno o dos estados mexicanos más; y los quiero a todos por la misma razón: para fundar o propagar la esclavitud”. Luego estaban los llamados filibusteros, estadounidenses respaldados por el Sur que trataban de establecer gobiernos favorables a la esclavitud, que invadieron distintos lugares en el norte de México, Centroamérica y el Caribe. Uno de los más famosos fue el Dr. William Walker, quien incluso se hizo brevemente presidente de Nicaragua en 1856. Una de las cosas que hizo allí fue intentar restablecer la esclavitud. EE.UU. también intentó, sin éxito, comprarle Cuba a España. En Cuba aún se practicaba la esclavitud en las plantaciones. En 1898, consecuentemente, EE.UU. luchó una guerra contra España para quitarle Cuba junto con Puerto Rico y las Filipinas; para ese entonces, aunque la esclavitud ya había sido abolida, EE.UU. consiguió exportar a estos países la segregación tipo Jim Crow.
A pesar de que el Tratado de Guadalupe Hidalgo otorgaba la ciudadanía estadounidense después de un año a los mexicanos en el nuevo territorio de EE.UU., estos mexicanos enfrentaron discriminación racista. Muchos mexicanos propietarios de tierras fueron despojados de sus posesiones al norte del Río Bravo. Los mexicanos también fueron objeto de ataques racistas por los sheriffs, los Texas Rangers y vigilantes armados. Entre 1848 y 1928, por lo menos 597 mexicanos fueron linchados por turbas en EE.UU. Los indígenas que vivían en ese territorio también sufrieron ataques genocidas, tal y como sucedía en el lado mexicano.
Para México, la pérdida de gran parte de su territorio nacional agudizó su inestabilidad. Aunque sería demasiado simplista decir que la invasión de México en 1846 condujo a la posterior dominación imperialista de EE.UU. sobre el país, sí desempeñó un papel importante en el retraso del desarrollo en México. En el último cuarto del siglo XIX, cuando México estaba bajo la sangrienta dictadura de Porfirio Díaz, los capitalistas estadounidenses poseían gran parte de la riqueza de México y mantuvieron al país sometido para enriquecer al imperialismo estadounidense.
Los marxistas y la invasión de México
Cuando estábamos diseñando el volante para anunciar este foro, sugerí el título “La invasión estadounidense de México: Un análisis marxista”. Afortunadamente no lo escogimos, pero en realidad es una cuestión mucho más complicada de lo que parece. Como marxistas en EE.UU., la Spartacist League/U.S. se opone a la expansión depredadora de Estados Unidos. Sin embargo, en un sentido marxista, Estados Unidos no era imperialista en 1846. El imperialismo no sólo significa un país grande apropiándose del territorio de un país pequeño, sino más bien es, como explicó Lenin, la última fase del capitalismo, una época de guerras y revoluciones en la que la economía mundial entra en colisión violenta contra las barreras impuestas por el estado-nación capitalista. En 1846, EE.UU. aún era una economía capitalista en desarrollo y la burguesía estadounidense era aún, objetivamente hablando, una clase progresista: su tarea de destruir la esclavitud aún estaba pendiente.
Hoy, desde luego, Estados Unidos es el país imperialista más poderoso y no hay nada progresista con respecto a la burguesía estadounidense. Mantiene a México y a Latinoamérica subyugados a través de acuerdos comerciales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y, si es necesario, mediante fuerzas militares. Como escribimos en la declaración programática de la SL/U.S., “For Socialist Revolution in the Bastion of World Imperialism!” [¡Por la revolución socialista en el bastión del imperialismo mundial!]:
“Un gobierno obrero en EE.UU. también devolvería a México determinadas regiones fronterizas del suroeste, donde el habla hispana es predominante, que fueron arrebatadas a México. Este gesto internacionalista debilitaría eficazmente el nacionalismo antiyanqui que las clases dominantes de América Latina utilizan para atar a los obreros y sería de gran valor en la extensión del apoyo a la revolución proletaria en toda América Latina”.
A pesar de que les molesta la dominación de EE.UU., los capitalistas mexicanos y de otros países de América Latina tienen aún más temor a su propia clase obrera. Utilizan la Intervención Estadounidense, como se le llama, junto con la continua opresión de EE.UU. a México, para difundir la mentira de que los obreros y los capitalistas mexicanos tienen un interés común. La burguesía mexicana también procura oscurecer el hecho de que la estadounidense es una sociedad dividida en clases y que los obreros estadounidenses son los hermanos de clase —y cada vez más los verdaderos hermanos— de los trabajadores mexicanos. Poner fin a la subyugación imperialista de América Latina —y el resto del mundo semicolonial— requiere que la clase obrera en EE.UU. tome el poder como parte de revoluciones socialistas en toda América. Y los obreros estadounidenses también deben luchar por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes y contra el imperialismo estadounidense en América Latina y el resto del mundo. Por esto nos oponemos al TLCAN, la rapiña de “libre comercio” contra México —no por razones proteccionistas, sino porque ha significado miseria para los trabajadores y campesinos mexicanos—. Y la oposición al racismo antiinmigrante en EE.UU. está directamente relacionada con la lucha contra la opresión de los negros, como lo muestra la historia de la invasión estadounidense a México.
En México, los nacionalistas que tratan de desacreditar el socialismo a veces denuncian a Marx y Engels por haber apoyado la invasión estadounidense. Y en todo el Tercer Mundo, a veces también se les llama “racistas”. En 1848, Engels escribió acerca de la guerra:
“En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha complacido. Constituye un progreso, también, que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. Es en interés del desarrollo de toda América que los Estados Unidos, mediante la ocupación de California, obtienen el predominio sobre el Océano Pacífico. ¿Pero quién, volvemos a interrogar, saldrá ganancioso, por de pronto, de la guerra? Sólo la burguesía”.
Algunos años después, en 1854, Marx le escribió a Engels sobre la guerra, llamándola “una digna obertura para la historia bélica de la gran Yanquilandia”. Varios días después, en otra carta, elogió el “sentido de independencia y capacidad individual Yanqui” y criticó a los mexicanos: “Los españoles están completamente degenerados. Pero, con todo, un español degenerado, un mexicano, constituye un ideal”.
Bueno, esto es lo que se usa en contra de Marx y Engels. Y Marx y Engels estaban equivocados —pero no porque se pusieran a favor del imperialismo de EE.UU. o porque fueran racistas—. El periodo de la invasión de México se dio muy temprano en el desarrollo del marxismo, antes de que se publicara el Manifiesto Comunista. El capitalismo industrial aún estaba en proceso de desarrollo y Marx creía que necesitaba desarrollarse plenamente para hacer posible la revolución proletaria. El capitalismo era una fuerza progresista en ese momento, y Marx y Engels creían que uno de sus elementos más progresistas era la creación de una nación con una clase obrera unificada. Como resultado, Marx y Engels se opusieron a la libre determinación de las naciones pequeñas: ellos pensaban que esos pueblos deberían ser asimilados por las naciones más grandes. Ambos escribieron principalmente sobre los pueblos eslavos de Europa Central y Oriental, pero también lo extendieron a México. Bajo este punto de vista, la expansión del capitalismo a escala mundial no sólo beneficiaría a los países capitalistas desarrollados, sino también a los países atrasados. Como escribieron en el Manifiesto Comunista de 1848: “La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes”.
El entendimiento empírico de Marx y Engels sobre la invasión estadounidense de México estaba equivocado, pero sus premisas teóricas no lo estaban. Ellas se derivaban de una experiencia clave en la historia europea moderna que, de hecho, afectó a la familia de Marx: la ocupación napoleónica de Alemania entre 1806 y 1813. Adonde iba, llevando consigo los logros de la Revolución Francesa, Napoleón abolía las relaciones de propiedad feudales remanentes y establecía la igualdad formal ante la ley para todas las clases sociales. En Alemania, estas reformas liberales, incluyendo la emancipación de los judíos, proporcionaron un mayor impulso a los inicios del capitalismo industrial. Es decir, los logros de la revolución democrática burguesa llegaron al oeste y al sur de Alemania, gran parte de Italia e incluso al norte de los Balcanes, no por medio de una revolución nativa, sino a través de una conquista desde fuera. En muchos casos encontró resistencia reaccionaria bajo el nombre de la independencia nacional; así que para los intelectuales alemanes de la generación de Marx, una línea divisoria importante entre la izquierda y la derecha era la actitud retrospectiva frente a estas llamadas “guerras de liberación”, que en los estados alemanes fueron lideradas por la monarquía prusiana contra la ocupación napoleónica. El principio teórico de Marx y Engels de que el progreso social y económico está por encima de la independencia nacional, cuando ambas entran en conflicto, era correcto. Yo argumentaría que la posición de Marx y Engels sobre la ocupación de Napoleón fue una precursora teórica de nuestra posición de apoyo a la intervención militar de la Unión Soviética, un estado obrero degenerado, en Afganistán (que, en realidad, no es una nación) en 1979.
Marx y Engels no estaban ciegos ni eran indiferentes a los crímenes monumentales cometidos por las potencias occidentales en contra de los pueblos de Asia, África y América. Pero vieron esos crímenes como el alto costo histórico de la modernización de esas regiones atrasadas. Y como ya he mencionado, en el siglo XIX México era un desastre sin mucha esperanza de una revolución proletaria, y el “tutelaje” estadounidense, como lo puso Engels, parecía el único posible camino a seguir. En 1853, en un artículo llamado “Futuros resultados de la dominación británica en la India”, Marx y Engels escribieron:
“Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión, destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”.
Pero esta proyección no fue corroborada por el curso del desarrollo real. De hecho, a pesar de que los capitalistas introdujeron algunos elementos de tecnología industrial moderna en sus colonias y semicolonias, como el transporte por ejemplo, el efecto general fue detener el desarrollo social y económico de los países atrasados. Para mediados del siglo XIX, las burguesías europeas dejaron de ser una clase históricamente progresista frente a las viejas aristocracias derivadas del feudalismo —siendo el punto crítico la derrota de las revoluciones europeas de 1848—.
Marx y Engels generalizaron las experiencias por las que pasó Europa durante el período de las guerras napoleónicas. En el prefacio a la primera edición alemana de El capital de 1867, Marx escribió: “El país más desarrollado en el plano industrial no hace más que mostrar a los que lo siguen la imagen de su propio porvenir”. Esta afirmación describe acertadamente el desarrollo capitalista en Europa en los primeros años del siglo XIX. Al mismo tiempo, esta observación, que más tarde Trotsky describió como algo “condicional y limitado” (Lecciones de Octubre, 1924), se contradice con el hecho de que el colonialismo europeo fortaleció el atraso social y económico de los países y los pueblos que dominó.
El marxismo es una ciencia. No se basa en sabiduría recibida, sino en la observación y el análisis de la realidad social. Los marxistas no son infalibles, y, de hecho, Marx y Engels aprendieron de sus observaciones y análisis del desarrollo y expansión capitalista. No fue hasta mucho después de 1848 que Marx y Engels desarrollarían una actitud muy diferente hacia el colonialismo, expresada, por ejemplo, en su defensa de la rebelión de los cipayos en la India ocupada por los británicos en 1857-58. Irlanda es probablemente el país al que le prestaron mayor atención debido a sus conocimientos sobre la clase obrera británica. En la década de 1860, Marx y Engels llamaron por la independencia irlandesa de Gran Bretaña, no sólo por justicia hacia Irlanda, sino también como condición previa para la organización de los obreros ingleses. A fines del siglo XIX, Marx y Engels se habían convertido en paladines de la independencia colonial, y reconocieron que la modernización de Asia, África y América Latina podría tener lugar sólo en el contexto de un orden socialista mundial. El capital de Marx (escrito en 1867) contiene un análisis mordaz de lo que él llamó la “acumulación primitiva del capital” mediante la sangre y la muerte de campesinos, trabajadores y otros. Hay un buen artículo en un número reciente de Workers Vanguard que trata sobre el desarrollo de la posición marxista respecto a la cuestión nacional (ver “The National Question in the Marxist Movement, 1848-1914” [La cuestión nacional en el movimiento marxista, 1848-1914], WV No. 931, 27 de febrero de 2009).
Más en general, el imperialismo no se había desarrollado completamente en los tiempos de Marx y Engels. Les quedó a los bolcheviques lidiar plenamente con la importancia de la cuestión nacional en la época del imperialismo. Y los bolcheviques bajo Lenin y Trotsky lucharon contra todas las formas de opresión nacional y por el derecho a la libre determinación de las naciones. Y así como Marx reconoció que la modernización de Asia, África y América Latina podría tener lugar sólo en el contexto de un orden socialista mundial, Trotsky subrayó en su teoría de la revolución permanente que en los países de desarrollo capitalista atrasado la liberación nacional y la modernización social y económica sólo pueden tener lugar bajo la dictadura del proletariado, con la clase obrera luchando por extender su revolución a los países capitalistas avanzados.
En cuanto a la invasión estadounidense de México, Marx y Engels, en un sentido histórico más específico, durante ese periodo no apreciaron el hecho de que ésta fortalecía el poder de la esclavocracia —el mismo poder que se interponía en el camino a un mayor desarrollo burgués—. En la década de 1840, ellos no sabían mucho acerca de EE.UU. Pero para el periodo de la Guerra Civil, Marx y Engels habían estudiado cuidadosamente el país. Los escritos de Marx sobre la Guerra Civil Estadounidense están entre los más perspicaces frente a cualquier observador contemporáneo pues comprendía que la guerra era una guerra de clases entre dos sistemas sociales opuestos.
En 1861, al comienzo de la Guerra Civil, Marx escribió: “En la política exterior de los Estados Unidos, así como en la interior, el interés de los esclavistas servía de norte”. Mencionó en este contexto el intento de EE.UU. por comprar Cuba y a los filibusteros proesclavistas en el norte de México y Centroamérica, concluyendo que la política exterior de EE.UU. tenía como “propósito manifiesto” el “conquistar nuevo territorio para la expansión de la esclavitud y del poder de los esclavistas” (“La Guerra Civil Norteamericana”, 1861). Marx escribió que la esclavitud era la cuestión clave en la Guerra Civil, que él ligó a la guerra con México:
“El movimiento entero se fundaba y se funda, como se ve, en la cuestión de la esclavitud. No en el sentido de si en los actuales estados esclavistas deben ser liberados directamente los esclavos o no, sino en el de si los veinte millones de hombres libres del Norte deben seguir subordinados a una oligarquía de 300,000 dueños de esclavos; de si los enormes territorios de la república deberán convertirse en semilleros de estados libres o de la esclavitud; finalmente, de si la política nacional de la Unión debe enarbolar la bandera de la propagación armada de la esclavitud en México, América Central y del Sur”.
La invasión de México y el arribo de la Guerra Civil
Entonces, para el tiempo de la Guerra Civil Estadounidense, Marx reconoció que la invasión de México estaba integralmente relacionada con el desarrollo de la esclavocracia y que ésta era una de las cuestiones clave para el capitalismo estadounidense.
Quiero hablar un poco acerca de la invasión de México y el arribo de la Guerra Civil. La invasión de México planteó la pregunta: ¿Quién controlará Estados Unidos, la esclavocracia o la burguesía? La respuesta no era evidente. Uno de los mejores historiadores de la época, James McPherson, ha dicho: “En vísperas de la Guerra Civil, la agricultura en base a plantaciones era más rentable, la esclavitud más arraigada, los dueños de esclavos más prósperos, y el ‘poder esclavista’ más dominante en el Sur si no en toda la nación de lo que alguna vez había sido”. Y el Sur era cada vez más beligerante. Aunque muchos norteños querían más compromisos con el Sur, especialmente los comerciantes de Nueva York que se beneficiaban con la venta del algodón del Sur, se hizo más claro al tiempo que la burguesía crecía que el establecimiento de una sociedad capitalista unificada requeriría destruir la esclavitud —es decir, otra revolución burguesa—. La conquista de tanto territorio mexicano condujo directamente a la Guerra Civil. En sus Memorias, Grant escribió:
“La rebelión sureña fue en gran parte resultado de la Guerra Mexicana. Las naciones, como los individuos, son castigadas por sus transgresiones. Hemos conseguido nuestro castigo con la guerra más sangrienta y costosa de los tiempos modernos”.
La pregunta inmediata que planteó la invasión de México fue: ¿Este nuevo territorio arrebatado a México será esclavista o libre? Durante la fiebre del oro en San Francisco, decenas de miles de personas se apresuraron a llegar a California, y en 1850 el territorio solicitó al Congreso ser admitido como un estado libre. Esto dio lugar a otra crisis, y hubo otro “compromiso” en 1850. Al igual que sus predecesores, el compromiso de 1850 sólo retrasó el conflicto inevitable entre el Norte y el Sur. Este compromiso le permitió a California entrar como un estado libre pero mantenía al resto de los territorios mexicanos usurpados en el limbo, con sus respectivos estatus por ser decididos cuando solicitasen convertirse en estados en el futuro.
Éste sería el último gran compromiso. Y de hecho algunas partes de él —como la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850, que exigía que los estados del Norte regresaran los esclavos prófugos a sus amos en el Sur— enardecieron aún más las divisiones entre el Norte y el Sur. La década de 1850 estuvo marcada por el Norte dándose cuenta de que su continuo desarrollo como sociedad capitalista significaba deshacerse del poder esclavista, y la esclavocracia dándose cuenta cada vez más de que su dominación en el país estaba amenazada. En otras palabras, la unidad entre el Norte capitalista y el Sur esclavista se iba rompiendo. La política nacional reflejaba esto. Aunque el general Zachary Taylor del Partido Whig fue elegido presidente en 1848, después de la guerra, sería el último whig elegido presidente, pues su partido se dividió entre el Norte y el Sur con respecto a la Ley de Esclavos Fugitivos.
Incluso muchos demócratas del Norte no podían aguantar la dominación del poder esclavista en el país y su partido. Hubo una serie de partidos que se opusieron a la expansión de la esclavitud. En 1856, John C. Frémont fue el primer candidato a presidente por el Partido Republicano. Se postuló con el lema de “Tierra libre, libertad de expresión y Frémont” [Free soil, free speech and Frémont], que estaba en oposición explícita a la esclavocracia. A pesar de que no era en absoluto un partido abolicionista, el Partido Republicano comprendió que a fin de salvaguardar el crecimiento del capitalismo, el poder esclavista tendría que ser controlado y el crecimiento de territorio esclavista detenido. La decisión de 1857 de la Suprema Corte en el caso Dred Scott vs. Sandford, que declaró que el Congreso no podía restringir la esclavitud —y también declaró que las personas negras no tenían derechos en Estados Unidos— hizo la Guerra Civil casi inevitable. En 1860, cuando el primer presidente republicano, Abraham Lincoln, fue elegido con la plataforma de detener la expansión de la esclavitud, el Sur se declaró en secesión de la Unión con el fin de garantizar la esclavitud, lo cual quedó escrito en la constitución de la Confederación. O como Marx dijo: “la Confederación del Sur por lo tanto no libra una guerra de defensa, sino una guerra de conquista con miras a extender y perpetuar la esclavitud” (“La Guerra Civil en los Estados Unidos”, 1861).
Sin entrar en muchos detalles, sólo mencionaré también que la esclavocracia del Sur mantuvo su esquema sobre México. Durante la Guerra Civil, el norte de México se convirtió en un punto geográfico importante de la Confederación para tratar de romper el bloqueo de la Unión y vender algodón a Europa. Según Eugene Genovese, la Confederación tenía planes para marchar “hacia Nuevo México con la intención de seguir a Tucson y luego dirigirse al sur para tomar Sonora, Chihuahua, Durango y Tamaulipas”, y “el gobierno confederado intentó hacer tratos con Santiago Vidaurri, el hombre fuerte de Coahuila y Nuevo León, para afiliar el norte de México a la Confederación”. Casi al mismo tiempo, México mismo estaba en medio de su propia guerra, en la que Benito Juárez luchaba contra la monarquía francesa y los conservadores mexicanos como Vidaurri mientras intentaba modernizar México.
¡Terminar la Guerra Civil!
La Guerra Civil fue la Segunda Revolución Estadounidense, la última de las grandes revoluciones democrático-burguesas. Tomó cuatro años y la muerte de unos 600 mil estadounidenses —casi tantos como los que murieron en todas las demás guerras de EE.UU.— para por fin romper el poder esclavista. Incluidos en esta lucha estuvieron los casi 200 mil soldados negros que pelearon al lado de la Unión. La victoria del Norte en 1865 dio inicio al período más democrático en la historia de EE.UU., la Reconstrucción. La guerra, al garantizar el desarrollo del capitalismo estadounidense, también sentó las bases para el desarrollo de la clase obrera de Estados Unidos —el poder que puede deshacerse del capitalismo—. Hoy en día los obreros negros constituyen un componente muy importante de esta clase obrera.
Los capitalistas del Norte traicionaron la Reconstrucción y la promesa de libertad para los negros, pues persiguieron las ventajas económicas de su victoria sobre la Confederación, en lugar de promover los derechos de los negros. Hacia el final del siglo, la perversa segregación de Jim Crow se impuso. Mientras tanto, la burguesía pasó de la consolidación del poder nacional a la búsqueda del poder imperialista en el extranjero —sin dejar de lado a México y a otros países de América Latina—.
El sangriento imperialismo estadounidense es el enemigo de los obreros y los oprimidos en Estados Unidos y alrededor del mundo. Y éste sigue siendo el caso con el presidente Obama, quien tiene previsto aumentar en un 50 por ciento las tropas de ocupación imperialista en Afganistán. La liberación de los obreros y campesinos en México y América Latina exige hoy revoluciones socialistas en toda América, desde el Yukón hasta Yucatán, desde Alaska a Argentina. Nosotros, en la Spartacist League/U.S., estamos dedicados a forjar un partido obrero clasista revolucionario que sea capaz de llevar a la clase obrera al poder en EE.UU., que es lo que es necesario para aplastar al imperialismo estadounidense. La lucha por la liberación de los negros es esencial para esta tarea. Y es por ello que levantamos la consigna de “¡Terminar la Guerra Civil! ¡Por la liberación de los negros mediante la revolución socialista!”.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/38/guerra.html
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2016.06.04 20:51 ShaunaDorothy El regreso del PRI y el #YoSoy132 electorero - Nuevo espectáculo del circo electoral - ¡Romper con AMLO y el PRD burgués! ¡Por un partido obrero (Septiembre de 2012)

https://archive.is/F6O86
Espartaco No. 36 Septiembre de 2012
Tras dos sexenios de gobiernos del neocristero PAN, el PRI regresará a Los Pinos este 1º de diciembre. Según los resultados oficiales de las elecciones de julio, el candidato priísta, Enrique Peña Nieto, venció a su más cercano contrincante, López Obrador (entonces del PRD), por poco más de seis puntos porcentuales, y el PAN quedó relegado al tercer puesto, otro tanto por debajo del PRD. (El PANAL obtuvo menos del 3 por ciento de los votos.)
Antes de las elecciones, para explicar por qué los espartaquistas llamamos a no votar por los partidos de la burguesía —PRI, PAN, PRD, etc.—, escribimos:
“Todos los candidatos defienden la explotación capitalista y, por ende, no harán nada para combatir los males que son consecuencia de esa explotación. No importa quién gane en julio el puesto de presidente de México, seguirá el hambre, la represión, el desempleo, la opresión de la mujer y la miserable pobreza en el campo, la cual golpea principalmente a la población indígena”.
—“¡Ni un voto a los partidos burgueses!”, Espartaco No. 35, junio de 2012
Los llamados por parte de AMLO para invalidar las elecciones presidenciales se centraron en que el PRI excedió el límite permitido de gastos de campaña y en la “compra de votos”, es decir, las apelaciones al electorado a que voten por algún partido (en este caso el PRI) mediante la distribución de despensas, camisetas u otros artículos. Esto es simplemente el funcionamiento cotidiano de la democracia electoral burguesa. La democracia burguesa es siempre una farsa para las masas oprimidas a quienes les da la opción de escoger quién va a dirigir la maquinaria de represión contra ellas durante el siguiente periodo.
Como la mayoría de las elecciones en la historia de México, éstas estuvieron plagadas por irregularidades, violencia y fraude. Sin embargo, no hay evidencia de que la escala del fraude alterara el resultado. Aparentemente, de los que se molestaron en votar, más lo hicieron por Peña Nieto que por cualquier otro candidato. Nuestra oposición al PRI no se basa en su corrupción. Nos oponemos al PRI, al PAN y al PRD/AMLO como cuestión de principios, con base en nuestro programa proletario revolucionario, no con base en cuál partido burgués es más o menos fraudulento, corrupto o represivo.
El repunte del PRI se debe no tanto al apoyo masivo a las políticas de este pragmático partido burgués, sino al rechazo al PAN, principalmente debido a la desesperada situación económica y a la brutal “guerra contra el narco”. Así, el PAN perdió ante el PRI algunos de sus bastiones cristeros fundamentales, como el estado de Jalisco y la ciudad de León. Conforme quedaba claro que la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, no tenía ninguna oportunidad de ganar y AMLO repuntaba —en buena medida impulsado por las protestas de #YoSoy132—, hasta el expresidente panista Vicente Fox dio su apoyo a Peña Nieto.
A lo largo de su campaña, López Obrador se esforzó por deshacerse de la falsa reputación de “radical” que le han dado sus oponentes del PRI y el PAN, especialmente mediante su ridícula retórica de la “república amorosa”, así como sus acuerdos con empresarios y sus insinuaciones a Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, directamente. Con ello logró sumar a su campaña a algunos capitalistas norteños destacados, aunque el grueso del electorado del norte y occidente del país —lo que incluye las regiones históricamente más católicas y panistas— apoyó al PRI. Tras las elecciones, la negativa de AMLO a reconocer a Peña Nieto como “presidente electo” parece haber renovado las añejas fricciones dentro del PRD —cuya dirigencia ya ha reconocido a EPN—, y López Obrador se ha escindido. En cualquier caso, lo que es fundamental para la clase obrera es entender que el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) de AMLO es un partido burgués más, comprometido al mantenimiento de la explotación capitalista y hostil a los intereses del proletariado.
Elecciones de hambre y militarización
La crisis económica mundial y las políticas transparentemente antiobreras del régimen panista han sido ya un desastre para la población. A lo largo del sexenio, el salario mínimo aumentó apenas 28 por ciento —para llegar este año a unos miserables $62.33 por jornada laboral en la zona “A”, ¡la de salario más elevado!—. Entre tanto, los alimentos de la canasta básica aumentaron en más de 125 por ciento. Durante la primera quincena de agosto, el huevo, por ejemplo, subió 100 por ciento en el DF. Según las cifras siempre dudosas del INEGI, a mediados de 2012 el desempleo alcanzó 4.8 por ciento de la población económicamente activa; entre la población ocupada, ¡29.3 por ciento (14.2 millones de personas) labora en la “informalidad” y 8.9 por ciento (4.3 millones) se encuentra “subocupada”! Aunado a esto, la válvula de escape que representaba la migración a EE.UU. ha sido reducida por la falta de trabajos, las medidas antiinmigrantes del gobierno de Obama y el peligro que representa cruzar la frontera ante el acoso de las bandas criminales y las fuerzas policiaco-militares mexicanas y estadounidenses. Ahora, siguiendo el ejemplo de sus contrapartes en España y Grecia, entre otros, Calderón se está apresurando para hacer aprobar una nueva contrarreforma laboral que facilitaría despidos, generalizaría contratos temporales, impulsaría el outsourcing (subcontratación) y atacaría todo tipo de prestaciones elementales como la seguridad social. La legislación ataca aún más el derecho a la huelga y le da al estado nuevas herramientas para inmiscuirse en las finanzas y la vida interna de los sindicatos.
Esta situación permite incluso al corrupto y represivo PRI posar como un mal menor, a pesar de que Peña Nieto no promete más que austeridad disfrazada con declaraciones vagas y, eso sí, mayores privatizaciones —notablemente de Pemex, en torno a lo cual no ha sido vago en absoluto—. Nosotros decimos: ¡Abajo la privatización de Pemex y todo el sector energético! ¡Abajo la “reforma” laboral draconiana!
Por otro lado, existe un extendido hartazgo ante la brutalidad estatal/criminal que se ha agudizado en los últimos años mediante la “guerra contra el narco” de Calderón, la cual ha dejado más de 60 mil muertos. Esta “guerra” no tiene nada que ver con proteger a la población, sino con regimentarla, particularmente a la clase obrera.
La “guerra contra el narco” ha servido también para que el imperialismo estadounidense incremente el control que ejerce sobre “su patio trasero”; para 2010, la ayuda militar a México había aumentado ya siete veces a través del Plan Mérida. La “guerra contra el narco” ha servido a EE.UU. de la misma forma que ha utilizado la “guerra contra el terrorismo” en otros países: la presencia de personal militar y policial estadounidense en México cada vez es mayor, y los sobrevuelos de aviones drones son comunes. Ahora, se habla de un plan estadounidense independiente —al estilo de la ejecución de Bin Laden en 2011— para venir a capturar al famoso narco “Chapo” Guzmán en México. En este rubro también, Peña Nieto promete un cambio de “estrategia” que en realidad significa más de lo mismo para las masas mexicanas: aumentar las fuerzas policiales y reforzar los servicios de inteligencia especialmente en coordinación con EE.UU. y los países centroamericanos. Pero ello no ha sido suficiente para convencer a sus desconfiados amos imperialistas de que continuará esta “guerra contra el narco”. James Sensenbrenner, director del Subcomité de Crimen, Terrorismo y Seguridad Nacional del congreso de EE.UU., se queja de que durante los 71 años de gobierno priísta, el partido “minimizó la violencia al hacerse de la vista gorda con los cárteles”. Por otro lado, el temor ante la creciente “narcoviolencia” ha provocado una nostalgia por el viejo orden de cosas. Evocativamente, un graffiti mencionado en Proceso, en clara referencia a esta desesperante situación, decía: “Que se vayan los ineptos y que vuelvan los corruptos”.
Es tarea del movimiento obrero en su conjunto oponerse a la “guerra contra el narco”, cuyo fin es fortalecer los poderes represivos del estado capitalista. Los espartaquistas decimos: ¡Abajo la militarización de la “guerra contra el narco”! ¡FBI, DEA y todas las agencias policiacas y militares estadounidenses fuera de México! Llamamos por la despenalización de las drogas que, al eliminar las enormes ganancias que derivan de la naturaleza ilegal y clandestina del narcotráfico, reduciría el crimen y otras patologías sociales asociadas con éste. Nos oponemos también a las medidas del estado burgués que restringen o impiden que la población porte armas, lo cual limita los derechos de la población y garantiza el monopolio del estado y los criminales sobre las armas.
Revolución permanente vs. nacionalismo burgués
Desde los años 80, el PRI hizo a un lado su vieja política corporativista y nacionalista —identificada con el populismo de Lázaro Cárdenas— a favor de la “apertura” neoliberal, es decir, privatizaciones, ataques antisindicales y creciente subordinación política y económica al imperialismo estadounidense. Al mismo tiempo, este flexible partido burgués ha mantenido sus viejos nexos con sindicatos poderosos, como el petrolero y el SUTERM y la federación CTM. Desde 1988 (mediante el Frente Democrático Nacional), el PRD —fundado por viejos priístas, incluyendo al propio AMLO— surgió como una opción de recambio nacional-populista para mantener el descontento obrero dentro del marco de la política burguesa “democrática”. Ahora, el Morena —fundado a su vez por perredistas— podría tomar la estafeta populista, aunque quizá se mantenga como un simple apéndice del PRD.
Entre neoliberalismo y populismo nacionalista no hay opción para las masas trabajadoras —son políticas capitalistas que bien pueden ser esgrimidas por los mismos individuos según la coyuntura—. El PRD, igual que el PRI y el PAN, es un partido capitalista. A través de concesiones a los obreros y pobres y su retórica “antineoliberal”, el populismo perredista procura perpetuar este brutal régimen de explotación y opresión. Con todo y su retórica nacionalista, el PRD, como la burguesía mexicana en su conjunto, está atado por miles de lazos a sus amos imperialistas estadounidenses; de hecho, este partido ni siquiera se opone al TLC —ese tratado de rapiña imperialista contra México—, sino que sólo busca renegociar los términos de su propia subordinación a los imperialistas, para lo cual requiere apoyarse en la clase obrera.
Es necesario romper las ataduras que mantienen al proletariado subordinado a la burguesía supuestamente “progresista”, prominentemente la ideología del nacionalismo burgués, que oscurece la división de clases e impulsa la falacia de la identidad de intereses entre explotados y explotadores. Esta mentira no sólo encadena ideológicamente al proletariado mexicano a la burguesía nacional, sino que le impide también ver la división de clases más allá de las fronteras, especialmente en EE.UU. Pero el principal aliado potencial de la clase obrera mexicana es el poderoso proletariado estadounidense, que debe también romper con la “unidad nacional” impulsada por su “propia” burguesía. ¡Por lucha de clases conjunta en ambos lados de la frontera!
Con base en la experiencia de la Revolución Rusa de 1917, los espartaquistas luchamos por un gobierno obrero y campesino mediante la revolución socialista. En países de desarrollo capitalista atrasado como México, sólo la toma del poder por la clase obrera dirigida por un partido obrero revolucionario, arrastrando tras de sí a las masas campesinas y pequeñoburguesas urbanas depauperadas, puede conseguir la genuina emancipación nacional mediante la expropiación de la burguesía nacional, el repudio de la deuda externa y la extensión de la revolución internacionalmente. De igual forma, la revolución socialista remplazaría la democracia burguesa, que en realidad no es sino una burla para los obreros y los pobres, con la genuina democracia para los explotados y oprimidos, donde los obreros y los campesinos pobres dirigirían los destinos del país a través de los soviets o consejos.
Ante los efectos devastadores de la crisis económica mundial y los constantes ataques contra el ya de por sí raquítico nivel de vida de la clase obrera, los campesinos y los pobres urbanos, es necesario que el proletariado muestre su capacidad y determinación para luchar no sólo por su propia supervivencia, sino en nombre de todos los pobres y oprimidos. Ante la galopante carestía, llamamos por comités de vigilancia de precios, compuestos por delegados de las fábricas, los sindicatos, las cooperativas, las organizaciones campesinas y los pobres de la ciudad. Luchamos por una escala móvil de salarios que asegure aumento salarial en proporción al aumento de precios. Contra el desempleo masivo, es necesario luchar por una escala móvil de horas de trabajo para repartir el trabajo disponible, así como por un extenso programa de obras públicas. Ningún partido burgués llevará a cabo tales demandas. Estas reivindicaciones indispensables tienden un puente hacia la revolución socialista y la instauración de una economía planificada internacional, que, mediante la expropiación de los capitalistas, avoque la economía entera no ya a engrosar los bolsillos de un puñado de magnates, sino a la satisfacción de las necesidades de la población.

YoSoy132: Electorerismo pequeñoburgués al servicio del PRD

El movimiento #YoSoy132 se originó en mayo pasado en la Universidad Iberoamericana, cuando algunos estudiantes increparon a Peña Nieto más que justificadamente por la represión brutal en Atenco en 2006, cuando él era gobernador del Estado de México. Sin embargo, al declararse estrictamente “anti-Peña Nieto”, el movimiento le lava la cara no sólo al PRD —socio perenne de la represión capitalista—, sino también al PAN de la “guerra contra el narco”. Surgido de las elitistas universidades privadas del DF —varias de ellas católicas—, como la Ibero (jesuitas) y la Anáhuac (legionarios de Cristo), además del ITAM y el Tec de Monterrey, #YoSoy132 gozó de cierta “respetabilidad” al principio, y fue en ese contexto que el mismísimo Calderón endosó el movimiento.
Estudiantes de las universidades públicas pronto se unieron al 132, algunas de cuyas demandas son increíblemente estrechas y a menudo francamente ridículas, como concursos para que producciones estudiantiles puedan aparecer en televisión, “hacer del acceso a Internet un derecho constitucional” (en un país donde grandes masas aún carecen de electricidad y agua potable, por no hablar de servicio telefónico y computadora) y “transmisión en cadena nacional del debate de los candidatos a la presidencia”. Haciendo del voto un fetiche, el movimiento notablemente se declaró contra la abstención y el voto nulo, por ser “acciones ineficaces para avanzar en la construcción de nuestra democracia” —un slogan que trae a la memoria cualquier tedioso anuncio del IFE—. A lo largo de estos meses y con sus nexos con organizaciones como el SME y el FPDT (Atenco), el 132 ha adquirido un perfil político más tradicionalmente populista, “antineoliberal” y nacionalista, y la participación de estudiantes de universidades privadas ha menguado considerablemente (la declaración oficial de #YoSoy132 como “anti-Peña Nieto” a finales de mayo, por ejemplo, fue demasiado para la asamblea estudiantil del ITAM).

YoSoy132 es un movimiento amorfo, electorero y pequeñoburgués, emparentado políticamente con los Indignados españoles y los Ocupa estadounidenses, que tiene por objetivo la “democratización del país” mediante el ejercicio del voto y la “democratización de los medios de comunicación”; pese a su autodescripción como “apartidista”, ha actuado en los hechos y desde un principio como un apéndice de la campaña electoral de AMLO y el PRD burgués en el centro del país, sin por ello cerrar la puerta al PAN en otras regiones. Es una medida de las traiciones de los falsos dirigentes del movimiento obrero, subordinados al PRD y al PRI burgueses, el que las movilizaciones electoreras de un movimiento como el 132 (y las del PRD mismo) se hayan convertido en el centro de cualquier protesta contra los efectos más grotescos de la catástrofe económica.

Igual que sus contrapartes en Europa y EE.UU., #YoSoy132 disuelve al proletariado como uno más de los sectores del “pueblo”. Muy por el contrario, el proletariado, debido a su relación con los medios de producción, es la única clase con el poder social y el interés histórico para derrocar el capitalismo. No teniendo sino su fuerza de trabajo para vender, la clase obrera no tiene interés objetivo alguno en la conservación del régimen de la propiedad privada; su interés está en la colectivización de los medios de producción. La pequeña burguesía —esa capa heterogénea que incluye a los campesinos, los estudiantes, los profesionistas, etc.— es incapaz, por sí misma, de plantear un programa revolucionario propio: siempre sigue a una de las dos clases fundamentales del capitalismo —el proletariado o la burguesía—.
El embuste democrático
Los comunistas defendemos los derechos democráticos y entendemos que en países de desarrollo capitalista atrasado, como México, los anhelos democráticos de las masas —como la emancipación nacional, la revolución agraria y la democracia política— no pueden ser satisfechos bajo el capitalismo y son una fuerza motriz para la revolución socialista. Las ilusiones democráticas bajo el capitalismo, sin embargo, son suicidas. En este país no puede existir ninguna democracia burguesa estable. La debilidad de la burguesía mexicana, subordinada al imperialismo y temerosa del poderoso proletariado, no le permite ese lujo.
No existe, en la era de la decadencia imperialista, ninguna ala “progresista” de la burguesía, capaz de romper la subordinación al imperialismo. Los marxistas revolucionarios, basados en la perspectiva trotskista de la revolución permanente, no tenemos un programa democrático distinto de uno socialista. En la lucha por demandas democráticas, oponemos el proletariado a la burguesía por el simple hecho de que estas demandas sólo son realizables bajo la dictadura del proletariado.
El movimiento estudiantil #YoSoy132 se basa e impulsa ilusiones en abstracciones democráticas que hacen caso omiso de la división de la sociedad en clases. Exige “un cambio en el modelo de seguridad nacional”, reduciendo el “presupuesto a seguridad” para destinarlo a “gasto público, educación, cultura y salud”. Independientemente del “modelo de seguridad”, el estado capitalista seguirá siendo un instrumento de violencia organizada —que consiste, en su núcleo, de la policía, el ejército, los tribunales y las cárceles— para mantener el dominio de los explotadores. Esta maquinaria no puede ser reformada para servir a los intereses de los explotados y oprimidos; tiene que ser destruida y remplazada por un estado obrero.
La democracia tiene carácter de clase; la “democracia pura” es un embuste liberal para embaucar a los obreros y oprimidos al oscurecer la realidad de la dictadura del capital. Este engaño es particularmente eficaz en los países capitalistas avanzados, donde las burguesías imperialistas pueden mantener un sistema parlamentario más o menos estable. Éste es, en palabras del socialista francés Paul Lafargue (yerno de Marx), “un sistema de gobierno en el cual el pueblo adquiere la ilusión de que está controlando las fuerzas del país mismo, cuando, en realidad, el poder real se concentra en las manos de la burguesía —y ni siquiera de la burguesía entera, sino sólo de ciertos sectores de esa clase—”. En los países de desarrollo capitalista atrasado, esta fachada democrática es en extremo endeble e inestable. Pero, ya sea en países avanzados o atrasados:
“La democracia burguesa, pese a ser un gran avance histórico en comparación con el medioevo, sigue siendo siempre —y no puede dejar de serlo bajo el capitalismo— estrecha, truncada, falsa e hipócrita, un paraíso para los ricos y una trampa y un engaño para los explotados, para los pobres”.
—V.I. Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky
¡Educación gratuita y de calidad para todos! ¡Nacionalización de las escuelas privadas!
En un país donde una ínfima porción de la población tiene acceso a la educación superior y centenas de miles son rechazados cada año, consignas como “¡Educación gratuita y de calidad para todos!”, “¡Abajo los exámenes de admisión!” y, particularmente, “¡Por la nacionalización de las escuelas privadas!” deberían ser elementales. Las magníficas instalaciones de la Ibero, por ejemplo, podrían ponerse al servicio de miles de pobres del occidente de la Ciudad de México. Obviamente, #YoSoy132 nunca ha lanzado estos llamados. Al contrario, en una asamblea de junio, este elitista movimiento aprobó no incluir a jóvenes rechazados de las universidades públicas, ¡con el argumento de que no eran estudiantes! (Finalmente, en julio se le permitió al movimiento de rechazados participar en #YoSoy132.)
Pese a tales despliegues de arrogancia pequeñoburguesa, hay una ilusión extendida de que las universidades públicas, en particular la UNAM, son “islas democráticas” abstraídas de la sociedad, que son universidades “del pueblo”. Sin embargo, las universidades —públicas y privadas— constituyen un pilar importante de la sociedad capitalista al estar encargadas de entrenar al futuro personal administrativo, técnico e ideológico de la sociedad burguesa, y los capitalistas les asignan recursos en la medida en que sus prioridades lo requieren. Fuera de eso, no podría importarles menos la educación general de las grandes masas de los explotados y oprimidos. Nosotros decimos: ¡Abolir la rectoría! ¡Por el control de las universidades por parte de estudiantes, profesores y trabajadores! ¡Por estipendios para que los estudiantes subsistan! El conjunto de estos llamados apunta hacia la necesidad de la revolución socialista, la única manera de poner la educación y la cultura no sólo al alcance, sino también al servicio de las masas.
La LTS: Construyendo el “gran movimiento democrático” pequeñoburgués
El grueso de la izquierda mexicana ha hecho suya sin empacho la política liberal burguesa de #YoSoy132. Tal es el caso de la Liga de Trabajadores por el Socialismo-ContraCorriente (LTS-CC), la cual declaró presurosa que “¡Hoy más que nunca, todos somos #132!”.
La LTS, siendo completamente acrítica del seguidismo de #YoSoy132 a López Obrador, corre a lavarle la cara al movimiento, diciendo:
“Una de estas grandes lecciones, asumida en la huelga [de la UNAM] del ‘99, fue la necesidad de la independencia del movimiento estudiantil de los partidos del régimen, hacia donde apunta uno de los grandes acuerdos del movimiento #YoSoy132: que se declara ‘autónomo’ y ‘apartidista’”.
—Estrategia Obrera No. 97, 8 de junio de 2012
Pero el “apartidismo” del 132 es tan sincero como cualquier promesa de campaña priísta, e igual de sincera es la posición formal de la LTS de oposición a los partidos del capital. En los hechos, la LTS se sumó, a través del 132, a la campaña electoral de López Obrador.
La LTS comparte las ilusiones en la reforma democrática del estado y la “democratización de los medios de comunicación”, ejes centrales del programa de #YoSoy132, y pretende darles un giro “radical”:
“Por ello, es necesario que el movimiento #YoSoy132 incluya entre sus demandas la exigencia de que cualquier grupo de trabajadores, estudiantes o de organizaciones...tenga el derecho y los recursos solventados por el Estado, para publicar sus posiciones”.
—Ibíd.
En pocas palabras, la LTS quiere subsidio estatal. Sus demandas tienen base en la visión reformista del estado burgués como una entidad neutral por encima de las clases que debería apoyar a organizaciones “independientes” de la clase obrera. Pero el que paga los mariachis escoge el son. Por ello —y en tajante contraste con la práctica cotidiana de la seudoizquierda—, en la Liga Comunista Internacional nos oponemos, como cuestión de principios, a aceptar un solo centavo de financiamiento del estado capitalista, que es el comité ejecutivo del enemigo de clase.
La LTS exige también “la expropiación sin pago a los dueños de los grandes medios de comunicación, y que éstos funcionen bajo control de sus trabajadores”, en el contexto del dominio de la burguesía (¡ni por error mencionan la revolución socialista!). Ésta no es sino mera retórica vacía. Los medios masivos de comunicación bajo el capitalismo, ya sean de propiedad privada o estatal, sirven a los intereses de la burguesía y propagan su ideología. Es francamente ingenuo y ridículo pensar que pueden servir a los intereses de los oprimidos si no es en el contexto de una revolución socialista que expropie los medios de producción (y de comunicación) de manos de los capitalistas.
El GI sobre el 132 y los sindicatos: Un singular caso de amnesia
El Grupo Internacionalista (GI) es muy crítico de las ilusiones democratizantes del 132 —en el papel—. Pero del dicho al hecho... En la Convención Nacional Contra la Imposición llevada a cabo en Atenco en julio pasado —un evento dominado por el 132—, el líder mínimo local del GI intervino para hablar de la lucha universitaria y bla, bla, bla, ¡sin mencionar siquiera al movimiento #YoSoy132! Esta anécdota resume el funcionar cotidiano del GI: pronunciamientos a menudo grandilocuentes para ocultar una práctica reformista a la cola de los movimientos en boga.
Pero veamos más de cerca lo que el GI dice en el papel —o, más bien, lo que no dice—. En un artículo de junio, el GI le recordaba correctamente a los estudiantes perredistas del 132 que los tres partidos burgueses principales se han unido en la represión contra la clase obrera: “Éste fue el caso en Lázaro Cárdenas, Michoacán, cuando el 20 de abril [de 2006] las fuerzas federales panistas, las estatales perredistas y las municipales priístas orquestaron un ataque sangriento contra los trabajadores siderúrgicos en huelga” (El Internacionalista, junio de 2012). Lo que el GI omite es que, para ellos, esa lucha del sindicato minero contra el estado y la patronal —la lucha obrera más importante que hemos visto en décadas— no fue más que “un ajuste de cuentas dentro del régimen” (El Internacionalista, mayo de 2006), pues el sindicato minero es, según ellos, una organización patronal.
Todavía amnésico, el GI hace también referencia a la represión contra la huelga de la Sección XXII del SNTE en Oaxaca en 2006, pero no menciona que para ellos éste tampoco es un sindicato. Según el GI, todos los sindicatos priístas, e incluso los que han dejado de serlo, como el minero, son “el enemigo de clase” (El Internacionalista, mayo de 2001). En los hechos, para el GI los sindicatos subordinados al PRD son las únicas organizaciones obreras legítimas en México —¡una peculiar manera de trazar la línea de clases!—. La política del GI es demagogia rompesindicatos, digna de los Indignados, que descarta con un movimiento de la mano a poderosas agrupaciones obreras, como los mineros o petroleros. Aunque procura maquillar su línea con fraseología hueca sobre defender a “los obreros”, el GI se niega a defender a estos sindicatos contra los ataques del estado y la patronal. De hecho, su sección brasileña se estrenó en 1996 arrastrando a un sindicato ante los tribunales burgueses en una lucha interburocrática por la dirigencia del mismo (ver “El encubrimiento del IG en Brasil: Manos sucias, mentiras cínicas”, Espartaco No. 10, otoño-invierno de 1997).
El GI refleja y procura explotar los prejuicios pequeñoburgueses antisindicales imperantes en el medio estudiantil y el mal llamado movimiento “anticapitalista” —desde 132 hasta los Indignados y Ocupa—. En efecto, en las marchas y manifestaciones de 132 es común escuchar llamados por juicio a la odiada y corrupta lideresa del SNTE, Elba Esther Gordillo. Esto sólo puede significar apelaciones a que el estado burgués intervenga en el sindicato.
Los sindicatos son las organizaciones básicas para la defensa de los obreros contra los ataques constantes de la burguesía. Le permiten a los obreros tener salarios y prestaciones relativamente mejores y les brindan alguna protección contra los despidos arbitrarios y los abusos en general. Los sindicatos deben construirse y defenderse. Como lo mostraron el ejemplo del SME y tantos otros a lo largo de la historia, el interés del estado burgués no es la democracia sindical, sino maniatar y en última instancia destruir a los sindicatos. La grotesca “Maestra” y sus compinches, como todas las demás burocracias sindicales procapitalistas —independientemente del partido burgués al que apoyen—, deben ser echados mediante una lucha política, llevada a cabo por los trabajadores mismos, contra la subordinación de los sindicatos a los intereses nacionales y la búsqueda de ganancias de los gobernantes capitalistas. Sólo una lucha así podrá transformar a los sindicatos de agencias de negociación estrechas dentro del marco del capitalismo a órganos de lucha proletaria revolucionaria.
¡Forjar un partido obrero revolucionario!
En Lecciones de Octubre, Trotsky explicó que: “No puede triunfar la revolución proletaria sin el partido, aparte del partido, al encuentro del partido o por un sucedáneo del partido”. En contraste con el (ilusorio) apartidismo en boga, nosotros luchamos por forjar un partido obrero de vanguardia que agrupe a los obreros avanzados y la intelectualidad desclasada bajo un programa de lucha de clases revolucionario e internacionalista. Un partido bolchevique es el instrumento fundamental para llevar la conciencia política al proletariado, tan necesaria para que éste pueda realizar y consolidar la revolución socialista.
Es necesario intervenir en las luchas sociales y de clases con el programa del marxismo revolucionario, luchando por romper las cadenas que actualmente atan a los obreros y oprimidos, prominentemente al populismo de AMLO y el PRD burgués. Sólo así se podrá construir el partido leninista-trotskista que dirija a la clase obrera al poder. Ésta es una tarea enorme y no hay atajos, pero el Grupo Espartaquista de México y la Liga Comunista Internacional entera estamos comprometidos a ella. Estudiantes: ¡Únanse a la clase obrera para luchar! ¡Reforjar la IV Internacional, partido mundial de la revolución socialista!
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/36/electoral.html
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2016.06.04 12:32 ShaunaDorothy PRI, PAN, PRD, PANAL: ¡Ninguna opción para explotados y oprimidos! ¡Ni un voto a los partidos burgueses! AMLO: Caudillo populista del capital - ¡Forjar un partido obrero! (Junio de 2012)

https://archive.is/fAX2u
Espartaco No. 35 junio de 2012
Un mes antes de las elecciones presidenciales, parece que el Partido Acción Nacional (PAN) será un partido de “oposición” una vez más, y que el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó México por siete décadas, podrá regresar a Los Pinos. Para la clase obrera, no hay candidato por el cual votar. Todos los candidatos —desde Josefina Vázquez Mota del gobernante PAN y Enrique Peña Nieto del PRI, hasta Andrés Manuel López Obrador del PRD populista burgués y Gabriel Quadri de la reaccionaria y algo bizarra Nueva Alianza— son igualmente enemigos de los intereses de los obreros y oprimidos. Todos los candidatos defienden la explotación capitalista y, por ende, no harán nada para combatir los males que son consecuencia de esa explotación. No importa quién gane en julio el puesto de presidente de México, seguirá el hambre, la represión, el desempleo, la opresión de la mujer y la miserable pobreza en el campo, la cual golpea principalmente a la población indígena.
Apoyamos la participación de la clase obrera en la política, pero eso no significa escoger entre las candidaturas que presenta la burguesía. Estamos por la participación independiente de los obreros. En este momento, no existe en México un partido obrero, ni un candidato que trace siquiera una tenue línea de clases. Bajo estas circunstancias no podemos más que hacer propaganda marxista en la lucha por quitar los obstáculos ideológicos en el camino al futuro partido independiente del proletariado.
Revolución obrera vs. reforma del estado burgués
Los marxistas revolucionarios nos oponemos por principio a postular candidatos para puestos ejecutivos del estado capitalista —por ejemplo el de presidente, alcalde o gobernador estatal—, sin excluir por adelantado darle apoyo crítico a otras organizaciones obreras en situaciones apropiadas. Esta posición fluye de nuestro entendimiento de que el estado capitalista existe para defender los intereses de la clase dominante. En su núcleo, el estado consiste en destacamentos de hombres armados —el ejército, la policía, los tribunales y las cárceles— que sirven para proteger el dominio de clase de la burguesía y su sistema de producción. Lejos de administrar el estado capitalista, los comunistas luchamos por destruirlo y remplazarlo con un estado obrero mediante la revolución socialista. Los diputados comunistas pueden participar, como opositores, en los parlamentos y otros cuerpos legislativos burgueses, actuando como tribunos revolucionarios de la clase obrera; pero asumir un puesto ejecutivo u obtener el control de una legislatura burguesa o un ayuntamiento municipal burgués exige tomar responsabilidad de la maquinaria del estado capitalista (ver: “Los principios marxistas y las tácticas electorales”, Spartacist [Edición en español] No. 36, noviembre de 2009).
En contraste, algunos falsos trotskistas aspiran a postularse para comandante en jefe del estado capitalista. La Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) lamenta no poder participar: “Como en 2006, estas elecciones son profundamente antidemocráticas ya que los trabajadores y la izquierda estamos impedidos, por las leyes electorales, de participar con nuestros candidatos/as, algo que ni siquiera la oposición perredista denuncia” (Estrategia Obrera No. 94, abril de 2012). Ciertamente, no somos indiferentes a los derechos electorales —como notamos al oponernos al desafuero de López Obrador en 2005—, y nos oponemos a la legislación que limita la participación electoral a los partidos (burgueses) establecidos. Sin embargo, postularse para un puesto ejecutivo de cualquier nivel o asumirlo no es un escalón hacia la movilización revolucionaria de las masas obreras, sino que sirve para fortalecer las ilusiones prevalecientes en la posibilidad de poner el estado capitalista al servicio de los explotados y oprimidos y, con ello, para fortalecer las cadenas que atan al proletariado a su enemigo de clase.
El centrista Grupo Internacionalista (GI) se opone a nuestra línea principista e incluso no rechaza la posibilidad de asumir puestos ejecutivos “en caso de ser elegidos”, al menos en una situación revolucionaria. Al contrario de las afirmaciones de estos “cretinos ejecutivos”, si algo hay que aprender de la larga historia de derrotas y oportunidades desperdiciadas es que es precisamente en las situaciones revolucionarias cuando las ilusiones en el estado capitalista tienen un impacto más nocivo, al desviar la lucha de la clase obrera por la toma del poder hacia la mera presión a los administradores de la explotación capitalista (ver: “El GI y los puestos ejecutivos: El centrismo de las cloacas”, Espartaco No. 29, primavera de 2008).
Austeridad y represión capitalistas
Estas elecciones se dan en el contexto de una crisis económica mundial que ha golpeado con saña a la población y ha sido un factor clave en el declive de la popularidad del PAN. En América, sólo México y Honduras tienen tasas de pobreza que se incrementaron de 2009 a 2010. Incluso el gobierno, a través del CONEVAL, admite que 52 millones de mexicanos viven en la pobreza, y casi la mitad de ellos no tiene siquiera suficiente para comer. Josefina Vázquez Mota, en una propuesta obscena que hace recordar a María Antonieta (“¡Que coman pastel!”), les dice a las masas hambrientas que se las arreglen con...crédito.
Además, la creciente vigilancia en la frontera y las medidas antiinmigrantes en EE.UU. han minimizado la válvula de escape de la migración al vecino del norte, haciendo esta opción cada vez menos viable. El hecho de que tanta gente siga poniendo su vida en riesgo al cruzar el desierto para llegar a EE.UU. es simplemente una medida de la desesperación de las masas mexicanas.
Otro factor crucial en el desahucio del PAN ha sido la brutal “guerra contra el narco”, la cual ha cobrado, según cifras del gobierno, unas 47 mil 500 vidas. Esta “guerra” no tiene nada que ver con proteger a la población; es una justificación para fortalecer al estado y limitar aún más los derechos de la población. Y aunque los demás candidatos tratan de aprovecharse del extendido hartazgo con la brutalidad estatal/criminal, todos concuerdan en lo mismo: fortalecer, de una u otra forma, al estado burgués.
El PAN parece haber pensado que una mujer, por el solo hecho de serlo, podría ampliar su base sobre todo entre el electorado del centro del país. Pero como señala la historiadora Jocelyn H. Olcott, Vázquez Mota “hace campaña explícitamente como alguien que confirma los estereotipos convencionales de género en vez de desafiarlos”. En lo que concierne a la “guerra contra el narco”, Vázquez Mota promete no sólo continuar la política calderonista sino fortalecerla mediante la creación de una “Policía Nacional Militarizada” (Proceso, 20 de mayo de 2012).
Peña Nieto es bien conocido como un tecnócrata neoliberal y un represor brutal, el ejecutor principal de la sangrienta represión contra los campesinos de Atenco en 2006. Por su parte, López Obrador pugna por fortalecer “el trabajo de inteligencia y la profesionalización de la investigación”, es decir, reforzar a la policía secreta y los servicios de espionaje. En calidad de jefe de gobierno del DF, fue AMLO el primero en desatar la represión estatal contra los campesinos de Atenco, al dar rienda suelta a los granaderos contra una manifestación de los atenquenses en noviembre de 2001. Entre las principales comparsas de campaña de AMLO se encuentra nada menos que Manuel Bartlett, antiguo priísta —como AMLO mismo— y secretario de gobernación —es decir, policía en jefe al nivel federal— bajo Miguel de la Madrid en los años 80, y artífice del fraude electoral que dio la presidencia a Carlos Salinas de Gortari en 1988. Ahora, AMLO propone para secretario de educación a Juan Ramón de la Fuente, quien solicitó la movilización masiva de la PFP en febrero de 2000 para romper la combativa huelga estudiantil de la UNAM y encarcelar a cientos de estudiantes.
Para ser justos, en lo que concierne a medidas de austeridad y represión, los demás candidatos se han visto superados por el grotesco y peligroso Gabriel Quadri del PANAL, títere de “La Maestra” Elba Esther. Consciente de que no tiene nada que perder, Quadri dice sin tapujos que está simplemente por privatizarlo todo —desde Pemex y la CFE hasta el metro— y multiplicar las fuerzas policiacas por diez. Quadri se queja de que Fox y Calderón supuestamente desmantelaron el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) al reorganizarlo y fingir hacerlo “transparente”. El bonapartista rabioso Quadri quisiera reforzar aún más estos cuerpos de “inteligencia” del estado, es decir, los que se encargan del espionaje contra la ciudadanía y deciden quiénes deben ser “desaparecidos”.
De 2006 a 2012
En el año electoral de 2006, la burguesía mexicana enfrentó una verdadera crisis política: el descontento social encontró cauce en luchas de clase y sociales masivas y combativas. Ya en 2005 más de 1.2 millones de personas se habían manifestado contra el intento por parte del PAN de descalificar a su principal oponente, López Obrador, a través del desafuero. El éxito de Fox en esta empresa habría significado un golpe contra el sufragio efectivo, la finísima capa de democracia que cubre a un México volátil y el derecho de la clase obrera a organizarse. A fin de cuentas, Fox y cía. recularon y recurrieron al medio más tradicional del fraude para meter a su hombre a Los Pinos.
Poco después de la combativa huelga de obreros siderúrgicos de Sicartsa en Michoacán —durante la cual los mineros-metalúrgicos resistieron exitosamente a las fuerzas del gobierno federal panista y el estatal perredista al costo de dos obreros muertos—, luego que los campesinos de Atenco eran abatidos a sangre y fuego, y mientras todavía estaba ocupado el centro de Oaxaca por maestros en huelga, el fraude electoral de julio de 2006 tocó un nervio. Más de dos millones de personas se manifestaron contra el fraude el 30 de julio. Luego AMLO armó un plantón en Reforma, que interfería con el tránsito en una sección importante de la ciudad. La ocupación de Oaxaca continuó hasta que fue aplastada por las fuerzas del estado en noviembre. En diciembre, Calderón hizo de su toma de protesta un apresurado evento (de cinco minutos) totalmente militarizado a causa de la enorme protesta que rodeaba San Lázaro. En enero de 2007, un alza de 40 por ciento en el precio de la tortilla, que pasó a ser conocida como el Tortillazo, hizo que la gente —encabezada por poderosos sindicatos obreros— saliera de nuevo en masa a las calles.
López Obrador desempeñó el papel más importante en la desactivación de esa situación potencialmente explosiva; valiéndose de su amplio apoyo entre las masas, se aseguró tempranamente de que las movilizaciones quedaran circunscritas en el marco de la política electoral burguesa. AMLO presenta los plantones como una postura racional para controlar a sus seguidores:
“Lo del plantón de Reforma y el Zócalo se hizo para evitar la violencia. Nos costó mucho, fuimos cuestionados mucho por eso, pero hay que decirles que si no hubiésemos tomado esa decisión hubiera habido muertos... Ayudamos para que podamos salvar a México” (Proceso, 19 de diciembre de 2011).
Aunque sus oponentes burgueses no se le muestren muy agradecidos, en esa ocasión el PRD desempeñó su papel histórico al disipar la furia de las masas, logrando regresar al México capitalista a una situación de relativa estabilidad.
Ahora, ya terminando el sexenio de Calderón, las luchas obreras han sido mucho más escasas y aisladas. El Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), históricamente uno de los sindicatos más combativos de México, ya no existe como un sindicato con fuerza social derivada de su conexión con los medios de producción y la industria, sino sólo como una organización de ex obreros que luchan por regresar a sus viejos trabajos. Están en esta posición de debilidad, tras la liquidación de Luz y Fuerza del Centro, porque fueron dejados morir solos por los demás sindicatos que podrían haber mostrado su poderío a través de acción huelguística en defensa del SME. Las burocracias sindicales procapitalistas, incluida la del propio SME, se limitaron en vano a ejercer presión sobre el gobierno mediante marchas y canalizaron el descontento hacia las ilusiones parlamentaristas, lo cual condujo a una derrota histórica para la clase obrera de México.
En la víspera de las elecciones presidenciales de 2006, AMLO —montado en la lucha social combativa— presentaba una cara un poco más de izquierda, y su lema de campaña era “Por el bien de todos, primero los pobres” (que de por sí recordaba a la teología de la liberación que los curas jesuitas impulsaban para arrear de vuelta a las ovejas que se apartaban del camino del señor y contemplaban peligrosas ideas radicales). Ahora, AMLO recurre a la cursilería risible de la “república amorosa”. No es que haya cambiado su naturaleza o siquiera su política en alguna forma fundamental (era un político burgués y lo sigue siendo), sino que considera que le conviene tener una imagen más “respetable”. Ahora trata ostentosamente de extender su mano hacia los hombres de negocios, no sea que alguien piense que es algún tipo de radical.
2012: Reacción clerical a la alza
El PAN —partido histórico de la reacción clerical— hace todo lo posible por impulsar sus prioridades religiosas oscurantistas. Hugo Valdemar, vocero de la Arquidiócesis de México, expresó esencialmente la posición del PAN al despotricar contra los derechos democráticos elementales del matrimonio gay y el aborto, reclamando que los perredistas “han creado leyes destructivas de la familia, que hacen un daño peor que el narcotráfico. Marcelo Ebrard y su partido el PRD, se han empeñado en destruirnos” (El Universal, 17 de agosto de 2010). En esta cruzada, el PAN no podía contar con mejor aliado que el mismísimo papa, quien fungió como orador principal en lo que fue, de hecho, el mitin de lanzamiento de la campaña panista en Guanajuato en marzo pasado.
Como parte de esta ofensiva clerical, la visita del papa a la cuna de la rebelión cristera sirvió también de contexto para el lanzamiento de la película Cristiada, protagonizada nada menos que por el gusano Andy García. Casi cada iglesia católica ostenta aún un cartel promoviendo esta bazofia en celuloide que celebra a los fundamentalistas católicos que se rebelaron, a las órdenes de la iglesia, contra las políticas jacobinas burguesas del gobierno de Plutarco Elías Calles en los años 20. Entre otras piadosas aficiones, los cristeros —declarados oficialmente santos por el Vaticano— gustaban de cortar orejas, especialmente de las maestras rurales que se identificaban con la ideología del gobierno federal.
La iglesia católica y el gobierno panista han estado trabajando juntos para ir minando la separación histórica entre la iglesia y el estado —ganada mediante la guerra civil de Reforma juarista— y para aumentar el papel de la iglesia en la vida pública. Las disputas coincidieron con la visita del papa, y en marzo se aprobó una enmienda al artículo 24 de la constitución que elimina algunas de las restricciones sobre las actividades de las instituciones religiosas (la enmienda ahora va a los estados para ratificación). Mientras la derecha clerical dice no querer cambiar el artículo 3° constitucional que establece que la “educación [impartida por el estado] será laica”, el senador del PAN Santiago Creel Miranda lo dejó muy claro: “la reforma [del artículo 24] es para que los padres de familia tengamos el derecho de determinar si nuestros hijos van a tener o no educación de carácter religiosa”.
Como escribimos en 2005 en respuesta al cambio de nombre de la avenida Benito Juárez García a Juan Pablo II, entonces recién fallecido:
“Juárez estableció la separación entre la iglesia y el estado y la educación laica y forzó la venta de los latifundios de la iglesia. El papa Pío IX declaró ‘nulas y sin valor’ las leyes juaristas y excomulgó al propio Juárez. Nosotros, como comunistas y ateos combativos, somos acérrimos defensores de este legado de Juárez y decimos: ¡Ni una lágrima, ni una calle para el papa de la contrarrevolución!”
—“¡Viva Juárez! ¡Abajo Wojtyla! ¡Por la separación de la iglesia y el estado!”, Espartaco No. 24, verano de 2005
Ninguno de los candidatos, ni sus partidos, es capaz de ofrecer una verdadera oposición al involucramiento de la iglesia en la vida política del país. Vázquez Mota, López Obrador y Peña Nieto asistieron a la misa que ofició el papa Ratzinger el 25 de marzo —por cierto, al pie del Cerro del Cubilete, el principal santuario cristero—, y luego los cuatro candidatos se reunieron individualmente con el pleno de los obispos mexicanos para definir sus posturas acerca de varias cuestiones sociales —y obtener su bendición—. Aunque AMLO procura no oponerse abiertamente a las leyes promulgadas por su partido en el DF que permiten el matrimonio gay y el aborto (el último sólo durante los primeros tres meses de embarazo), y que gozan de gran popularidad entre un sector importante de la población local, durante su audiencia en el episcopado, AMLO prometió a los obispos que, como presidente, sometería las leyes en torno al aborto y el matrimonio gay a plebiscito.
Como marxistas revolucionarios, defendemos las reformas sobre el aborto y el matrimonio (y divorcio) gay como derechos democráticos elementales. Al mismo tiempo, nos oponemos a las restricciones al aborto y a las penas de hasta seis meses de prisión a las mujeres que reciban un aborto después de los tres meses de embarazo, y de hasta tres años a quienes lo practiquen. ¡Plenos derechos democráticos para los homosexuales! ¡Aborto libre y gratuito en todo México! ¡Abajo el límite de doce semanas! ¡Abajo todas las penas!
Populistas y neoliberales
El burdo conservadurismo clerical y las políticas represivas y en general derechistas del PAN permiten al PRD —y hoy, en cierta medida, incluso al odiado PRI con Peña Nieto al frente— presentarse como una alternativa más amigable a las masas y como un vehículo para obtener ansiadas conquistas democráticas. La popularidad de AMLO deriva principalmente de su retórica antineoliberal, dirigida contra el fantasma de Salinas de Gortari, al tiempo que trata de mantener su asociación con Carlos Slim, el hombre más rico del mundo y el principal beneficiario de las privatizaciones salinistas, quien hoy propone aumentar la edad de jubilación (La Jornada, 18 de mayo). AMLO se declara contra la privatización del sector energético y en el DF llevó a cabo medidas como subsidios a los ancianos y las madres solteras.
Es necesario que la clase obrera rompa con AMLO, el PRD burgués y las diversas organizaciones asociadas con él. AMLO es la versión mexicana del populismo nacionalista que ha caracterizado a varios regímenes latinoamericanos en épocas recientes (prominentemente Hugo Chávez en Venezuela). Debido a la debilidad intrínseca de las burguesías de los países de desarrollo capitalista atrasado, en la medida en que la clase dominante nacional (o un sector de ella) intenta ofrecer alguna medida de resistencia al imperialismo, se tiene que apoyar en el proletariado, es decir, utilizarlo. Históricamente —como en los casos de Lázaro Cárdenas en México, Perón en Argentina o Nasser en Egipto—, las burguesías tercermundistas han recurrido al populismo nacionalista para ganar el apoyo de la poderosa clase obrera y colocarse en una mejor posición para renegociar los términos de su propia subordinación a los imperialistas. En este sentido, es revelador el hecho de que el PRD ni siquiera esté por echar abajo el TLCAN, principal vehículo actual de la subordinación económica de México a EE.UU. y también una de las principales causas de la devastación económica, especialmente en el campo. El PRD está simplemente por “renegociar” este tratado de rapiña imperialista.
El populismo nacionalista y el neoliberalismo son simplemente políticas alternativas del régimen capitalista, a menudo seguidas por el mismo individuo según lo dicten las exigencias del momento. Un ejemplo de esto lo da la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner, quien en los años 90 apoyó la privatización de la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). En 2010, Argentina tuvo que importar petróleo por primera vez desde la privatización, y parece que la burguesía decidió usar otra táctica para asegurar su riqueza proveniente de la explotación de la clase obrera. Así, en mayo el gobierno de Fernández expropió (sólo) 51 por ciento de la petrolera YPF, enfureciendo a España y a la petrolera Repsol, que había comprado YPF. Defendemos esta expropiación como una medida de autodefensa llevada a cabo por un país dependiente, aunque, al contrario de las afirmaciones de toda una gama de nacionalistas e “izquierdistas”, no plantea un reto contra la propiedad privada capitalista y no tiene nada que ver con el socialismo —ni siquiera es particularmente izquierdista para estándares burgueses—.
He aquí el dilema de México, el cual señalamos al escribir en contra de la privatización de Pemex:
“Independientemente de lo que hagan con Pemex, de quién gobierne y bajo qué programa, el México capitalista seguirá siendo un productor de petróleo atrasado y subyugado por el imperialismo, sujeto a las crisis del mercado y las fluctuaciones enloquecidas de los precios del crudo. No se puede romper el yugo imperialista ni satisfacer las necesidades de la población bajo el capitalismo, menos cuando se basa principalmente en una industria extractiva en un país semicolonial”.
—“¡Abajo la reforma privatizadora de Pemex!”, Espartaco No. 30, invierno de 2008-2009
La solución estriba en desechar el marco de escoger “el mal menor” bajo el capitalismo y luchar por una revolución socialista. Nos guiamos por el entendimiento que estuvo detrás de la Revolución Rusa de 1917:
“La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha validado totalmente la teoría trotskista de la revolución permanente que declara que en la época imperialista la revolución democrático-burguesa sólo puede ser completada por la dictadura del proletariado, apoyada por el campesinado. Los países coloniales y semicoloniales sólo pueden obtener su genuina emancipación nacional bajo la dirección del proletariado revolucionario. Para abrir el camino al socialismo, se requiere la extensión de la revolución a los países capitalistas avanzados”.
—“Declaración de principios y algunos elementos de programa” de la LCI, Spartacist (Edición en español) No. 29, agosto de 1998
“Izquierdistas” a la cola de AMLO y el PRD
Un argumento de los falsos marxistas que votan por AMLO es que hay que luchar contra el neoliberalismo. Esto tiene variantes, pero a fin de cuentas lo que significa es apoyar al ala supuestamente progresista de la burguesía como el mal menor. Según los que piensan así, esto es un paso en dirección de una revolución obrera, pero en realidad es un gran paso atrás. Una alianza de colaboración de clases es una derrota ideológica para el proletariado. El propósito histórico de formaciones burguesas de “izquierda” es apaciguar a la clase obrera y los oprimidos con migajas para que la explotación pueda continuar. Es suavizar los bordes ásperos del capitalismo para que parezca mejor a la vista de los explotados y que éstos no se levanten en su contra. Es la zanahoria en vez del garrote, aunque en una sociedad poco estable como México, hay bastante garrote también.
Varios grupos que se hacen llamar “trotskistas”, incluyendo al Partido Revolucionario de los Trabajadores y ambos bandos de la escisión de los seguidores del difunto laborista Ted Grant (Tendencia Marxista Militante e Izquierda Socialista), llaman a votar por López Obrador. El PRT, trata de dar a esta colaboración de clases una absurda cubierta “obrera” a través de la Organización Política del Pueblo y los Trabajadores (OPT), que no es más que un nuevo vehículo de campaña de AMLO (también está el Morena), para cuando quiere fingir que es algo diferente, más a la izquierda que el PRD. Los grantistas de la TMM y de la IS, que han estado dentro del PRD por 22 años, justifican su colaboración de clases diciendo que es trabajo entre las masas. Trabajo tal vez, pero ciertamente no revolucionario, ya que fortalecen las ilusiones de que con presión AMLO y/o el PRD pueden representar los intereses de los obreros y oprimidos.
Aunque nos pueda causar beneplácito el bochorno que ha tenido que enfrentar Peña Nieto ante las manifestaciones en su contra en el DF y los abucheos multitudinarios que recibió en la Ibero en mayo, no ayuda a los obreros y oprimidos oponerse al PRI para apoyar al PRD. En estas elecciones no hay opción para los obreros. Gane quien gane —Peña Nieto, López Obrador o Vázquez Mota—, la clase obrera enfrentará un fortalecimiento de la ofensiva capitalista contra sus conquistas y sus intereses. Los obreros estarán mejor preparados para las futuras batallas si no se dejan engañar por el PRD, si se niegan a votar por ese partido burgués (y sus satélites). Sobre todo, la clase obrera necesita una nueva dirección, una dirección revolucionaria. Luchamos para forjar el partido leninista que algún día dirigirá a los obreros en el derrocamiento victorioso del capitalismo. ¡Reforjar la IV Internacional, partido mundial de la revolución socialista! ¡Por la revolución socialista en toda América!
Luchando por el comunismo en el periodo postsoviético
La realidad es que la revolución proletaria y su extensión internacional son el único medio para dar solución a los problemas candentes de la clase obrera y los oprimidos. La revolución socialista internacional abriría el camino para el desarrollo de las fuerzas productivas para la satisfacción de las necesidades de la población —no ya para el grotesco enriquecimiento de unos cuantos—. Sentaría las bases para el advenimiento de una nueva sociedad sin clases, en la cual la explotación y la opresión serían cosa del pasado. En tal sociedad, se habrá vencido la escasez económica, lo cual llevará a la eliminación del trabajo asalariado (“de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”). El trabajo enajenado habrá sido remplazado por el trabajo creativo, científico y cultural. El estado se habrá extinguido, de manera que el gobierno sobre los hombres será sustituido por la administración de las cosas. Y la familia habrá sido remplazada por instituciones colectivas para el trabajo doméstico y la crianza de los niños.
Hoy día, esta perspectiva comunista es ampliamente descartada como una mera utopía, en el mejor de los casos. Para entender mejor esta época, tenemos que ubicarla en el contexto de la contrarrevolución capitalista en la URSS, una derrota histórica para la clase obrera y los oprimidos. Ésta ha cambiado la relación de fuerzas a favor del imperialismo y también ha resultado en un retroceso en la conciencia. La adopción de la idea de la “muerte del comunismo” impulsada por los imperialistas significa no creer que sea posible una civilización comunista mundial en el sentido marxista.
Como señaló un camarada durante discusiones acerca de las condiciones ideológicas de nuestra época, nuestros oponentes en la izquierda no comparten nuestra perspectiva y objetivos históricos:
“La gran mayoría de quienes se consideran izquierdistas mayores a, digamos, 40 o 50 años consideran que es utópico pensar que pueda existir en el futuro una sociedad como la que se describe arriba. La abrumadora mayoría de los izquierdistas más jóvenes, representados, por ejemplo, en el medio de los ‘foros sociales’ [hoy los movimientos ‘ocupa’], en efecto ignoran el concepto marxista de una civilización comunista global y les resulta indiferente. Sus preocupaciones son defensivas y minimalistas —el apoyo a los derechos democráticos de los pueblos oprimidos (por ejemplo, los palestinos), el detener el desmantelamiento del ‘estado benefactor’ en Europa Occidental, el evitar que se degrade aún más el medio ambiente (calentamiento global)—”.
—“Critical Notes on the ‘Death of Communism’ and the Ideological Conditions of the Post-Soviet World”, [Notas críticas acerca de la “muerte del comunismo” y las condiciones ideológicas del mundo postsoviético] Workers Vanguard No. 949, 1° de enero de 2010
Es necesario pues nadar contra la corriente, interviniendo en las luchas de clases y sociales con un programa marxista revolucionario —es decir, trotskista—, para ganar a la vanguardia del proletariado y a una nueva capa de la juventud a la lucha por la revolución obrera. ¡Por nuevas revoluciones de Octubre alrededor del mundo! ¡Por un futuro comunista, la única solución a la miseria de este mundo!
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/35/elections.html
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2016.06.03 03:21 ShaunaDorothy Karl Marx tenía razón - Crisis económica capitalista: Los patrones obligan a los obreros a pagar (2 - 2) (Primavera de 2009)

https://archive.is/vQFPC
El fin de la hegemonía económica de EE.UU. posterior a la Segunda Guerra Mundial
Teniendo esto en mente, veamos esquemáticamente la historia de la economía capitalista estadounidense de la posguerra. Durante las dos primeras décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dominó el mercado mundial de productos industriales. Constantemente obtenía grandes superávits en su balanza comercial con casi todos los demás países capitalistas. Sin embargo, hacia la mitad de los años sesenta, Alemania Occidental y Japón habían reconstruido y modernizado sus economías al punto de poder en realidad competir con Estados Unidos en los mercados mundiales y también en el mercado interno estadounidense. Así que el flujo de sus magnitudes comerciales fue revertido. Estados Unidos empezó a incurrir en grandes déficits en su balanza comercial.
En pocos años, este giro destruyó el sistema monetario internacional de posguerra que se había establecido en la conferencia de Bretton Woods, New Hampshire, en 1944. Se llamaba el patrón de cambio oro-dólar. Las divisas de los países capitalistas más importantes quedaron fijas frente a las demás por largos periodos y ancladas por el dólar. Washington prometió —y quiero enfatizar la palabra “prometió”— que los otros gobiernos podrían intercambiar libremente por oro todos los dólares que tuvieran a una tasa de 35 dólares la onza.
Para principios de los años setenta, eso ya no era objetivamente posible. El volumen de dólares que poseían los bancos centrales extranjeros superaba por mucho la reserva de oro de Estados Unidos a 35 dólares la onza. El gobierno fran- cés de Charles de Gaulle, que resentía el dominio internacional de Estados Unidos y aspiraba a restaurar la “grandeza” de Francia, empezó a cambiar por oro sus reservas de dólares. Así, en agosto de 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon cerró la “ventana del oro”, lo que terminó con la convertibilidad del dólar a mercadería universal de valor intrínseco (de trabajo). Tras unas cuantas conferencias internacionales inútiles, lo que surgió fue un no-sistema de tasas de cambio fluctuantes. Desde entonces, las tasas de cambio de divisas han estado determinadas por las condiciones del mercado, modificadas por intervenciones gubernamentales de vez en cuando. La razón por la que estoy explicando esto es que el régimen de tasas de cambio fluctuantes tuvo dos consecuencias a largo plazo, que subyacen a la actual crisis financiera.
Una: creó un gran y nuevo elemento de incertidumbre, es decir, el riesgo de pérdidas, en todas las transacciones financieras internacionales, especialmente las de largo plazo. Así pues, las tasas de cambio de divisas se convirtieron en una importante esfera de especulación financiera. Gran parte del libro de Das sobre el comercio de derivados habla de protegerse contra los cambios en las tasas de cambio de divisas y de especular con ellos.
Dos: al cortar los lazos entre el dólar y el oro, el capitalismo estadounidense, tanto al nivel corporativo como al nivel gubernamental, logró aumentar masivamente su deuda externa, sin otro límite superior que la voluntad de los gobiernos e inversionistas extranjeros de comprar activos denominados en dólares. Ahora el dólar vale alrededor de 20 centavos en términos del dólar de 1971. En el Financial Times de Londres (24 de noviembre de 2008), Richard Duncan subrayó este aspecto de la actual crisis mundial:
“Cuando Richard Nixon destruyó el Sistema Monetario Mundial de Bretton Woods en 1971 cerrando la ‘ventana del oro’ en el Tesoro, cortó el último vínculo entre los dólares y el oro. Lo que siguió fue una proliferación en espiral de instrumentos de crédito cada vez más espurios denominados en una divisa depreciada. El ejemplo más flagrante y letal de esta locura ha sido el crecimiento del mercado de derivados no regulado, que se ha inflado hasta alcanzar los 600 billones de dólares, lo que equivale a casi 100 mil dólares por cada habitante de la Tierra.”
Aumentar la tasa de explotación
En 1974-75 hubo un declive económico mundial muy pronunciado e importante. Aunque no duró mucho, tuvo consecuencias importantes, sobre todo en Estados Unidos. Al salir del declive económico, la clase capitalista estadounidense hizo un esfuerzo concentrado para aumentar la tasa de explotación del proletariado, es decir, la proporción de plusvalía con respecto a salarios. Los capitalistas exigieron de la burocracia sindical contratos entreguistas y la imposición de salarios más bajos para nuevas contrataciones, y lo obtuvieron. Trasladaron la producción del noreste y el medio oeste sindicalizados al sur y suroeste que no están sindicalizados, así como a países donde los salarios son bajos en Latinoamérica y Asia.
Esta ofensiva antiobrera, que comenzó bajo el presidente demócrata de derecha Jimmy Carter, aumentó bajo el aun más derechista presidente republicano Ronald Reagan. El aplastamiento de la huelga de controladores aéreos de PATCO en 1981, y la subsiguiente reacción rompesindicatos durante huelgas como la de Greyhound, marcaron el inicio de esta ofensiva. En ese entonces, nosotros abordamos la necesidad de que el movimiento obrero combatiera la ofensiva capitalista, especialmente en el artículo “Para ganar, darle duro a la patronal” (Spartacist [Edición en español] No. 15, julio de 1984). Lo que decíamos en “Darle duro”, que los obreros no pueden jugar con las reglas de los patrones, conserva toda su validez para el movimiento obrero estadounidense de hoy.
Aquí quiero enfatizar un aspecto de la ofensiva antiobrera de principios y mediados de los años ochenta que no era obvio entonces. El ascenso del monetarismo y la “desregulación” financiera como doctrina y como política en los Estados Unidos de Reagan y también en la Gran Bretaña de Thatcher estuvo en parte basado en el debilitamiento del movimiento obrero y fue condicionado por éste. En la Gran Bretaña, el giro decisivo a la derecha en la relación de fuerzas de clase fue la derrota de la huelga minera de 1984-85. La reciente nota de la camarada McDonald sobre el impacto de la crisis económica en Gran Bretaña señalaba que en 1986 el gobierno de Thatcher “desreguló” la City de Londres. No fue accidental, como se dice, el que la especulación con capital financiero se desatara justo después de la derrota de la huelga minera.
En Estados Unidos durante los años ochenta, que los liberales llaman frecuentemente “la década de la codicia”, hubo una redistribución masiva del ingreso hacia arriba, combinada con un aumento masivo en la deuda externa de Estados Unidos. El gobierno de Reagan recortó los impuestos para los ricos mientras aumentaba enormemente el gasto militar en la creciente Segunda Guerra Fría contra la Unión Soviética. Para financiar los grandes déficits gubernamentales que resultaron, una gran porción de los bonos del Tesoro recién emitidos se vendió en el extranjero, especialmente a los japoneses. En el lapso de dos o tres años, Estados Unidos pasó de ser la nación más acreedora del mundo a ser la más endeudada.
La redistribución del ingreso hacia arriba y el creciente endeudamiento exterior de Estados Unidos estuvieron orgánicamente vinculados a la desindustrialización del país. Grandes extensiones del medio oeste llegaron a conocerse como el “cinturón del óxido”. A mediados de los años sesenta, la manufactura constituía el 27 por ciento del producto interno bruto estadounidense y empleaba al 24 por ciento de la mano de obra. Para principios de la década de 2000, el peso de la manufactura se había reducido al catorce por ciento de la producción total y empleaba sólo al once por ciento de la mano de obra total.
Básicamente, los salarios reales por hora para obreros de base llegaron a su punto más alto a principios de los años setenta. Durante la mayor parte de las últimas tres décadas y media, la compensación real por unidad de trabajo ha estado por debajo de ese nivel. Sólo ocasional y brevemente, por ejemplo en la fase final del auge económico de los años noventa, los pagos netos reales por hora se han acercado o han superado a los de principios de los setenta. En la medida en que las familias obreras han aumentado sus ingresos en las últimas décadas, ha sido debido a que ambos cónyuges tienen trabajos de tiempo completo, trabajan muchas horas extras o hasta en dos empleos, si es que hay tales empleos disponibles.
Sin embargo, para el principio de la década de 2000, estos medios generalizados de aumentar el ingreso familiar prácticamente se habían agotado. Al mismo tiempo, los trabajadores han enfrentado un agudo aumento en ciertos gastos básicos: la vivienda (tanto comprada como rentada), los servicios médicos y las colegiaturas universitarias para sus hijos. Así que han tenido que endeudarse más. En la víspera de la actual crisis, a principios de 2007, el promedio de endeudamiento familiar era 30 por ciento mayor que el ingreso anual disponible. Esto fue posible principalmente porque las familias adquirieron préstamos respaldados por sus viviendas “aprovechándose”, por decirlo así, de la entonces creciente burbuja en los precios de la vivienda.
El auge de los punto com y la burbuja inmobiliaria
Para entender la burbuja en los precios de la vivienda que hubo a principios y mediados de la década de 2000, hay que retroceder un poco para mirar el llamado auge de los punto com de mediados y finales de los años noventa. Éste fue un clásico ciclo de auge y caída como los que describió Marx en El capital. Una ráfaga de inversiones, principalmente en nueva tecnología —en este caso, la informática, los servicios de Internet y las telecomunicaciones—, aumenta lo que Marx llamó la composición orgánica del capital. Esto es el valor de los medios de producción (el tiempo de trabajo encarnado en ellos) necesario para emplear trabajo vivo. En la economía burguesa, se llama capital por trabajador. Un aumento en la composición orgánica del capital hace bajar la tasa de ganancia. Incluso si la productividad aumenta y los salarios no, el aumento de la ganancia por trabajador no compensa el incremento de capital por trabajador.
Esta dinámica pudo observarse claramente en el auge en los noventa del sector de telecomunicaciones, uno de los pilares de la “nueva economía” o “revolución TI (tecnología de la información)”. La recuperación de capital de las empresas de telecomunicaciones cayó continuamente del 12.5 por ciento en 1996 al 8.5 por ciento en 2000. En ese entonces, un analista de Wall Street, Blake Bath, describió a su modo la ley de la disminución de la tasa de ganancia aplicada a las telecomunicaciones. “Parece que el sector está muy sobrecapitalizado”, juzgó. “El gasto ha aumentado a niveles absurdamente rápidos con respecto a los ingresos y ganancias que ese gasto produce” (Business Week, 25 de septiembre de 2000). O, como lo puso Marx en el volumen III de El capital: “El verdadero límite de la producción capitalista lo es el propio capital [énfasis en el original].”
En 2000-01, el auge de los punto com se convirtió en caída, dando paso a una recesión. Buscando suavizar el impacto del declive económico, Alan Greenspan, director de la Reserva Federal (el banco central estadounidense), inundó con dinero los mercados financieros. Para 2003, la Fed recortó la tasa de interés sobre los préstamos a corto plazo de sus bancos miembros del 6.5 al uno por ciento, lo que en ese momento fue el interés más bajo en medio siglo. Durante la mayor parte de este periodo, la llamada tasa de fondos federales estuvo por debajo de la tasa de inflación. En los hechos, el gobierno estaba regalando dinero a los financieros de Wall Street. A finales de 2004, el Economist de Londres advirtió que “la política de dinero fácil” de Estados Unidos “ha desbordado sus fronteras” y “ha inundado los precios de las acciones y las casas en todo el mundo, inflando una serie de burbujas de precios sobre activos.”
En el centro de la actual crisis hay un tipo de instrumento financiero conocido como derivado. Los tradicionales títulos financieros primarios —bonos y acciones corporativos— representan en el sentido legal y formal la propiedad sobre bienes, es decir, bienes y servicios que encarnan valor de uso así como valor de cambio como productos del trabajo. Los derivados se basan en los títulos primarios o están conectados a ellos de alguna forma. Un tipo importante y típico son las coberturas por riesgos crediticios. Formalmente, y quiero enfatizar la palabra formalmente, es una especie de póliza de seguro contra la insolvencia de los bonos corporativos. Sin embargo, uno puede comprar un canje financiero contra el impago del crédito sin tener los bonos corporativos. En ese caso es una forma de especular con que la corporación se vuelva insolvente. Imaginen que 20 personas están aseguradas contra el incendio de un mismo edificio, 19 de las cuales no son dueñas del edificio. Bueno, bienvenidos al mundo de los derivados. Además, se puede especular con el cambio en el precio de una cobertura de riesgo crediticio mediante lo que se conoce como opciones put y call.
El punto básico es que se han acumulado derivados sobre derivados sobre otros derivados. Para cuantificar: en 2005, si se sumaba todo el valor nominal en el mercado de todos los derivados del mundo, el resultado era tres veces mayor que el de los títulos primarios en los que supuestamente se basan. Para entender la extrema gravedad de la actual crisis financiera, hay que reconocer la inmensa magnitud de lo que Marx llamó “capital ficticio” que se ha generado en las últimas décadas. A principios de los años ochenta, si se sumaba el valor nominal en el mercado de todos los bonos y acciones corporativos y también de los bonos gubernamentales por todo el mundo, el resultado se aproximaba a la producción anual de bienes y servicios, lo que los economistas burgueses llaman el producto interno bruto global. En 2005, el Fondo Monetario Internacional calculó que si se hacía esa misma operación, el valor de sólo los títulos primarios era casi cuatro veces mayor que el producto interno bruto global. Y si se añaden los derivados, la cantidad de riesgo en el sistema financiero se ha multiplicado muchas veces.
Charles R. Morris, un periodista financiero de mentalidad crítica, describió cómo se tramó este Everest de “riqueza” espuria de papel:
“¿Cómo pudo llegar tan alto el apalancamiento? En la clase de instrumentos de los que hemos estado hablando, hay relativamente pocos ‘nombres’ o empresas subyacentes, cuyas acciones son ampliamente intercambiadas, unos cuantos cientos cuando mucho. Y un número relativamente pequeño de instituciones, especialmente los bancos globales, los bancos de inversión y los fondos crediticios sin regulación, realizan la mayor parte de este intercambio. De hecho, han construido una inestable torre de naipes de deudas vendiéndoselas y comprándoselas entre ellos, registrando ganancias en cada operación. Ésta es la definición de un esquema piramidal. En la medida en que el régimen de dinero gratuito previno la insolvencia, la torre podía tambalearse, pero seguía en pie. Pero pequeñas alteraciones en cualquier parte de la estructura pueden derribar toda la torre, y los movimientos sísmicos que ya se sienten prometen alteraciones muy grandes.” [énfasis en el original]
—The Trillion Dollar Meltdown: Easy Money, High Rollers, and the Great Credit Crash [El desplome del billón de dólares: dinero fácil, apostadores fuertes y el gran crac crediticio] (2008)
Conforme colapsa la torre de deudas, presiona implacablemente a la baja los precios de todos los activos financieros que no sean títulos gubernamentales del Primer Mundo. Y pronto puede sucederle también a éstos.
Impacto en Europa Occidental y Japón
La crisis financiera ha exacerbado enormemente las tensiones y conflictos de interés interimperialistas en lo que cada vez se conoce más como la des-Unión Europea. Los diversos esquemas de rescate nacionales han intensificado la competencia financiera al interior de la UE. El capital monetario especulativo de corto plazo entra a aquellos países —como Irlanda, inicialmente— en los que la política gubernamental hace parecer más seguros a los bancos y otras instituciones financieras. Y luego vuelve a salir cuando otros gobiernos ofrecen otros paquetes de rescate aparentemente más generosos.
También hemos visto una ruptura creciente entre los dos países centrales de la UE y la zona del euro: Alemania y Francia. El vanagloriado presidente francés, Nicolas Sarkozy, que por casualidad también ocupó la “presidencia” rotativa de la UE durante la segunda mitad de 2008, se presenta a sí mismo como el salvador del capitalismo mundial. Ha impulsado varios ambiciosos esquemas regulatorios financieros y de “estímulo” económico tanto en la UE como internacionalmente. No hace falta decir que las poses de Sarkozy no le han ganado amigos entre los gobernantes de los estados imperialistas fuera de Francia.
En particular, la clase dominante alemana, representada por el gobierno de coalición de demócratas cristianos y socialdemócratas, ha rechazado groseramente los diversos esquemas del francés. Nada de geld alemán, declaman, va a gastarse para costear el libertinaje y las flaquezas económicas de sus “socios” europeos. Más en general, quienes mandan en Berlín han insistido que le corresponde a otros países —léase Estados Unidos— arreglar sus propias economías de un modo que ayude también a Alemania. En palabras del ministro de economía alemán Michael Glos: “Sólo podemos confiar en que las medidas que adopten los otros países…ayuden a nuestra economía de exportaciones” (Financial Times, 1º de diciembre de 2008). ¡Siga soñando, Herr Minister!
Japón, que desempeña un papel muy importante en la economía mundial, no ha recibido suficiente atención de la prensa financiera estadounidense. Japón es la segunda economía más grande del mundo. Y, de manera más importante, el mayor acreedor del mundo. Aunque China lo ha superado recientemente como el mayor propietario de títulos del gobierno estadounidense, Japón es un acreedor mucho mayor de las corporaciones privadas de todo el mundo.
En 1989-90, estalló una burbuja de bienes raíces y valores bursátiles en Japón, lo que dio paso a una década de estancamiento, que más tarde llegó a ser conocida como “la década perdida”. Las autoridades monetarias forzaron la baja en las tasas de interés a prácticamente cero para estimular la inversión. Lo que pasó fue que esta medida funcionó, pero no en la forma que las autoridades del gobierno pretendían. El enorme exceso de capacidad industrial y de “préstamos bancarios morosos” desalentaron las inversiones adicionales en el mismo Japón. Así que los financieros japoneses y los inversionistas de todo el mundo pidieron préstamos baratos en Japón para luego invertir en otros países donde por algún motivo u otro la tasa de rendimiento era mayor. En la prensa financiera esto se conoció como el “carry trade de yenes”.
Ahora, esta práctica ha sido obligada duramente a invertir su marcha. Es decir, los inversionistas están vendiendo sus activos en todo el mundo, a precios cada vez más bajos, para pagar las deudas que contrajeron con los bancos y otras instituciones de Japón. Pero esto se ha convertido en un proceso contraproducente, pues, conforme este dinero entra a Japón, hace que el valor del yen aumente respecto a las divisas de casi todos los demás países en los que los deudores habían invertido. Así que eso aumenta el peso de su enorme deuda y de los futuros pagos. Imaginen que están vaciando una gran tina de agua, y que por cada cubeta que sacan, una cubeta y media entra por un conducto subterráneo. Bueno, ésa es la situación que enfrentan los inversionistas extranjeros y japoneses que por más de una década aprovecharon el “carry trade de yenes”.
Al mismo tiempo, el aumento en el precio del yen está haciendo que aumente el valor de los bienes japoneses en los mercados mundiales en un momento en el que la demanda global disminuye rápidamente. El núcleo del capitalismo industrial japonés está recibiendo un fuerte golpe. Por primera vez en siete décadas, Toyota espera tener pérdidas este año fiscal en sus negocios de autos y camiones. Sony ha anunciado que despedirá a cinco por ciento de la fuerza de trabajo de su división de electrónica y que cerrará hasta seis fábricas alrededor del mundo.
La crisis global sacude la economía “socialista de mercado” de China
Así que, ¿qué hay de China —que entendemos no es capitalista, sino un estado obrero burocráticamente deformado—? Durante la crisis financiera del Asia Oriental de 1997-98, China logró evitar el impacto de la crisis al expandir sustancialmente la inversión en construcción e infraestructura industriales. Y el régimen estalinista de Beijing está tratando de repetir esas medidas ahora. A principios de noviembre anunció un gran paquete de estímulo (equivalente a 585 mil millones de dólares) que se enfoca en expandir la infraestructura: vías férreas, carreteras, aeropuertos, puertos y cosas así. Posteriormente, sin embargo, ha resultado que la cantidad es mucho menor que la que se había indicado originalmente. Sólo una cuarta parte de los fondos vendrán del gobierno central; las otras tres cuartas partes deberán salir de organismos gubernamentales locales y bancos estatales. Pero los recursos financieros de estas instituciones son mucho más limitados. Stephen Green, un economista del Standard Chartered Bank de Shanghai, comentó al respecto: “Con la caída de las rentas públicas, es difícil imaginar cómo podrían los gobiernos, bancos y empresas locales compensar el resto de los Rmb 4 billones” (Financial Times, 15-16 de noviembre de 2008).
El camarada Markin y yo hemos estado discutiendo sobre el impacto que tendrá la crisis mundial en China. Y los dos coincidimos en que, esta vez, a diferencia de lo que ocurrió a finales de los noventa, la economía china no va a salir básicamente ilesa. Para empezar, éste no es un declive económico regional sino global. Y está centrado en Estados Unidos y Europa Occidental. Todo indica que va a ser muy grave y bastante prolongado. Una de sus consecuencias es que incrementa el proteccionismo antichino en Estados Unidos y Europa Occidental.
Vamos a ver, y ya estamos viendo, el lado malo y la inflexibilidad de lo que los estalinistas chinos llaman la economía “socialista de mercado”. En China hay decenas de miles de fábricas que emplean a decenas de millones de trabajadores y que pertenecen a empresarios nacionales, capitalistas chinos de ultramar de Hong Kong y Taiwán y corporaciones extranjeras que producen bienes específicamente destinados a los países capitalistas avanzados, bienes como juguetes, reproductores de CDs y sistemas de posicionamiento global para autos. Estas fábricas no pueden virar fácil y rápidamente su producción a, digamos, electrodomésticos para los obreros y campesinos chinos. Y eso sería así incluso si el Ejército de Liberación Popular volara helicópteros sobre los barrios obreros y las aldeas campesinas arrojando paquetes de dinero a los habitantes.
Además, el régimen de Beijing ha alentado su propia versión de la burbuja de precios de la vivienda y un auge en la construcción residencial. La numerosa y cada vez más pudiente pequeña burguesía urbana china —los yuppies chinos— pidieron préstamos para comprar, construir y expandir casas, no sólo para vivir en ellas, sino como inversión financiera. Esperaban que sus precios en el mercado continuaran subiendo en espiral. Bueno, pues la burbuja de la vivienda ya reventó. En un vecindario acomodado de Beijing, el precio de compra de departamentos nuevos cayó en un 40 por ciento entre febrero y octubre del año pasado. El Economist de Londres (25 de octubre de 2008) comentó: “El mercado de la vivienda produce desagradables sorpresas a las nuevas clases medias de China.” Desde luego, nosotros no estamos tan preocupados por las desventuras de los yuppies chinos. Sin embargo, nos preocupa mucho el efecto que el colapso de la burbuja de los precios de vivienda tenga en nuestra clase: el proletariado. Este colapso tuvo el efecto de deprimir la industria de la construcción residencial, mucha de cuya mano de obra consiste en obreros hombres emigrados del campo.
Lo que resulta de todo esto es que China, a diferencia de casi todos los países capitalistas, no va a entrar en una recesión; pero es probable que sí experimente un declive agudo en su tasa de crecimiento, que en el último par de décadas ha promediado cerca de un diez por ciento. Correspondientemente, habrá un gran aumento en el número de desempleados urbanos, tanto obreros que sean despedidos del sector privado como campesinos que lleguen a las ciudades en busca de empleos sin poder encontrarlos. Según las cifras oficiales, para el final de noviembre, 10 millones de trabajadores migratorios perdieron sus empleos en la China urbana. Y esta angustia económica va a producir un aumento en el descontento social. Ya ha habido protestas furiosas de los obreros fabriles despedidos en el delta del Río Perla, la principal región china de manufactura ligera para los mercados del Primer Mundo. Lo que no sabemos ni podemos saber es si el aumento del descontento obrero desestabilizará la situación política. Eso está más allá del alcance de nuestro conocimiento actual.
La resurrección del keynesianismo
¿Qué es más probable que ocurra? Todo indica que éste será un declive económico mundial excepcionalmente grave y prolongado, especialmente duro en Estados Unidos y Gran Bretaña. Al nivel ideológico y, en menor medida, al nivel de las políticas de gobierno, vamos a ver, y ya estamos viéndolo, un giro de derecha a izquierda en el espectro político burgués: políticas fiscales basadas en el aumento del gasto deficitario, nacionalización parcial de los bancos y otras instituciones financieras, intentos de expandir y apretar la regulación de las transacciones financieras y cosas así.
El camarada Robertson y otros han observado que el monetarismo como doctrina quedó completamente desacreditado y que el keynesianismo está otra vez de moda. He encontrado más referencias positivas a John Maynard Keynes en la prensa financiera de lengua inglesa en las últimas seis semanas que en los últimos diez años. La camarada Blythe señaló que hay un mito liberal muy enraizado en Estados Unidos de que fue el New Deal de Franklin Roosevelt, basado en las doctrinas de Keynes, lo que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión de los años treinta. No, lo que sacó a Estados Unidos de la Depresión fue la expansión de las “obras públicas” durante la Segunda Guerra Mundial, y por “obras públicas” quiero decir tanques, bombarderos, portaaviones y la bomba atómica.
Ya hemos escrito sobre el keynesianismo en el pasado, desgraciadamente, en un pasado demasiado distante en términos de la historia de nuestra tendencia. Les recomiendo en particular tres textos. A principios de los años sesenta, Shane Mage, uno de los fundadores de nuestra tendencia, escribió una tesis doctoral, “La ‘ley de la tendencia decreciente en la tasa de ganancia’: Su lugar en el sistema teórico marxista y relevancia para la economía estadounidense” (Universidad de Columbia, 1963). Por cierto, su asesor de tesis fue Alexander Ehrlich, el autor de The Soviet Industrialization Debate 1924-1928 [El debate sobre la industrialización soviética, 1924-1928]. La obra de Mage contiene una sección en la que explica la diferencia entre el entendimiento de Marx y el de Keynes sobre cuál es la causa básica de los declives económicos. En el declive económico mundial de 1974-75, yo escribí un artículo llamado “Marx vs. Keynes” (WV No. 64, 14 de marzo de 1975, reimpreso en WV No. 932, 13 de marzo de 2009), que era en parte teórico y en parte empírico. Y en 1997-98, WV publicó una serie bajo el encabezado general “Wall Street y la guerra contra la clase obrera”. La tercera parte, “El New Deal de los años treinta y el reformismo sindical” (WV No. 679, 28 de noviembre de 1997), contiene un análisis de Keynes a nivel teórico y un análisis empírico de Estados Unidos durante los años treinta, las medidas reales del New Deal y los acontecimientos económicos de la Segunda Guerra Mundial.
Quiero concluir con un par de puntos en los que la situación actual difiere de la de los años treinta. Como ya he indicado, la situación actual es muy diferente en tanto que la enorme cantidad de deudas contractuales nominales y legales que no pueden pagarse supera por mucho, por grandes múltiplos, los recursos financieros de los gobiernos capitalistas. En Gran Bretaña y en Italia ya están teniendo dificultades para financiar los crecientes déficits presupuestales que resultaron de los diversos esquemas de rescate. El Financial Times (1º de diciembre de 2008) cita a Roger Brown, un analista financiero del banco suizo UBS, que señaló:
“Los gobiernos ya están teniendo problemas, lo que no presagia nada bueno viniendo poco después de la recapitalización [de los bancos] y del anuncio de que se necesitan más fondos adicionales.
“Debemos preguntarnos si habrá suficientes inversionistas para comprar los bonos, o al menos si esto no impulsará los rendimientos muy arriba para atraerlos.”
Así que todos estos esquemas de rescate pueden compensar cuando mucho una pequeña fracción de las pérdidas.
Lo segundo es que Estados Unidos está entrando en este profundo declive con una enorme deuda preexistente, que en gran parte pertenece a gobiernos e inversionistas del este asiático. Y esto pone un límite superior bastante estrecho a los gastos deficitarios adicionales. En su primer pronunciamiento después de las elecciones, Barack Obama trató de disminuir, no de alentar, las expectativas de que Estados Unidos volverá pronto a la “prosperidad”: “Lo he dicho antes y lo repito ahora: no va a ser rápido ni va a ser fácil para nosotros salir del agujero en el que estamos.” Así habló el nuevo jefe del ejecutivo del país capitalista más poderoso del mundo.
Así que ¿cuál es la solución? Es, como sabemos, una simple y radical. La clase obrera debe adueñarse de los recursos productivos de la sociedad —las fábricas, los sistemas de transporte, los sistemas de generación de energía eléctrica— de los capitalistas y, mediante el establecimiento de una economía planificada, usar estos recursos en el interés de la clase obrera y de la sociedad en su conjunto. Pero, para hacer eso, hace falta un partido político que represente los intereses de la clase obrera contra los de la clase capitalista. En Estados Unidos, un partido como ése también defendería los derechos e intereses de las minorías oprimidas negra y latina, lucharía por los derechos de los inmigrantes y todos los demás sectores oprimidos de la sociedad. Para construir un partido así, los obreros deben romper, en particular, con el Partido Demócrata, es decir, el más liberal, o el que suena más liberal, de los partidos del capitalismo esta- dounidense. También es necesario deshacerse de la burocracia sindical procapitalista existente y remplazarla con una dirigencia que luche por los intereses de los obreros y, otra vez, de todos los oprimidos. Y sólo cuando eso haya ocurrido será posible llevar a cabo un principio básico, a saber, que quienes trabajan deben gobernar.■
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/31/crisis.html
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2016.06.02 12:32 ShaunaDorothy Trotskismo vs. castrismo - A 50 años de la Revolución Cubana: ¡Defender a Cuba! ( 1 - 2 ) (Invierno de 2008-2009)

https://archive.is/rhukp
Espartaco No. 30 Invierno de 2008-2009
Trotskismo vs. castrismo
A 50 años de la Revolución Cubana:
¡Defender a Cuba!
¡Por la revolución política obrera!
El siguiente artículo ha sido traducido de Workers Vanguard No. 915, publicado originalmente bajo el encabezado “¡Defender la Revolución Cubana!”
Desde el momento en que el gobierno de Fidel Castro expropió a la clase capitalista de Cuba en 1960, estableciendo un estado obrero burocráticamente deformado, la clase gobernante estadounidense ha trabajado sin descanso para echar abajo la Revolución Cubana y restituir la dictadura de la burguesía: desde la invasión a Playa Girón (Bahía de Cochinos) en 1961 hasta las repetidas intentonas de asesinar a Castro, desde el apoyo financiero a terroristas contrarrevolucionarios en Miami hasta el actual embargo económico. La destrucción del dominio de la clase capitalista en Cuba condujo a enormes avances para sus trabajadores. La economía planificada y centralizada garantizó trabajo, vivienda decente, comida y educación para todos. Los cubanos disfrutan hoy de una de las tasas más altas de alfabetismo en el mundo. La revolución benefició especialmente a las mujeres: se rompió la dominación de la iglesia católica, y el aborto es un servicio de salud gratuito. A pesar de los efectos devastadores del bloqueo estadounidense, el sistema de salud gratuito es aún, por mucho, el mejor de un país subdesarrollado. La mortalidad infantil es más baja que en algunas partes del “Primer Mundo”, y Cuba cuenta con más doctores y profesores per cápita que casi cualquier otro lugar del mundo.
Como trotskistas (es decir, genuinos marxistas), estamos por la defensa militar incondicional del estado obrero deformado cubano —y de la misma manera con los otros estados obreros deformados restantes: China, Corea del Norte y Vietnam— en contra del ataque imperialista y la contrarrevolución capitalista. Nos oponemos al embargo económico estadounidense, un descarado acto de guerra, y exigimos el retiro inmediato de las tropas estadounidenses de la Bahía de Guantánamo. Apoyamos plenamente el derecho de Cuba a comerciar y tener relaciones diplomáticas con estados capitalistas. Sin embargo, reconocemos que un ala de los imperialistas estadounidenses, representada por aquellos como el político demócrata Barack Obama, procura mitigar el embargo comercial y el aislamiento diplomático de Cuba como una manera más efectiva de derrocar al estado obrero deformado cubano. Ésta ha sido por mucho tiempo la política de los gobernantes de Europa Occidental y Canadá. Nuestra defensa de la Revolución Cubana está basada en nuestro internacionalismo proletario, que incluye de manera central la lucha por una revolución socialista en EE.UU. y en otros países capitalistas avanzados.
El régimen cubano encabezado por Fidel Castro y ahora administrado por su hermano Raúl es fundamentalmente nacionalista, impulsa el dogma estalinista de construir el “socialismo en un solo país” y, por lo tanto, niega la necesidad de la revolución proletaria a nivel internacional, no sólo en el resto de Latinoamérica sino particularmente en el mundo capitalista avanzado, incluyendo EE.UU. Como explicaremos más adelante, el régimen cubano se opuso repetidamente a la necesidad de derrocar las relaciones de propiedad capitalistas, por ejemplo en los casos de Chile y Nicaragua.
El régimen cubano es cualitativamente semejante al que surgió en la Unión Soviética después de que la burocracia estalinista usurpara el poder político en una contrarrevolución política que se inició en 1924 y se consolidó en los años siguientes. Después de la Revolución Cubana, la Revolutionary Tendency (Tendencia Revolucionaria, RT) dentro del Socialist Workers Party (Partido Obrero Socialista, SWP) de EE.UU., luchó por este entendimiento programático en contra de la mayoría del SWP que, sin crítica alguna, apoyó fuerzas de clase ajenas en la forma de guerrillas pequeñoburguesas dirigidas por Castro y el Ché Guevara. La RT y su sucesora, la Spartacist League, fueron únicas en sostener que Cuba se había convertido en un estado obrero burocráticamente deformado en el verano-otoño de 1960. Un mayor avance hacia el socialismo requeriría una revolución adicional, una revolución política proletaria para barrer con la burocracia de Castro, establecer órganos de democracia obrera e instalar un régimen revolucionario internacionalista. Como afirmaba un documento presentado por la RT a la Convención del SWP de 1963:
“La Revolución Cubana ha expuesto las amplias infiltraciones que el revisionismo ha hecho dentro de nuestro movimiento. Con el pretexto de defender la Revolución Cubana, en sí mismo una obligación para nuestro movimiento, se le ha dado un apoyo pleno, incondicional y sin críticas al gobierno y dirección de Castro, a pesar de su naturaleza pequeñoburguesa y su conducta burocrática. Sin embargo, el historial del régimen de oposición a los derechos democráticos de los obreros y los campesinos cubanos está claro: la destitución burocrática de los líderes del movimiento obrero elegidos democráticamente y su remplazo por lacayos estalinistas; la supresión de la prensa trotskista; la proclamación del sistema de partido único; y mucho más. Este historial es paralelo a los enormes logros iniciales, sociales y económicos, de la Revolución Cubana. Por lo tanto, los trotskistas somos al mismo tiempo los defensores más combativos e incondicionales de la Revolución Cubana, así como del estado obrero deformado que nació de ella, contra el imperialismo. Pero los trotskistas no pueden poner su confianza, ni dar su apoyo político, por muy crítico que sea, a un régimen gubernamental hostil a los más elementales principios y prácticas de la democracia obrera aunque nuestra orientación táctica no es la que sería hacia una casta burocrática endurecida.”
—“Hacia el renacimiento de la IV Internacional”, reimpreso en Spartacist No. 33 (Edición en español), enero de 2005
Cuarenta y cinco años después, este análisis y programa trotskistas han superado las pruebas del tiempo. La mayor parte de los seudotrotskistas se entusiasmaron con Castro; unos pocos, como la Socialist Labour League [Liga Socialista Obrera] de Gran Bretaña en los años 60, grupo del fallecido Gerry Healy, negaban que el capitalismo había sido derrocado en Cuba. Pero quienes en el pasado eran porristas de diversos burócratas estalinistas se han unido a las cruzadas anticomunistas de los imperialistas por la “democracia”. Así, el SWP, que desde hace mucho repudió explícitamente el trotskismo, junto con sus vástagos como Socialist Action (Acción Socialista, SA) y sus antiguos aliados internacionales en el Secretariado Unificado (S.U.), se sumó a la embestida del imperialismo estadounidense para destruir a la Unión Soviética, apoyando abiertamente las fuerzas de la reacción anticomunista. Eso también hicieron los de la tendencia Militante de Ted Grant, precursora de la Corriente Marxista Internacional (CMI) dirigida por Alan Woods, que hoy se presenta como los “trotskistas” en Cuba. Con respecto a Cuba hoy, todas estas fuerzas o bien continúan dando apoyo político al régimen de Castro o, peor aun, lo atacan desde la derecha.
La cuestión del trotskismo y el papel del mismo León Trotsky —codirigente junto con Lenin de la Revolución de Octubre de 1917— han sido en años recientes materia de algunas discusiones en círculos académicos y de otros tipos en Cuba. Por ejemplo, hace cuatro años la publicación cubana Temas (No. 39-40, octubre-diciembre de 2004) incluyó un debate sobre el tema “¿Por qué cayó el socialismo en Europa Oriental?” en donde muchos participantes señalaron positivamente las críticas de Trotsky sobre el ascenso de la burocracia estalinista. A principios de 2008, la obra seminal de Trotsky que analiza el ascenso del estalinismo, La revolución traicionada, fue presentada ante una multitud desbordante en la Feria del Libro de La Habana. [La recientemente fallecida] Celia Hart —hija de Haydée Santamaría y Armando Hart, dos líderes históricos de la Revolución Cubana— ha publicado y hablado en la isla como profesa partidaria tanto del trotskismo como del régimen cubano [ver “Celia Hart, 1963-2008”, p. 19].
Es crucial que los jóvenes y quienes buscan un camino genuinamente revolucionario estudien y asimilen el programa revolucionario internacionalista del trotskismo, que se contrapone agudamente al revisionismo del SWP, SA, el S.U., la CMI y otros. Esto requiere un análisis de la teoría de la revolución permanente de Trotsky y de la verdadera historia de la Revolución Cubana y el régimen de Castro.
La lucha por el trotskismo en el SWP
Después de la victoria de las fuerzas de Castro en 1959, la mayoría del SWP aclamó a éste y Guevara como “trotskistas inconscientes”. Semana tras semana, el periódico del SWP, el Militant, reproducía sus discursos sin crítica alguna. Según el SWP, Cuba había evolucionado de un “gobierno obrero y campesino” a un estado obrero sano, cualitativamente del mismo tipo que el estado obrero soviético bajo la dirección de Lenin y Trotsky. Tal y como la RT señaló en un documento de 1960, éste era “¡un gobierno obrero y campesino en el cual no hay obreros ni campesinos, ni representantes de partidos independientes de obreros y campesinos!” (“La Revolución Cubana y la teoría marxista”, reimpreso en Cuadernos Marxistas No. 2, 1974).
La línea política del SWP con respecto a la Revolución Cubana reflejaba una oleada de revisionismo en la IV Internacional una década atrás. La IV Internacional, que fue fundada bajo la dirección de Trotsky en 1938, se había desorientado profundamente por los derrocamientos del capitalismo bajo direcciones estalinistas después de la Segunda Guerra Mundial. En 1949, el Ejército de Liberación Popular de Mao Zedong, basado en el campesinado, le arrancó el poder de las manos al colapsante Guomindang burgués dirigido por Chiang Kai-shek, lo que condujo a la formación de un estado obrero deformado. Derrocamientos sociales similares, basados en el campesinado y dirigidos por fuerzas estalinistas, triunfaron en Yugoslavia, Corea del Norte y Vietnam del Norte (extendido al sur en 1975, luego de la derrota del imperialismo estadounidense por los obreros y campesinos vietnamitas). El capitalismo fue derrocado en varios países de Europa Central y Oriental bajo la ocupación soviética después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque los procesos fueron distintos en cada uno de estos países, lo que todos tuvieron en común era la ausencia de la clase obrera en contienda por el poder estatal. El resultado fue la creación de estados obreros deformados burocráticamente.
Sin embargo, Michel Pablo, entonces dirigente de la IV Internacional, respondió a los derrocamientos sociales de la posguerra repudiando la importancia central de una dirección revolucionaria consciente. Pablo afirmaba que “el proceso objetivo es, en el análisis final, el único factor determinante”. Supuestamente, la “dinámica objetiva” aseguraba una relación de fuerzas cada vez más favorable, y en este contexto los partidos comunistas estalinizados “conservan la posibilidad en ciertas circunstancias de delinear burdamente una orientación revolucionaria”. Pablo pronosticó “siglos” de estados obreros deformados. Los trotskistas fueron relegados a liquidarse dentro de partidos socialdemócratas o estalinistas, o, en el mejor de los casos, a ser grupos de presión sobre éstos. Este revisionismo condujo a la destrucción de la IV Internacional entre 1951 y 1953. Los revisionistas pablistas fueron combatidos por el SWP y su dirigente, James Cannon, aunque tardíamente, de manera parcial y principalmente en el terreno nacional del SWP. En 1953, el SWP y otras fuerzas antipablistas a nivel internacional se escindieron de Pablo (ver “Génesis del pablismo”, Cuadernos Marxistas No. 1, 1975).
Pero con el desarrollo de la Revolución Cubana, el SWP adoptó el revisionismo pablista y procedió a una “reunificación” con los pupilos de Pablo agrupados en el “Secretariado Internacional”. El documento de fundación del “Secretariado Unificado de la IV Internacional” proclamaba:
“Como lo observó I.F. Stone, el perspicaz periodista radical norteamericano, después de un viaje a Cuba, allí los revolucionarios son trotskistas ‘inconscientes’. Cuando estas corrientes y otras relacionadas con ellas adquieran plena conciencia, el trotskismo será una corriente poderosa.”
—“La dialéctica actual de la revolución mundial” (1963, publicado en español por Pathfinder Press en antología homónima de 1975)
El SWP afirmaba que la guerra de guerrillas basada en el campesinado sería la oleada del futuro y la forma decisiva de derrocar al capitalismo y esperaba que fuera así. Escribió:
“En el camino de una revolución que comienza por simples reivindicaciones democráticas y que termina en la destrucción de las relaciones de propiedad capitalista, la guerra de guerrillas realizada por los campesinos sin tierra y fuerzas semiproletarias, bajo una dirección que se encuentra empeñada en proseguir la revolución hasta su término, puede jugar un papel decisivo para minar el poder colonial y semicolonial, y precipitar su caída. Ésta es una de las principales lecciones de la experiencia de posguerra. Debe ser conscientemente incorporada a la estrategia de construcción de partidos marxistas revolucionarios en los países coloniales.”
—Comité Político del SWP, “Por la pronta reunificación del movimiento trotskista mundial”, en Ibíd.
En contraposición a la mayoría del SWP, la Revolutionary Tendency afirmaba en su documento programático “Hacia el renacimiento de la IV Internacional, proyecto de resolución sobre el movimiento mundial”, presentado a la Convención del SWP de 1963:
“La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha demostrado que la guerra de guerrillas basada en los campesinos bajo una dirección pequeñoburguesa no puede por sí sola llegar más allá de un régimen burocrático antiobrero. La creación de estos regímenes ha ocurrido bajo las condiciones de la decadencia del imperialismo, la desmoralización y desorientación causadas por la traición estalinista, y la ausencia de una dirección revolucionaria marxista de la clase obrera. La revolución colonial puede tener un signo inequívocamente progresista sólo bajo tal dirección del proletariado revolucionario. Para los trotskistas el incorporar a su estrategia el revisionismo sobre la cuestión de la dirección proletaria de la revolución es una profunda negación del marxismo-leninismo, cualquiera que sea el beato deseo expresado al mismo tiempo de ‘construir partidos marxistas revolucionarios en los países coloniales’. Los marxistas deben oponerse resueltamente a cualquier aceptación aventurera de la vía al socialismo a través de la guerra de guerrillas campesina, análoga históricamente al programa táctico socialrevolucionario contra el que luchó Lenin. Esta alternativa sería un curso suicida para los fines socialistas del movimiento, y quizá físicamente para los mismos aventureros.”
El SWP estaba destrozando conscientemente la teoría de la revolución permanente de Trotsky, la cual traza el camino hacia la emancipación social y nacional en países de desarrollo desigual y combinado. En tales países, la burguesía nacional está atada por un millón de lazos a los imperialistas y teme al proletariado. Por lo tanto es incapaz de realizar las tareas históricamente asociadas a las revoluciones burguesas clásicas de Inglaterra y Francia en los siglos XVII y XVIII. El único camino hacia delante es, como declaró Trotsky en La revolución permanente (1930), la lucha por “la dictadura del proletariado empuñando éste el Poder, como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas”. La dictadura del proletariado pondrá en el orden del día no sólo las tareas democráticas sino también las socialistas, como la colectivización de la economía, dando así un gran impulso a la revolución socialista internacional. Sólo la victoria del proletariado en los países de capitalismo avanzado impediría la restauración burguesa y aseguraría la posibilidad de culminar la construcción del socialismo.
La teoría de Trotsky fue confirmada por la Revolución Rusa de Octubre de 1917. Bajo la dirección del Partido Bolchevique de Lenin y Trotsky, los trabajadores revolucionarios, apoyados por el campesinado, derrocaron el gobierno de los capitalistas y terratenientes. La fuerza insurgente decisiva fue la Guardia Roja, la milicia obrera, así como las unidades militares bajo el mando de consejos de soldados y marineros dirigidos por los bolcheviques. El estado burgués fue hecho pedazos y remplazado por un estado obrero basado en órganos de democracia obrera masivos, los soviets (consejos) electos de obreros, soldados y campesinos. La formación de la Internacional Comunista en 1919 expresaba el entendimiento de los bolcheviques de que la Revolución Rusa era sólo el primer episodio, reversible, de la revolución socialista mundial. (Ver “El desarrollo y la extensión de la teoría de la revolución permanente de León Trotsky”, Espartaco No. 29, primavera de 2008.)
La Revolución Cubana
Bajo el dictador Fulgencio Batista, Cuba era esencialmente una subsidiaria de la mafia estadounidense y de la United Fruit Company (ver, por ejemplo, la película El Padrino, II parte). Cuando el Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro entró a La Habana el día de Año Nuevo de 1959, derrotó a los remanentes del ejército de Batista, quien era profundamente despreciado por las masas, estaba aislado de las altas capas de la sociedad cubana y finalmente fue abandonado por los imperialistas estadounidenses. Los comandantes del ejército rebelde eran intelectuales pequeñoburgueses que, en el curso de la guerra de guerrillas, atestiguaron la ruptura de sus conexiones directas previas con elementos de la oposición liberal burguesa y adquirieron episódicamente autonomía respecto de la burguesía.
La primera coalición gubernamental con políticos liberales burgueses se formó en el contexto de un viejo aparato estatal burgués destruido. El mismo Castro había sido un candidato parlamentario del burgués Partido Ortodoxo en 1952. El Manifiesto de la Sierra Maestra, firmado por el Movimiento 26 de Julio en 1957, proponía “elecciones imparciales y democráticas” organizadas por un “gobierno provisional neutral” y llamaba por la “separación del ejército de la política”, libertad de prensa, industrialización y una reforma agraria basada en el principio de la tierra para el que la trabaja (en vez de granjas colectivizadas); ninguna de estas demandas desafiaba al régimen capitalista.
Las primeras medidas del gobierno pequeñoburgués de Castro fueron prohibir los juegos de azar, reprimir la prostitución y decomisar las propiedades de Batista y sus secuaces. Luego siguió una modesta reforma agraria de acuerdo con la constitución burguesa de 1940. En este periodo, Castro no sólo negó tener intención revolucionaria alguna, sino que denunció al comunismo explícitamente. En mayo de 1959, Castro se refirió al comunismo como un sistema “que resuelve los problemas económicos pero que suprime las libertades, las libertades que son tan caras al hombre y que yo sé los cubanos y los latinoamericanos ansían y quieren” (citado en Castroism: Theory and Practice [El castrismo: Teoría y práctica], Theodore Draper, 1965). Sin embargo, esto no satisfacía al ala anticomunista de su propio movimiento. En junio de 1959, Castro expulsó a patadas a los opositores de la reforma agraria dentro del Movimiento 26 de Julio.
El nuevo gobierno cubano también tuvo que enfrentar los crecientes intentos del imperialismo estadounidense por poner bajo su control a la isla mediante presión económica sin los correspondientes intentos del arrogante gobierno estadounidense de Eisenhower para cooptar al nuevo gobierno. Luego hubo un proceso de golpe y contragolpe en el que los líderes cubanos respondían con medidas cada vez más radicales a cada ataque imperialista. Cuando Eisenhower trató de reducir la cuota azucarera cubana en enero de 1960, Castro firmó un acuerdo con Mikoyan, viceprimer ministro soviético, estableciendo la compra anual de un millón de toneladas de azúcar cubana por parte de la URSS. El rechazo de las refinerías de petróleo, propiedad de los imperialistas, a procesar el crudo ruso, así como la eliminación de la cuota de azúcar por parte de Eisenhower, condujeron en agosto de 1960 a la nacionalización por parte de Castro de las propiedades estadounidenses en Cuba, incluidos los ingenios azucareros, las compañías petroleras, la empresa de electricidad y la compañía telefónica. En octubre, el gobierno nacionalizó todos los bancos y 382 empresas, lo que ascendía al 80 por ciento de la industria del país. Cuba se convirtió en un estado obrero deformado con estas nacionalizaciones generalizadas que liquidaron a la burguesía como clase.
La cristalización de un estado obrero deformado no fue en modo alguno el resultado ineludible de la victoria militar del ejército rebelde en enero de 1959. La existencia del estado obrero degenerado soviético proporcionaba un modelo y, de manera aun más importante, su apoyo material hizo que ese resultado fuera factible. Sin embargo, la formación del estado obrero deformado cubano no fue el producto de la alianza con la Unión Soviética, sino consecuencia de un proceso dentro de la misma Cuba. Otro factor decisivo en la creación del estado obrero deformado fue el hecho de que el proletariado no contendió por el poder.
De haber habido una clase obrera combativa y con conciencia de clase, ello habría polarizado a las tropas guerrilleras pequeñoburguesas, atrayendo a algunos al lado de los trabajadores y repeliendo a otros de vuelta a los brazos del orden burgués. Esto sucedió en Rusia en 1917, cuando los bolcheviques ganaron el apoyo de las masas campesinas, mientras que la dirección del ala derecha del partido campesino socialrevolucionario tomó el lado del gobierno capitalista de Kerensky. Pero en Cuba, el principal partido obrero, el estalinista Partido Socialista Popular (PSP), estaba comprometido con el orden capitalista y la legalidad burguesa. El PSP repudió el asalto castrista al cuartel Moncada en 1953 como “métodos golpistas”. Tan tarde como en junio de 1958, el Comité Nacional del PSP llamó por un fin a la violencia y por resolver el conflicto en Cuba “por medio de elecciones democráticas y limpias, respetadas por todos, por las que las personas puedan decidir efectivamente por medio del voto y cuyos resultados sean honorablemente respetados”.
La situación cubana fue excepcional: en la mayoría de los casos la victoria militar de los nacionalistas pequeñoburgueses termina en última instancia con el restablecimiento de sus vínculos con el orden burgués. Tomemos, por ejemplo, el caso de Argelia después de la prolongada guerra de independencia contra el imperialismo francés y la victoria del FLN pequeñoburgués, que usaba retórica radical. Un factor clave para mantener a Argelia como neocolonia francesa fue la búsqueda, por parte del gobierno de de Gaulle, de una política más amoldada a los rebeldes victoriosos de Argelia con los Acuerdos de Evian de 1962. Ver los resultados de la Revolución Cubana como producto de previsión e intenciones marxistas por parte de los castristas es absurdo. Refiriéndose a la “teoría” de la guerra campesina de Castro/Guevara, el historiador burgués Theodore Draper comentó: “La teoría cubana fue una racionalización ex post facto de una respuesta improvisada a los acontecimientos más allá del control de Castro.”
La Revolución Cubana demostró, una vez más, que no hay una “tercera vía” entre la dictadura del capital y la dictadura del proletariado. En ese sentido, confirmó la teoría de la revolución permanente. Sin embargo, el núcleo de la teoría de Trotsky es la necesidad de un proletariado consciente, dirigido por su vanguardia, a la cabeza de todos los oprimidos en la lucha por el poder y la extensión internacional de la revolución. El estrato gobernante del estado obrero deformado cubano es una burocracia parasitaria, que fue creada a través de una fusión de elementos del antiguo Movimiento 26 de Julio y el PSP (que pronto sería convenientemente purgado de individuos pro-Moscú como Aníbal Escalante, quien era considerado leal a un “socialismo en un solo país” diferente). La Revolución Cubana verificó en una nueva forma la aseveración de Trotsky de que la burocracia estalinista —correa de transmisión de la presión del orden burgués mundial sobre un estado obrero— es una formación pequeñoburguesa contradictoria. Como escribimos en el prefacio a Cuadernos Marxistas No. 2, 1974:
“La parte decisiva de los castristas pudo hacer la transición hacia la dirección de un estado obrero deformado porque, en ausencia del igualitarismo y la democracia proletaria de un estado ganado directamente por la clase obrera, nunca tuvieron que trascender o alterar fundamentalmente sus propios apetitos sociales pequeñoburgueses radicales, sino sólo transformarlos y redirigirlos.”
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/30/cuba.html
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2016.06.02 12:26 ShaunaDorothy La izquierda oportunista y el referéndum de 2007 de Chávez ¡Romper con el populismo burgués! ¡Por la revolución obrera! ¡EE.UU. manos fuera de Venezuela! (Invierno de 2008-2009)

https://archive.is/NvR6q
Espartaco No. 30 Invierno de 2008-2009
El siguiente artículo ha sido adaptado de Workers Vanguard No. 907, 1º de febrero de 2008.
En todo el espectro político, el referéndum constitucional de diciembre de 2007 impulsado por Chávez fue descrito como un intento de implantar un “estado socialista”. Una pandilla, que abarca desde la oligarquía venezolana y la Iglesia Católica hasta la Casa Blanca de Bush, celebró la estrecha derrota del referéndum como un triunfo de la “democracia”. Por otro lado, la derrota provocó muchos lamentos entre los autoproclamados marxistas y otros que han promovido a Chávez como alguna especie de “revolucionario”. En cuanto a Chávez mismo, inmediatamente hizo gestos conciliadores a la oposición derechista.
A pesar de las ilusiones populares, Chávez, un antiguo coronel del ejército, es un nacionalista burgués que administra el estado capitalista. Lejos de minar al capitalismo venezolano, el referéndum de Chávez tenía un énfasis particular en subrayar que la propiedad privada de los medios de producción estaría protegida por la constitución. La propuesta de referéndum estaba dirigida centralmente a fortalecer los poderes represivos del estado capitalista venezolano y a concentrar una mayor autoridad en el puesto ejecutivo del presidente. Aunque estaban envueltas con la retórica populista del “poder popular” y prometían algunas reformas sociales —como una semana de trabajo más corta y pensiones para los autoempleados— las disposiciones clave del referéndum de Chávez buscaban aumentar la autoridad presidencial para declarar estados de emergencia ilimitados, decretar regiones militares especiales, transformar ciertas partes del país en regiones federales bajo control directo del presidente, y permitir a éste disolver la Asamblea Nacional.
El estado capitalista —cuyo núcleo consiste en el ejército, la policía, las prisiones y los tribunales— es un instrumento para la represión violenta de la clase obrera y los oprimidos en defensa del orden social capitalista. Todo aumento en los poderes del estado capitalista venezolano será usado contra la clase obrera cuando ésta luche por sus propios intereses de clase. Como lo pusieron Marx y Engels tras la experiencia de la Comuna de París, cuando el proletariado parisino sostuvo el poder por casi tres meses en 1871 antes de ser sangrientamente aplastado: “La Comuna ha demostrado, sobre todo, que ‘la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines’” (K. Marx y F. Engels, Prefacio a la edición alemana de 1872 del Manifiesto Comunista).
Como marxistas que luchamos por una revolución proletaria socialista que aplaste al estado burgués y lo remplace con un estado obrero, estuvimos por el “no” en el referéndum de Chávez. Al mismo tiempo, dejamos clara nuestra oposición intransigente a las fuerzas derechistas que se movilizaron contra el referéndum. Chávez ha provocado la ira de los gobernantes imperialistas estadounidenses, tanto republicanos como demócratas. En el caso de un golpe patrocinado por Estados Unidos, como en 2002, estaríamos por la defensa militar del régimen de Chávez sin darle un ápice de apoyo político.
El hecho de que la mayoría de las organizaciones supuestamente marxistas haya apoyado abiertamente o se haya abstenido en el referéndum de Chávez es un testimonio tanto de su propia bancarrota política como de la popularidad de éste. Chávez ha criticado punzantemente al gobierno de Bush y ha abrazado ostentosamente al principal némesis de Washington en el hemisferio occidental, el líder cubano Fidel Castro. Ha condenado la ocupación estadounidense de Irak y las amenazas contra Irán, y ha denunciado las políticas económicas “neoliberales” que Estados Unidos promueve en Latinoamérica y otros sitios.
Chávez es un populista que ha usado las ganancias generadas por los disparados precios del petróleo durante los últimos años para llevar a cabo una serie de reformas sociales. También ha emprendido una mínima nacionalización de la industria y distribución de tierras. Estas medidas, junto con el hecho de que Chávez se jacte de su herencia de zambo (mezcla de africano e indígena), le han ganado el desprecio de la blanquísima oligarquía venezolana.
Pero Chávez no es ningún socialista. Y, según estándares históricos, ni siquiera es un nacionalista burgués particularmente radical. En la década de 1930, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo de su país, que pertenecía a los imperialistas estadounidenses y británicos, y llevó a cabo un reparto agrario significativo. Si bien defendemos esas nacionalizaciones burguesas frente al ataque imperialista, éstas no son medidas socialistas. En el caso de México, la subordinación de la clase obrera a Cárdenas resultó en más de 60 años de corporativismo y el encadenamiento del proletariado al Partido Revolucionario Institucional, que hasta el año 2000 fue el partido burgués gobernante. Como escribimos en “Venezuela: Nacionalismo populista vs. revolución proletaria” (Espartaco No. 25, primavera de 2006):
“La popularidad de Chávez y su ‘Revolución Bolivariana’ entre los jóvenes idealistas de izquierda —y los oportunistas veteranos— debe entenderse sobre el fondo de la destrucción de la Unión Soviética. Entre la juventud radical, alimentada con más de una década de propaganda sobre ‘la muerte del comunismo’ tanto por la ‘izquierda’ como por la derecha, la Revolución de Octubre es percibida ampliamente como un ‘experimento fallido’. También se rechaza el entendimiento de que la clase obrera es la única agencia de la revolución social contra el orden capitalista. Más aún, el capitalismo es en general identificado con un conjunto particular de medidas económicas conocido como ‘neoliberalismo’: la privatización extensa de instalaciones públicas, la destrucción de los programas de bienestar social y el engrandecimiento imperialista implacable.
“La historia reciente de Venezuela demuestra bastante bien que el neoliberalismo y el populismo no son sino dos caras de la misma moneda, a veces llevadas a cabo por el mismo régimen burgués en distintos periodos.”
Los hasta hace poco elevados precios del petróleo han permitido reformas limitadas. Pero el funcionamiento mismo del sistema capitalista garantiza la continuidad de la explotación y el empobrecimiento de las masas venezolanas. En contra del nacionalismo populista de Chávez, es necesario movilizar al proletariado, al frente de todos los pobres y oprimidos, en una lucha por la revolución socialista contra todas las alas de la burguesía venezolana, que está atada por miles de lazos al orden imperialista. Sólo así puede realizarse la lucha por la independencia nacional y otras tareas democráticas en esos países de desarrollo capitalista atrasado en la era imperialista. Como enfatizó León Trotsky, dirigente junto con V.I. Lenin de la Revolución Bolchevique de 1917, en sus “Tesis fundamentales” de La revolución permanente:
“La dictadura del proletariado, que sube al poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente.”
No puede haber una mejora fundamental al predicamento de los pobres urbanos y rurales sin que se aplaste al estado capitalista y se derroque el orden social capitalista, sentando las bases, mediante una serie de revoluciones proletarias internacionalmente, para una sociedad global sin clases en las que todas las formas de explotación y opresión se hayan eliminado. Crucialmente, esto significa vincular las batallas de las masas latinoamericanas con la lucha por la revolución socialista en Estados Unidos.
Apologistas reformistas del régimen de Chávez
Bajo el régimen de Chávez, a la burguesía venezolana le ha ido bastante bien (y a las compañías petroleras extranjeras tampoco les ha ido mal). Según el Banco Mundial, el 20 por ciento más rico de la población sigue embolsándose el 53 por ciento de todo el ingreso, mientras que el 20 por ciento más pobre recibe un miserable 3 por ciento. Aunque acumula ganancias exorbitantes, gran parte de la burguesía saca su dinero del país y acapara sus productos, produciendo una inflación terrible y escasez de alimentos y de otras necesidades básicas.
Los obreros que han ocupado las fábricas quebradas o cerradas por sus dueños, como en Sanitarios Maracay, han enfrentado a las fuerzas armadas del régimen de Chávez. En abril de 2007, habiendo llegado a Caracas para exigir la nacionalización de la compañía, los obreros de esa fábrica fueron frenados por la policía estatal y por fuerzas militares que dispararon contra ellos, dejando catorce heridos y 21 detenidos. De igual modo, los representantes del sindicato de empleados públicos que en agosto de 2007 fueron a negociar un contrato con el Ministerio del Trabajo fueron encerrados en un cuarto del ministerio y seis días después echados por golpeadores a sueldo.
Nada de esto ha impedido que los autoproclamados marxistas aplaudan la “Revolución Bolivariana” de Chávez. Entre los más descarados está la Corriente Marxista Internacional (CMI) de Alan Woods, quien presume de sus credenciales como asesor “trotskista” de Chávez. En la víspera del referéndum, la sección venezolana de la CMI, la Corriente Marxista Revolucionaria (CMR), emitió una declaración fechada el 28 de noviembre de 2007 llamando por “una avalancha de votos por el SI”, declarando que la victoria sería “un nuevo salto adelante en la Revolución”. Increíblemente, la CMR afirma que la victoria del referéndum de Chávez hubiera marcado “el fin del aparato estatal burgués”.
La CMR afirma que haber llamado a votar por el “no” hubiera sido hacerle el juego a “el imperialismo, los capitalistas y la burocracia”. Esta línea encontró eco en varios otros grupos de izquierda, incluyendo a la Juventud de Izquierda Revolucionaria (JIR, hoy Liga de Trabajadores por el Socialismo), sección venezolana de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional, una escisión de la tendencia internacional del ya fallecido seudotrotskista y aventurero argentino Nahuel Moreno. La JIR proclamó: “No apoyamos esta reforma porque mantiene las bases legales del capitalismo, de la continuidad de la explotación de los trabajadores de la ciudad y el campo, fijando los marcos de la sociedad de clases” (En Clave Obrera No. 13, noviembre de 2007). Sin embargo, la JIR justifica su llamado a la abstención argumentando que “atentó contra una posición de independencia de clase el llamado de algunos sectores de la izquierda a votar por el NO, confundiendo sus banderas con la derecha pronorteamericana” (En Clave Obrera No. 14, diciembre de 2007).
Sin duda alguna, las principales fuerzas detrás del voto por el “no” eran opositores de derecha al régimen de Chávez. Pero haber apoyado o haberse abstenido en un referéndum que hubiera fortalecido los poderes represivos del aparato estatal burgués es una traición a los intereses de clase del proletariado. La izquierda oportunista promueve la peligrosa ilusión de que el estado capitalista puede ponerse al servicio de los intereses de los trabajadores y renuncia a la lucha por la revolución socialista y la dictadura del proletariado. La independencia de clase del proletariado frente a todos los representantes y agencias del dominio burgués —incluyendo a las fuerzas burguesas más “progresistas”— es el punto de partida fundamental para la lucha de la clase obrera por sus propios intereses de clase. Esto es esencial para forjar un partido obrero revolucionario que luche por el derrocamiento del capitalismo y el rompimiento de las cadenas de la subyugación imperialista.
Falsos trotskistas embellecen el nacionalismo burgués
El centrista Grupo Internacionalista (GI) argumentó que el referéndum era “un programa para un régimen bonapartista de ‘estado fuerte’” y concluyó que “el que los socialistas aprueben semejantes medidas sería renunciar al programa de la revolución proletaria” (Internationalist, diciembre de 2007). Así que el GI exhortó a “los obreros venezolanos con conciencia de clase”...“a emitir una boleta en blanco” o “a abstenerse”. Eso es lo que vale para el GI el programa de la revolución proletaria: llamar por la abstención respecto a medidas que, como el GI mismo admite, fortalecerían los poderes del estado burgués.
El que el GI, con todas sus justificaciones en apariencia ortodoxas, no se haya atrevido a llamar por un voto por el “no” es oportunismo craso. El GI señala que Venezuela es un estado burgués. Pero no quiere ser visto como oponente del referéndum de Chávez. Los gritos bombásticos de “guerra de clases” y “lucha hasta el fin contra los contrarrevolucionarios” por parte del GI sirven para promover el fraude de que hay una revolución en curso en Venezuela —idea que los apologistas de izquierda de Chávez más desvergonzados trafican abiertamente—. Así, el artículo del GI de diciembre de 2007 llamaba a “Imponer el control obrero en el camino a una revolución socialista” y a “¡Aplastar la contrarrevolución mediante la movilización obrera!”. Toda esta palabrería sobre Venezuela “en el camino” al socialismo está deliberadamente diseñada para oscurecer el hecho de que Chávez administra un estado capitalista.
Tras la arrasadora victoria de Chávez en las elecciones de 2006, gran parte de la izquierda pregonaba su llamado a profundizar el “proceso revolucionario” mediante más nacionalizaciones, la creación de “consejos comunales” y la fundación de un totalmente burgués Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) como el precursor de un asalto revolucionario contra la burguesía venezolana. El GI hizo lo propio al defender a Chávez cuando éste revocó el permiso de transmisión de RCTV, uno de los principales voceros mediáticos del golpe de 2002. En “Venezuela: Batalla en torno a los medios” (Internationalist, julio de 2007), el GI argumentó que “en condiciones revolucionarias o en guerras, las cuestiones democráticas se subordinan a las cuestiones fundamentales de clase”.
Para los marxistas, las cuestiones democráticas se subordinan siempre a la línea de clases. Aclarado eso, en la Venezuela de hoy no hay ni una revolución ni una guerra civil. Por su parte, en un mitin de masas de junio de 2007, en la secuela inmediata de la revocación de la licencia de RCTV, Chávez dejó claro que: “Nosotros no tenemos ningún plan para arrasar a la oligarquía, a la burguesía venezolana. Y ya lo hemos demostrado suficientemente en más de ocho años” (dicurso publicado en www.alternativabolivariana.org).
Como escribió Trotsky en un artículo de 1938 contra la campaña de Vicente Lombardo Toledano, líder de la federación sindical mexicana CTM bajo el régimen de Cárdenas, para “‘doblegar’ a la prensa reaccionaria ya sea sometiéndola a una censura democrática o proscribiéndola del todo”:
“Tanto la experiencia histórica como teórica prueban que cualquier restricción de la democracia en la sociedad burguesa está, en último análisis, invariablemente dirigida contra el proletariado, así como cualquier impuesto que se imponga recae sobre los hombros de la clase obrera. La democracia burguesa es útil para el proletariado sólo en cuanto le abre el camino al desarrollo de la lucha de clases. Consecuentemente, cualquier ‘dirigente’ de la clase obrera que arma al gobierno burgués con medios especiales para controlar a la opinión pública en general y a la prensa en particular, es, precisamente, un traidor. En último análisis, la agudización de la lucha de clases obligará a las burguesías de cualquier tipo a llegar a un arreglo entre ellas mismas; aprobarán entonces leyes especiales, toda clase de medidas restrictivas, y toda clase de censuras ‘democráticas’ contra la clase obrera. Quien todavía no haya comprendido esto, debe salirse de las filas de la clase obrera.”
—“Libertad de prensa y la clase obrera”, 21 de agosto de 1938
En su artículo sobre RCTV, el GI equipara descaradamente al régimen venezolano burgués de Hugo Chávez con el gobierno soviético de Rusia después de que la revolución obrera dirigida por los bolcheviques había aplastado al estado capitalista y establecido un estado obrero. El GI escribe:
“En un decreto del Soviet de Petrogrado del 9 de noviembre de 1917, Lenin ordenó que sólo se cerraran aquellos periódicos que: ‘(1) llamen por la resistencia o la insubordinación abiertas al Gobierno Obrero y Campesino; (2) siembren la sedición mediante la distorsión de los hechos demostrablemente calumniosa; (3) instiguen acciones de naturaleza evidentemente criminal, es decir, penalmente castigables’. La RCTV (y otras televisoras) en Venezuela cumple esos tres criterios” [énfasis añadido].
En el mismo espíritu, en su artículo de diciembre de 2007 sobre el referéndum, el GI escribió que Chávez “expresa admiración por el revolucionario ruso León Trotsky, pero en realidad su política es mucho más tímida”. ¡¿Más tímida?! Trotsky fue un dirigente de la Revolución Bolchevique de 1917. Según el GI, ¡ser “más tímido” es lo que separa al populista burgués Chávez de un dirigente revolucionario del proletariado internacional!
Pese a todos sus pronunciamientos de que Venezuela es un estado burgués, el GI continuamente traza analogías y hace comparaciones con países en los que el capitalismo fue derrocado. El GI opina que “si bien Chávez puede deshacerse de elementos procapitalistas como los estalinistas de Europa Oriental se deshicieron de los ministros burgueses uno a uno mediante ‘tácticas salami’ tras la Segunda Guerra Mundial, no hay un Ejército Rojo que ocupe Venezuela y sirva como árbitro definitivo y base de poder para erigir un estado obrero deformado.” Esta analogía es tan sorprendente como escandalosa. Tras la ocupación del Ejército Rojo que había derrotado a los nazis de Hitler, los países de Europa Oriental no eran estados burgueses. Por el contrario, el poder de los antiguos regímenes títere del III Reich se quebró cuando los nazis fueron aplastados, dejando tras de sí un vacío de poder que llenó el Ejército Rojo. Ante el inicio de la Guerra Fría imperialista contra la Unión Soviética, los estalinistas establecieron estados obreros deformados como “cordón sanitario” mediante transformaciones sociales llevadas a cabo en frío y desde arriba.
Al plantear esta analogía surrealista, la no tan sutil implicación del GI es que el gobierno burgués de Chávez es alguna especie de “régimen de transición” que podría aceptar o derrocar el capitalismo. Así, el GI consolida su posición en el extremo izquierdo del espectro del “trotskismo” bolivariano.
Hemos caracterizado la política del GI como “pablismo de segunda generación”, refiriéndonos a la corriente liquidacionista dirigida por Michel Pablo que destruyó la IV Internacional trotskista a principios de la década de 1950 (ver “¡Defender a Cuba!”, p. 17). Refiriéndose a quienes descartan, debido a su carácter parcial, la lucha contra el pablismo que dirigió el trotskista estadounidense James P. Cannon dentro de la IV Internacional, el líder del GI, Jan Norden, señaló, cuando todavía era un trotskista en la Liga Comunista Internacional, que “esto, a su vez, libera a los centristas que nacieron ayer para seguir tranquilamente sus alianzas eclécticas y antiinternacionalistas, combinándose y recombinándose con otros habitantes del pantano seudotrotskista” (“Yugoslavia, Europa Oriental y la IV Internacional: La evolución del liquidacionismo pablista”, Prometheus Research Series No. 4, marzo de 1993). Ésta es una buena descripción del GI, cuyo oportunismo refleja una adaptación al retroceso de la conciencia política en el mundo postsoviético. Esta adaptación lo lleva a una búsqueda cada vez más desesperada de fuerzas sociales distintas al proletariado e instrumentos distintos a un partido leninista de vanguardia para avanzar en la lucha por la emancipación humana. El GI se acomoda a tales fuerzas e instrumentos, y aquí es donde entra Hugo Chávez.
El mito del “control obrero” en Venezuela
El llamado del GI a “imponer el control obrero en el camino a la revolución socialista” confunde deliberadamente el significado del control obrero, que es el poder dual en el punto de la producción en una crisis revolucionaria. En otras palabras, los obreros tienen el poder de vetar las medidas de la administración a las que se opongan. Una situación así sólo puede acabar en que los obreros tomen el poder estatal mediante la revolución socialista o en que los capitalistas restituyan su poder mediante la contrarrevolución. En su artículo del 20 de agosto de 1931, “El control obrero de la producción”, Trotsky escribió: “El control obrero, en consecuencia, solamente puede ser logrado en las condiciones de un cambio brusco en la correlación de fuerzas desfavorable a la burguesía por la fuerza, por un proletariado que va camino de arrancarle el poder, y por tanto también la propiedad de los medios de producción.”
El GI llama la atención hacia “los comités obreros que existen en forma embrionaria o desarrollada en muchas plantas y lugares de trabajo” en Venezuela. Estos comités, que en general existen en las industrias que han sido nacionalizadas por el estado, son, de hecho, tretas de coadministración con el estado capitalista, en los que este último es quien lleva las riendas. Estos son ardides de colaboración de clases con el propósito de encadenar a los obreros al estado capitalista. Lo mismo se aplica a las “cooperativas obreras”, que, según nada menos que un apologista de Chávez como el líder de la CMR Jorge Martín, en muchos casos “se han convertido en una excusa para la tercerización [subcontratación] de la mano de obra”, es decir, para romper los sindicatos. Un factor significativo detrás de la formación del PSUV por parte de Chávez es mantener el control del gobierno sobre los sindicatos. Como escribió Trotsky en la secuela de la expropiación de las propiedades petroleras imperialistas por el régimen de Cárdenas en México:
“La gestión del ferrocarril y de los yacimientos petrolíferos bajo el control de las organizaciones obreras no tiene nada que ver con el control obrero sobre la industria, pues en definitiva la gestión está en manos de la burocracia obrera, que es perfectamente independiente con respecto a los trabajadores, pero que en cambio depende enteramente del estado burgués. Esta medida adoptada por la clase dominante tiene por objeto domesticar a la clase obrera, hacerle trabajar más al servicio de los ‘intereses comunes’ del estado, que parecen confundirse con los intereses propios de la clase obrera.”
—“Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista” (1940)
El GI señala a un ala de la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), encabezada por Orlando Chirino, que se opuso a la entrada en el PSUV y llamó por la abstención en el referéndum de diciembre, opinando que la UNT “ha estado atormentada desde el principio por la interrogante de cómo oponerse a los ataques de Chávez contra los obreros sin romper con la popularidad que éste goza entre las masas empobrecidas de Venezuela”. Esto también atormenta al GI. Lo que no dice el artículo del GI es que la UNT fue fundada por burócratas sindicales chavistas que establecieron la federación en 2003 bajo los auspicios del gobierno. La UNT se formó para romper la Confederación de Trabajadores Venezolanos, que a su vez era un sindicato corporativista atado al anterior régimen burgués de Acción Democrática y con vínculos al imperialismo estadounidense. La pose de Chirino como defensor de la independencia sindical queda desmentida por su lealtad al régimen de Chávez. En una entrevista con el International Socialism del SWP británico (9 de mayo de 2007), Chirino se jacta de sus credenciales como miembro de “la primera organización política que apoyó la candidatura presidencial de Chávez”. Pero esto no fue suficiente para el régimen de Chávez, que despidió a Chirino de su puesto en la compañía petrolera nacional a finales de diciembre de 2007, justo después de que éste hubo llamado por la abstención en el referéndum. Nosotros denunciamos esta represión antisindical y llamamos por la reintegración de Chirino.
Chirino es miembro de una corriente proveniente de la tendencia internacional de Nahuel Moreno. En la misma entrevista, Chirino señala a China como parte de los “consorcios internacionales” que están “explotando a nuestros obreros más que nunca”. Luego continúa diciendo que “el capitalismo se restauró en China hace varios años, y hoy es el país donde se explota más a la clase obrera. Son esclavos modernos”. De hecho, China es un estado obrero burocráticamente deformado donde el capitalismo fue derrocado como resultado de la Revolución de 1949, una victoria para la clase obrera internacional. Pese a las incursiones de las “reformas de mercado” instituidas por la burocracia estalinista, el núcleo de la economía china sigue colectivizado. En su diatriba contra China, Chirino se ubica junto a gran parte de la izquierda reformista que, habiendo celebrado la destrucción contrarrevolucionaria del estado obrero degenerado soviético en 1991-92, ahora se alínean con sus propios gobernantes capitalistas y se niegan a defender a China mientras alaban al populista burgués Hugo Chávez y su “Revolución Bolivariana”. Al mismo tiempo, muchos, dentro y fuera de la izquierda, han comparado falsamente a Chávez con el régimen de Castro en Cuba. Pero, al igual que China, y a diferencia de Venezuela, Cuba es un estado obrero deformado.
¡Por la revolución permanente!
Muchos intelectuales radicales y grupos reformistas promueven la invocación de Chávez de la teoría de la revolución permanente de Trotsky como si fuera legítima. Al hacerlo, voltean de cabeza la teoría de Trotsky. La revolución permanente se basa en el entendimiento de que las burguesías de los países de desarrollo capitalista atrasado, por muy radicales que suenen sus regímenes, son demasiado débiles, demasiado temerosas del proletariado y demasiado dependientes del capital imperialista extranjero como para resolver los problemas de la democracia política, la revolución agraria y el desarrollo nacional independiente. Por el contrario, como lo demostró la Revolución Rusa de 1917, la consecución de estas tareas sólo puede lograrse bajo el dominio de clase del proletariado.
La conquista del poder por el proletariado no completa la revolución socialista, solamente la comienza al cambiar la dirección del desarrollo social. El proletariado en el poder expropiaría a la burguesía como clase para establecer una economía planificada y colectivizada, en la que la producción se base en las necesidades sociales y no en la ganancia. Pero sin la extensión internacional de la revolución, particularmente a los centros imperialistas avanzados e industrializados, ese desarrollo social será frenado y, en última instancia, revertido. Los esfuerzos del imperialismo estadounidense por derribar el régimen de Chávez subrayan la necesidad del internacionalismo revolucionario proletario, que se encuentra en el centro de la teoría de Trotsky de la revolución permanente. Las luchas del proletariado en los países semicoloniales están necesariamente entrelazadas con la lucha por el poder de los obreros en los centros imperialistas, particularmente en Estados Unidos.
Pese a toda su retórica populista, Chávez es, tanto como sus oponentes neoliberales, un enemigo de clase de la victoria de los obreros y los pobres urbanos y rurales. Procuramos romper las ilusiones de los trabajadores y los oprimidos —tanto en Venezuela como internacionalmente— en que el régimen burgués de Chávez pueda ser un agente de la revolución social. En contraste, nuestros oponentes políticos se acomodan a estas ilusiones y las profundizan. Como escribimos en “Venezuela: Nacionalismo populista vs. revolución proletaria” (Espartaco No. 25, primavera de 2006):
“La historia tiene reservado un severo veredicto para aquellos ‘izquierdistas’ que promueven a uno u otro caudillo capitalista con retórica izquierdista. El camino hacia delante para los oprimidos de todas las Américas no está en pintar a los hombres fuertes nacionalistas como revolucionarios, ni a las incursiones populistas como revoluciones. Está, por el contrario, en la construcción de secciones nacionales de una IV Internacional reforjada en el espíritu de una hostilidad revolucionaria intransigente a todas y cada una de las formas del domino capitalista. Al sur del Río Bravo, estos partidos habrán de construirse en combate político contra las extendidas ilusiones en el populismo y el nacionalismo. En Estados Unidos, las entrañas del monstruo imperialista, el partido obrero revolucionario se construirá en la lucha por arrancar al proletariado de los partidos capitalistas Demócrata y Republicano y por remplazar a los proimperialistas líderes de la AFL-CIO con una dirección clasista.”
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/30/chavez.html
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2016.06.01 12:07 ShaunaDorothy Trotsky Cuarta Parte (2-2) (Primavera de 2008)

https://archive.is/IZJir
Revolución permanente vs. nacionalismo populista
La destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética y los estados obreros de Europa Oriental y Central tuvo efectos desastrosos para la población de esas sociedades y fue una derrota histórico-mundial para los obreros y los oprimidos internacionalmente, con el balance de fuerzas dramáticamente alterado a favor del imperialismo. Los trabajadores de los antiguos estados obreros han sido sumidos en la pobreza masiva, las carnicerías étnicas y otros horrores. En los centros imperialistas, los gobernantes capitalistas han tasajeado las conquistas arduamente obtenidas por los obreros, y se han dado vastos ataques a los inmigrantes y las minorías. Con una fuerza militar que supera por mucho la de cualquier otro país, el imperialismo estadounidense en particular ha pasado por encima de los pueblos del Medio Oriente y otros lugares, mientras las medidas de austeridad impuestas por el imperialismo han empujado a las masas del Tercer Mundo a una miseria aún mayor.
El profundo retroceso en la conciencia que resultó de la destrucción de la URSS ha llevado incluso a los obreros combativos y a la juventud radicalizada a descartar el programa marxista de la revolución proletaria como, en el mejor de los casos, un sueño de opio. En su lugar, muchos izquierdistas ven la resurrección del nacionalismo populista burgués en América Latina, ejemplificado por Hugo Chávez en Venezuela, como el camino al “socialismo del siglo XXI”, para usar la expresión de Chávez. Entre los que promueven estas ilusiones está la escritora cubana Celia Hart, partidaria del régimen de Castro y autoproclamada trotskista, que en una entrevista reciente con la publicación seudotrotskista argentina El Militante (6 de julio de 2007) canta las alabanzas del “proceso revolucionario venezolano, que cada vez se va radicalizando más a la izquierda”.
Hart afirma que “muchos de los revolucionarios que en Cuba dejaron de hablar de socialismo…ahora ven que en Venezuela se habla de Socialismo con gran naturalidad, y ahora ellos también quieren hablar de socialismo, más allá de los epítetos extraños que algunos le quieren poner al socialismo: del Siglo XXI, aquél que es posible hacer sin expropiar a los capitalistas locales, etc.” Hablando del llamado de Chávez por el “socialismo”, Hart añade: “Es pues ver cómo las tesis de la Revolución Permanente de aquel ruso en 1905 se manifiesta [sic] un siglo después.”
De igual manera, en México, el izquierdista Guillermo Almeyra, en un artículo titulado “Trotsky en el siglo XXI” de La Jornada (19 de agosto de 2007), un periódico que apoya al nacionalista burgués Partido de la Revolución Democrática (PRD), afirma: “La actitud de países pobres como Venezuela o Cuba en su ayuda solidaria se inscribe, conscientemente o no, en esta línea del pensamiento de Trotsky, que Lenin compartía.” En su “defensa” de la revolución permanente, Almeyra, un antiguo pablista que ahora apoya “críticamente” al PRD, convierte la lucha de Trotsky por la continuidad con el bolchevismo de Lenin en el cuento de la “democracia” versus el “partido monolítico” y concluye advirtiendo contra los seguidores “dogmáticos” y “talmúdicos” del trotskismo de hoy.
Sabiéndolo o no, Hart y Almeyra hacen eco a la línea del SWP de que Castro era un trotskista inconsciente. Decir esto de Hugo Chávez es verdaderamente pasmoso. Desde su elección como presidente en 1998, Chávez ha dirigido parte de las inmensas ganancias que la burguesía venezolana ha obtenido aprovechando los disparados precios del petróleo para proporcionar más servicios sociales a las masas pobres. Mientras tanto, el gobierno ha subido los impuestos a las compañías petroleras extranjeras, que continúan embolsando sus ganancias. Las medidas sociales desarrolladas durante el régimen de Chávez, y el hecho de que ostente ser zambo (de herencia africana e indígena), le ha ganado el desprecio de la blanquísima oligarquía. También ha incurrido en la furia de Washington por su amistad con la Cuba de Castro y sus puntuales denuncias de los prepotentes imperialistas estadounidenses. En caso de un intento de golpe respaldado por Estados Unidos, como el de 2002, llamamos por la defensa militar del régimen de Chávez.
Pero Chávez no es ningún socialista. Ha procedido a apretar la camisa de fuerza del control estatal capitalista sobre el movimiento obrero venezolano y, como lo admite incluso Hart, no se dispone a llevar a cabo la expropación de la burguesía venezolana. Como señalamos en “Venezuela: Nacionalismo populista vs. revolución proletaria” (Espartaco No. 25, primavera de 2006):
“Cuando el ejército rebelde de Castro entró a La Habana el 1º de enero de 1959, el ejército burgués y todo el resto del aparato estatal capitalista que había sostenido a la dictadura de Batista, apoyada por EE.UU., colapsaron. Para cuando Castro declaró a Cuba “socialista” en 1961, la burguesía cubana y los imperialistas estadounidenses con sus secuaces de la CIA y de la mafia habían huido, y la totalidad de la propiedad capitalista, incluyendo hasta al último vendedor de helados, había sido expropiada. Lo que se creó en Cuba fue un estado obrero burocráticamente deformado. Por el contrario, Chávez llegó al poder y gobierna como jefe del estado capitalista, la burguesía venezolana está vivita y coleando, y los imperialistas siguen llevando a cabo lucrativos negocios con Venezuela, pese a las amenazas y provocaciones de la Casa Blanca.”
Hart y Almeyra han puesto de cabeza la revolución permanente para justificar su apoyo a populistas burgueses que son, tanto como los políticos neoliberales, oponentes de clase de la victoria de los obreros y los pobres urbanos y rurales. La esencia programática de la revolución permanente es la lucha por la independencia de clase del proletariado frente a todas las alas de la burguesía semicolonial, sin importar cuán “progresistas” o “antiimperialistas” sean sus declaraciones. Esa lucha sólo puede realizarse mediante el forjamiento de partidos obreros revolucionarios e internacionalistas en oposición a todas las variantes de nacionalismo burgués. La LCI lucha por reforjar la IV Internacional, partido mundial de la revolución socialista.
La modernización de la España capitalista
Pese al sustancial desarrollo industrial de las décadas recientes, Brasil, Corea del Sur y las llamadas economías “tigres” del sudeste asiático no han podido escapar de la subyugación imperialista. Sin embargo, ha habido un puñado de países en la periferia de Europa que se las han arreglado —con un gran costo humano y en el contexto de guerras, contrarrevoluciones y otros grandes sucesos mundiales— para desarrollarse de sociedades agrarias atrasadas a estados capitalistas modernos como parte del consorcio imperialista europeo. Por ejemplo, en el periodo previo a la Primera Guerra Mundial, Finlandia era un reducto de atraso económico, con un numeroso campesinado oprimido, que había sido parte del imperio zarista ruso. Pero el intento de consumar una revolución proletaria tras la victoria bolchevique en Rusia fue ahogado en sangre por la dictadura militar de Mannerheim, apoyada por el imperialismo, y la Finlandia capitalista fue integrada subsecuentemente a la Europa imperialista.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, España era un perfecto ejemplo de desarrollo desigual y combinado, donde las tareas de la revolución permanente eran manifiestas. Un vasto campesinado era explotado brutalmente por una clase terrateniente derivada de la vieja nobleza feudal, que se traslapaba fuertemente con la burguesía urbana. La poderosa Iglesia Católica, que ejercía el monopolio de la educación de los niños, era el mayor terrateniente del país y también tenía fuertes inversiones en la industria y las finanzas. Además, entonces como ahora, el estado español contenía dentro de sus fronteras naciones oprimidas como los vascos y los catalanes. En medio del atraso social, también existía una clase obrera joven y combativa compuesta en buena parte por jóvenes campesinos que conservaban estrechos lazos con sus familias en el campo.
La Guerra Civil Española de 1936-39 planteó a quemarropa la posibilidad de la revolución proletaria. Pero esta oportunidad fue traicionada por los estalinistas, los socialistas y los anarquistas que fueron el principal apoyo del gobierno republicano burgués, un frente popular que también fue traidoramente apoyado por el centrista POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Mediante el desarme y la supresión del proletariado revolucionario, realizados principalmente por los estalinistas, el frente popular allanó el camino para la victoria de las fuerzas derechistas del generalísimo Francisco Franco, quien a partir de entonces gobernó España con puño de hierro durante casi cuatro décadas.
Los sucesos que vivió España entre la década de 1930 y la de 1980, tanto al nivel económico como político, estuvieron determinados y se consolidaron en buena medida por la cambiante situación internacional. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. forjó una alianza política y militar (OTAN) con los gobiernos capitalistas de Europa Occidental como parte de la Guerra Fría imperialista contra la Unión Soviética. Al aliarse con el imperialismo estadounidense, el régimen de Franco sacó a España de su aislamiento internacional anterior. (El país ni siquiera había sido admitido en la Organización de las Naciones Unidas cuando ésta se fundó.) En 1953, Washington desechó un embargo económico a España autorizado por la ONU a cambio de que se le permitiera poner bases estadounidenses en el país. España se volvió un beneficiario de los préstamos del gobierno de EE.UU. y, de manera más importante, comenzó a aumentar sus vínculos económicos con el resto de Europa Occidental.
A partir de la década de 1960, España experimentó una tasa acelerada de crecimiento económico que con el tiempo llevaría a una sociedad predominantemente urbana y culturalmente cosmopolita con un producto interno bruto per capita anual (25 mil 300 dólares) no muy por debajo del de Italia (Economist, Pocket World in Figures, 2007). En The Economic Transformation of Spain and Portugal (1978), el economista estadounidense Eric N. Baklanoff resumió los factores que permitieron lo que fue llamado el “milagro económico” español: “Fue, pues, la economía internacional, y muy especialmente la Comunidad Económica Europea y Estados Unidos, lo que le brindó a España mercados emergentes para sus productos, le envió millones de turistas con capacidad de gasto, invirtió en sus fábricas y bienes raíces, y empleó una buena porción de su mano de obra ‘excedente’.” La inversión extranjera privada subió de 40 millones de dólares en 1960 a 800 millones en 1973. Atraídos por la mano de obra relativamente barata de España, los capitalistas estadounidenses, alemanes y británicos concentraron sus inversiones en la manufactura, especialmente las industrias automotriz y química.
El boom económico de la década de 1960 y principios de la de 1970 llevó a la liquidación efectiva de la pequeña propiedad campesina. La mano de obra agrícola declinó de 5.3 millones en 1950 a 2.9 millones en 1975, y luego a 2.4 millones en 1980. Las pequeñas parcelas familiares, que dependían del trabajo manual y los animales de carga, se fueron remplazando cada vez más por granjas más grandes y mecanizadas. La porción de la mano de obra que participaba en la agricultura declinó del 48 por ciento en 1950 al 13 por ciento en 1990 (Carlos Prieto del Campo, “¿Primavera en España?” New Left Review, marzo-abril de 2005). Actualmente, la mano de obra agrícola de España consiste centralmente en inmigrantes de África del Norte y otras regiones.
Tras la muerte de Franco en 1975, España experimentó una ola masiva de huelgas obreras que planteaban demandas tanto económicas como políticas. En ese momento, la clase dominante española y sus socios mayores en Washington y en las capitales de la Europa de la OTAN reconocieron que la única forma de restaurar el orden político y social era llegar a un acuerdo con los partidos obreros reformistas del país, que habían sido ilegalizados por el régimen de Franco. A finales de 1977, a cambio de la legalización de sus partidos y la promesa de “democratización”, los líderes comunistas y socialistas desmovilizaron al movimiento obrero, terminando así con el mayor desafío al dominio burgués en España desde el final de la Guerra Civil. Bajo la tutoría de la socialdemocracia germana occidental, el Partido Socialista Obrero Español se ha convertido en un bastión de un régimen parlamentario burgués estable. Claramente, la perspectiva de la revolución permanente respecto a las tareas históricas asociadas con la revolución democrático-burguesa ya no aplica a España.
Irlanda es otro país europeo que ha estado históricamente marcado por el atraso socio-económico, incluyendo una economía predominantemente agraria y el papel dominante que desempeña la Iglesia Católica en la sociedad. Además, una porción significativa de la nación católica irlandesa constituye una minoría oprimida en el miniestado de Irlanda del Norte dominado por los protestantes del Úlster, que forma parte del estado imperialista británico.
Para lidiar con el intenso conflicto nacional entre estos dos pueblos geográficamente interpenetrados, escribimos en “Tesis sobre Irlanda” (Spartacist [edición en inglés] No. 24, otoño de 1977): “Irlanda, como otras situaciones de pueblos interpenetrados como en el Medio Oriente y Chipre, es una confirmación tajante de la teoría de Trotsky de la revolución permanente.” Las tesis dejan claro que en los casos de pueblos interpenetrados no puede haber una solución democrática y equitativa de la cuestión nacional dentro del marco del capitalismo: “En tales circunstancias, el ejercicio de autodeterminación de uno u otro pueblo en la forma del establecimiento de su propio estado burgués sólo puede realizarse negándole ese derecho al otro.” Mientras nos oponemos a la opresión de los católicos irlandeses en el norte, también nos oponemos a una reunificación forzada de Irlanda, que significaría la opresión de la población protestante del Úlster en un estado dominado por los católicos. La Spartacist League/Britain, sección de la LCI, exige el retiro inmediato de las tropas británicas de Irlanda del Norte y llama por una república obrera irlandesa dentro de una federación de repúblicas obreras de las Islas Británicas.
Sin embargo, una discusión posterior dentro de la LCI concluyó que referirse a la revolución permanente en este contexto es teóricamente confuso, porque mezcla una solución democrática a la cuestión nacional en una sociedad capitalista avanzada con las tareas históricas de la revolución burguesa. Por más de un siglo, Irlanda ha estado integrada a la economía de las Islas Británicas, ya que una buena porción del proletariado irlandés trabaja en fábricas y obras en Londres y otras ciudades. Y, en décadas recientes, la membresía de Irlanda en la Unión Europea ha desempeñado un papel importante en el mayor desarrollo económico del país.
El concepto de revolución permanente no se trata de la relación entra la revolución proletaria y las cuestiones democráticas en general. En muchos países capitalistas avanzados existen instituciones reaccionarias heredadas del pasado feudal —como las monarquías española, británica y japonesa o el papel privilegiado del Vaticano en Italia— que desempeñan un papel muy importante en el mantenimiento del orden burgués actual. En EE.UU., la opresión institucionalizada de la población negra —una cuestión estratégica para la revolución proletaria— es un legado de la esclavitud. En todos estos casos, sólo la revolución proletaria socialista puede eliminar la opresión nacional, racial y étnica. Esto subraya la necesidad de forjar partidos leninistas-trotskistas de vanguardia que actúen como un tribuno del pueblo.
¡Por el internacionalismo proletario!
Como claramente presentó Trotsky en La revolución permanente:
“El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.”
En México, Sudáfrica y otras partes, muchos izquierdistas señalan el tremendo poderío económico y militar de EE.UU. para concluir que una revolución obrera sería necesariamente aplastada por los imperialistas. Nadie negaría que EE.UU. y otras potencias capitalistas representan un obstáculo formidable a las revoluciones proletarias. Pero los países imperialistas son sociedades divididas en clases con profundo descontento y contradicciones insolubles, lo que necesariamente lleva a la lucha de clases y otras luchas sociales. En el curso de una lucha de clases tajante y mediante el instrumento de un partido revolucionario que eduque pacientemente a la clase obrera no sólo en el entendimiento de su propio poder, sino también de sus intereses históricos, los obreros cobrarán conciencia de sí mismos como una clase que lucha para sí y por todos los oprimidos contra el orden capitalista.
Las precondiciones de la revolución serán distintas en distintas partes del mundo. Cuando éstas se cumplan, la situación en cualquier país en particular y en el mundo será distinta a la actual, y la conciencia de la clase obrera habrá cambiado significativamente. Nuestra lucha por forjar partidos leninistas de vanguardia se basa en el entendimiento de que, cuando estos partidos echen raíces en la clase obrera, esto reflejará un cambio cualitativo en la conciencia política del proletariado.
Las luchas del proletariado en el mundo semicolonial están totalmente entrelazadas con las de los obreros de los centros imperialistas. Una revolución proletaria en México tendría un impacto masivo en el proletariado multirracial estadounidense, cuyo creciente componente latino constituye un puente humano entre las luchas de los obreros en EE.UU. y en América Latina. Un levantamiento revolucionario proletario en Sudáfrica resonaría poderosamente entre los trabajadores y los jóvenes del mundo, especial, pero por cierto no únicamente, entre la población negra que forma una capa de importancia estratégica de la clase obrera en EE.UU. y Brasil. Una revolución obrera en Sudáfrica también encendería luchas a lo largo del continente, destruyendo al gendarme regional del África subsahariana. A su vez, una toma proletaria del poder estatal en alguno de los países imperialistas tendría enormes repercusiones revolucionarias en Asia, África y América Latina.
En la serie “El barril de pólvora sudafricano” publicada en 1994 en Workers Vanguard, escribimos:
“Por el momento, Sudáfrica es un eslabón debilitado en la cadena del sistema capitalista mundial que ata a las neocolonias del Tercer Mundo a los estados imperialistas de Norteamérica, Europa Occidental y Japón. Es necesario movilizar las fuerzas del proletariado para romper esa cadena en sus eslabones más débiles, y luego luchar como locos para llevar la batalla a los centros imperialistas, buscando aliados contra el enemigo cruel de todos los oprimidos: el capital internacional. Así, la lucha por construir un Partido Bolchevique sudafricano es inseparable de la lucha que nosotros, en la Liga Comunista Internacional, estamos dando para reforjar una IV Internacional auténticamente trotskista.”
La lucha por la revolución socialista mundial ciertamente no es fácil. Pero lo que verdaderamente es imposible es que la subordinación de la clase obrera al enemigo de clase resulte en algo distinto a la continuación del círculo vicioso de derrotas y traiciones desmoralizantes.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/29/pr4.html
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2014.10.08 19:58 Emineckard Tandem Vicenç Navarro - Juan Torres, y por qué deberíamos salirnos de la dicotomía neoliberalismo - neokeynesianismo en el programa económico para España

El sábado pasado, Pablo Iglesias anunció de forma sorpresiva que había designado a los economistas Vicenç Navarro y Juan Torres, ambos muy conocidos por su amplia trayectoria y trabajo, como los principales artífices de su programa económico nacional de rescate ciudadano.
Lejos de desmerecer la valía y profesionalidad de ambos economistas, y confesándome seguidor del blog del señor Juan Torres López, quisiera aportar el siguiente enlace, enlazado en la web del colectivo "Última llamada", y firmado por Pedro Prieto, en el que se hace referencia a la eterna dicotomía entre neoliberalismo vs. neokeynesianismo como interpretaciones económicas para resolver la crisis y gestionar la economía, y de por qué aunque estas escuelas con sus visiones contrapuestas pudieron otorgar soluciones a ciclos económicos de crisis en el pasado, están abocadas al fracaso en el futuro, dado el cambio absoluto de paradigma social, civilizatorio y energético en el que nos encontramos en la actualidad.
http://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com/2014/10/08/pedro-prieto-salirse-de-la-dicotomia-neoliberales-neokeynesianos-en-los-programas-economicos/
¿Es Podemos un partido socialdemócrata? extrayendo los datos macroeconómicos planteados en su programa electoral para las europeas de 2014, podríamos afirmar que sí, planteando una serie de medidas que recuerdan a los programas expansivos de principios de los 80 que los partidos de la izquierda socialdemócrata implementaron principalmente en las economías europeas post-industriales como Francia, Suecia o Finlandia, y que llegaron a España de la mano del PSOE de Felipe Gonzalez, en una revisión tardosocialista de las corrientes neokeynesianas iniciadas en los países del norte de Europa, que luego serían contrarrestadas por el frente neoliberal representado por Reino Unido y los EEUU, y su influencia en la Alemania Occidental y los países del Este tras la caída del muro.
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